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11 de Mayo de 2001

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Impuestos: principios y percepciones

Por Ricardo Medina Macías

Es un principio básico de la teoría de la información que a mayor “ruido” menor comprensión del mensaje. Igualmente, a mayor complejidad de la estructura tributaria, menor comprensión de los costos reales que significa tener un gobierno, sea bueno, malo o mediocre.
Hay una interesante correlación, apenas explorada por la economía tradicional, entre estructuras impositivas complejas –con diversas fuentes de recaudación, excepciones, regímenes especiales– y la subestimación por parte de los contribuyentes de los costos del gobierno. Tal subestimación propicia presupuestos públicos más elevados y menos transparentes para el ciudadano.

En lenguaje llano: si es muy difícil detectar y cuantificar cuánto y en dónde pagamos impuestos, igualmente difícil será detectar en qué gasta nuestro dinero el gobierno, cuánto gasta y a quién beneficia. O, en lenguaje todavía más llano: si ni siquiera sabemos qué nos quita el gobierno, menos sabremos qué nos da a cambio.

¿Usted ha hecho la cuenta?, ¿sabe, por ejemplo, cuánto del precio final de un litro de gasolina es impuesto, qué clase de impuestos son y a dónde van a parar? Yo no.

Cuando investigué personalmente algunos productos “exquisitos” con tasa cero de IVA, por curiosidad le pregunté a una cajera cómo podía saber qué productos causan IVA. Me contestó, correctamente en teoría (erróneamente en la práctica): “Todo tiene IVA”. Es cierto, prácticamente todo tiene IVA, pero muchos productos (los que caen en la categoría de “alimentos” y “medicinas”) tienen una tasa cero de IVA para el consumidor. De hecho, hay muy pocos productos exentos.

Más tarde, le pregunté a la amable vendedora de una tienda de galletas finas si los productos que vendía causaban el IVA. Me respondió así: “Mire, si usted me pide factura, le cargo el IVA”. Evidentemente mentía. Con factura o sin factura, las galletas por ser “alimentos” tienen una tasa cero de IVA.

Otro caso: un colega escribe que disminuir la tasa marginal máxima del ISR para personas físicas (de 40% al 32%) “beneficia a los ricos”. Ignora que el salario de cualquier oficinista de nivel medio cae actualmente en esa tasa máxima.

Son ejemplos de nuestra abismal ignorancia sobre la complejidad de la estructura impositiva y de lo que el gobierno se empeña en ocultarnos. Se trata de una falta de transparencia que a la postre se traduce en un trágico desperdicio de nuestros recursos.

Lo que hasta ahora se conoce de la llamada reforma a la hacienda pública propuesta por el gobierno de Vicente Fox permite inferir que se busca una menor complejidad en la estructura tributaria. Por ejemplo, se habla de aumentar el monto de subsidios directos a los estratos más pobres de la población, en lugar de pretender que esas “ayudas” fiscales estén ocultas en exenciones, tasas cero, tratamientos especiales... Bien, pero no parece suficiente. Y lo que es peor: No se ha entendido así.

Para la discusión sobre qué tipo de hacienda pública queremos, tendríamos que partir de tres principios básicos y hacernos algunas preguntas elementales.
1. Un costo inevitable de tener un gobierno es pagar impuestos; hoy o mañana, pero siempre pagamos. Por lo tanto, mientras más grande e intervencionista queramos que sea un gobierno, más tendremos que pagar.
2. Cualquier excepción, privilegio, tratamiento especial en la ley, y especialmente en las estructuras impositivas, acaba beneficiando mayormente a los más ricos, que son quienes tienen más dinero, poder, influencias, información y tiempo para sacar provecho de los “huecos” de la ley; además las excepciones atentan contra el principio básico del Estado de Derecho: la igualdad jurídica de todos los ciudadanos.
3. La complejidad de un sistema tributario (de la cual forman parte importante las excepciones y los tratamientos especiales) dificulta para el ciudadano el escrutinio puntual no sólo de cuánto aporta para el funcionamiento del gobierno, sino cómo funciona en realidad y cuanto nos cuesta dicho gobierno.

Pregunta pertinente: ¿Qué cosas pretende hacer el gobierno que, vista la relación costo-beneficio entre lo que nos cuesta y lo que recibimos a cambio, no debería hacerlo?

Y la pregunta clave en estos momentos: ¿Alguien lleva la cuenta de cuánto cuesta cada nueva promesa cotidiana del comunicativo presidente Vicente Fox? Propongo que le pongamos un contador de cabecera que, al final de cada discurso presidencial, nos informe: “Lo que les acaba de prometer el presidente nos va a costar tanto más cuanto, ¿están de acuerdo en pagarlo?”

© AIPE

El mexicano Ricardo Medina Macías es analista político.
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