Hace pocos días el presidente Bill Clinton vetó una ley que hubiera acabado con el impuesto sucesorio, a lo largo de la próxima década. La contribución de ese impuesto a los ingresos fiscales es trivial, alrededor de 1,5% de total recabado, pero resulta ser desastroso para muchas familias.
El Dr. Bruce Bartlett, economista y académico del National Center for Policy Analysis, escribe diciendo que 51% de las empresas familiares confrontan dificultades para subsistir cuando muere uno de los dueños principales. Alrededor de 40% de los empresarios dueños de su propio negocio tienen que pedir prestado para pagar los impuestos sucesorios, hipotecando el capital invertido, y 30% dicen que tienen que vender parte o la totalidad de la empresa para pagar los impuestos.
Las consecuencias de esos impuestos a la muerte nos empobrecen a todos. Se trata de un impuesto directo al capital, por lo que reduce la formación de capital. El efecto se multiplica porque reduce los incentivos al ahorro. El ahorro y las inversiones -la formación de capital- son los motores del crecimiento económico. Los impuestos sucesorios además conllevan cargas adicionales, empezando con la contratación de gran número de fiscales del impuesto y de contadores para cobrar tales impuestos. Luego está el costo de los contribuyentes en contratar contadores y abogados para planificar maneras de reducir el impuesto a pagar.
Actualmente, unos 16 mil abogados americanos se dedican a ello. La eliminación del impuesto a la muerte haría que toda esa gente se dedicara a labores productivas. Aunque los impuestos sucesorios representan una mínima cantidad para el gobierno, resultan muy dañinos para la gente y para la economía. ¿Por qué tenerlos, entonces?. La respuesta es fácil: forma parte de la cruzada en contra de la acumulación de riqueza. Es pura y simplemente parte de la lucha de clases. Pero a pesar de que Clinton vetó la ley que eliminaría los impuestos sucesorios, sus días están contados.
Según las encuestas, 50% de los americanos apoya decididamente la revocación de los impuestos sucesorios, mientras que sólo 27% se opone a ello. A medida que más americanos hacen fortuna, la utilización de los impuestos sucesorios como instrumento de la guerra de clases pierde apoyo. La grandeza de este país es que viendo la posición actual de algún americano no nos indica para nada las condiciones en las que nació.
En el Congreso no hubo suficientes votos para pasar por encima del veto presidencial, pero yo no creo que el impuesto a la muerte vivirá por mucho tiempo.