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1 de Diciembre de 2000

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CRóNICAS REALES

Iglesia, Corona y transición

Por José Apezarena

La organización de los fastos -en realidad, poco fastos, aunque tampoco habría que llamarlos nefastos- del aniversario de la Corona ha presentado, entre otras muchas carencias, una notable laguna, posiblemente no ingenua. Se ha omitido que, en aquel momento, antes, y en los decisivos años posteriores, la Iglesia española desempeñó un papel clave. Se han olvidado casi todos. Y eso parece injusto.
Y, en ese páramo de la desmemoria colectiva, llama todavía más la atención que el largo parlamento que el Rey ofreció ante las cámaras de TVE, en el programa especial por los 25 años de su entronización, hablara de todo el mundo, incluso diera las gracias a unos y a otros, y sin embargo se mantuviera a la Iglesia española -por decirlo de forma gráfica- en las catacumbas. Tal como si, ni hubiera existido, y ni hubiera hecho nada por acompañar, alentar y consolidar aquella esperanza que empezaba a nacer en este país. Me gustaría que alguien explicará tal omisión, si es que esa explicación puede existir.

No han correspondido con igual moneda los obispos españoles, más proclives, por oficio, a poner la otra mejilla que a la revancha. El cardenal Rouco, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, en su discurso de apertura de la LXXV Asamblea Plenaria, felicitó públicamente a don Juan Carlos con motivo del aniversario de la llegada al Trono. El Rey, con su esposa doña Sofía, "supo interpretar -dijo- lo que era aspiración inmensamente mayoritaria del pueblo con serena lucidez y con generosidad creativa. Y, a la vez darle cauce institucional y político, puestas las miras en un futuro de justicia, de libertad, de prosperidad solidaria y de paz. A tan noble objetivo han dedicado desde entonces los mejores años de su vida, inspirados en los mismos ideales y con idéntica actitud de servicio".

Pero el cardenal Rouco no omitió relatar lo que han callado los otros: que "la Iglesia y los católicos españoles participaron en este proceso histórico de reconciliación fraterna y de nuevo y esperanzado futuro con una actitud de compromiso decidido, activa y cordialmente vivido. Les guiaba la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la relación entre comunidad política e Iglesia, que veían cifrada de un modo especialmente significativo para aquel momento histórico en un famoso texto conciliar". Se refería a la “Gaudium et Spes”, que citó entonces el que era presidente de la Conferencia, el cardenal Tarancón.

Así que, contra el vicio de la ingratitud, la virtud de la buena memoria. Y de la justicia.
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