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24 de Noviembre de 2000

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AUTORES Y GéNEROS

Hiperexperiencias

Por Agustín Jiménez

Los estantes de novedades exhiben un libro curioso firmado por Matt Beaumont. "E-jecutivos" (Planeta) es una novela graciosa sobre una agencia de publicidad londinense obsesionada por las cuentas, movilizada por la vanidad de sus ejecutivos y las trapacerías de creativos sin inspiración y que, a la postre, gira, como casi todo, en torno al dinero y al sexo. Dinero, sexo, trapacerías, inspiración, chismorreo, mobiliario y marcas de uñas se comentan en esta novela sin recurrir a párrafos de descripciones ni a diálogos de sus comparsas. Sólo nos enteramos de la acción leyendo los e-mails que se envían los empleados.
Beaumont ha sido el único narrador que ha sacado una idea original de las autopistas de la información. Aparte del recurso, lo bonito del intento es haber hecho, presentando un estilo, una crónica de sociedad. Ninguna novela ha descrito tan bien el sistema de gestión radial de las empresas modernas. El e-mail ha acabado con la vía reglamentaria. Todo el mundo escribe a todo el mundo.

Mucha gente espera ansiosa que Internet cambie los modos de contar. "For the record": ya cuando los escritores se pasaron al ordenador, en los primitivos años ochenta, hubo enterados que creían adivinar si una novela estaba escrita a mano o con ordenador. Hasta ahora, Internet, que ha revolucionado el sistema de transmisión de información y la cadencia de nuestros actos cotidianos, ha influido poco en el estilo narrativo.

Las novelas que han empezado a publicarse en la Red (Stephen King, Pérez Reverte) igual podían haberse publicado directamente en papel. Sólo cambian el sistema de distribución, la estrategia de los editores y el reparto de beneficios. Internet ha influido también como apoyo de la acción, pero eso ha pasado con todos los adelantos técnicos. La rapidez de la acción de los bestsellers actuales sería imposible sin aviones y comunicaciones instantáneas. Algunas tramas de Forsyth no hubieran sido posibles si la CIA no hubiera podido observar la tierra con satélites.

En su última novela ("The Bear and the Bull"), Clancy transmite una batalla por Internet. Y, por supuesto, las dos entregas cinematográficas de "Misión imposible" no hubieran sido posibles en absoluto sin las comunicaciones "on-line". Pero, si no hubiera habido caballos, Tolstoi hubiera tenido que escribir de otra manera "Guerra y Paz".

La existencia misma de Internet ha provocado un puñado de situaciones poco variadas. La típica es aquella en que un asesino designa a sus víctimas entre las clientas de un "chat". Una versión amable de la situación es la película "Tienes un e-mail", en que los protagonistas sólo descubren su alma más verdadera, apetitosa y enamorable en sus escritos electrónicos. Pero poco más.

Internet sí ha ayudado a popularizar dos aspectos de la narración: la interactividad -ésa que, por ejemplo, aún no ha llegado del todo a la televisión- y lo que Borges llamaría "bifurcación de caminos". Esto podría ser así o así. Las empresas de marketing pagan a un grupo de personas para que decidan si una película o una serie tiene que acabar de una manera o de otra.

Recuerden la película "Regreso al futuro": el protagonista elegía la vía por la que se iba a desarrollar su vida. Pero el caso más interesante de interactividad narrativa es hoy por hoy el que plantean los videojuegos. La acción avanza en una dirección o en otra según un número limitado de posibilidades archivadas y contando con la habilidad manual de quien manipula los mandos de la consola. Algunas experiencias apuran intelectualmente ese campo, permitiendo a distintos lectores leer diferentemente.

Pero esto ya pasaba, hace muchos años, en la "Rayuela" de Cortázar. Y en el siglo pasado hubo grupos de escritores que se dedicaron sistemáticamente a hacer calidoscopios (la técnica de "Rashomon", en que la misma trama se cuenta varias veces desde distintos puntos de vista). Hoy hay novelas que se escriben en corro. Se han llegado a escribir novelas en veinticuatro horas de red, asignando a veinticuatro personas de cualquier lugar del mundo una hora de escritura.

Si Internet sigue fascinando es por un morbo especial. El mismo que, desde las religiones escritas, provoca la idea de Libro. Frank Kermode ha comentado que Internet sólo se diferencia del Talmud, el libro infinito e infinitamente extensible, en que carece de centro moral. Leído según la Cábala, W W W es la marca de Satán. En la Red, corporización de todas las virtualidades, está toda la información del Universo. En el ciberespacio, ninguna información se pierde, aunque un usuario la haya borrado en su ordenador. Como las almas tras la muerte.

Las librerías españolas ofrecen desde hace unos meses otro libro curioso: "Ojalá fuera cierto" de Marc Levy (Ediciones B). Con desesperanza y humor -los argumentos recientes añaden el humor al miedo-, un señor vive una historia de amor con el espíritu de una mujer cuyo cuerpo permanece en coma.
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