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20 de Abril de 2001

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ESTADOS UNIDOS

Hay que privatizar el correo

Por Edward L. Hudgins

El Servicio de Correo de los Estados Unidos recientemente anunció que planea eliminar las entregas los sábados, debido a pérdidas anticipadas de entre 2 mil y 3 mil millones de dólares en los próximos cinco años. El anuncio, desde luego, es una treta para conseguir la aprobación de un nuevo aumento en el precio de los sellos, pocos meses después del último aumento. Ha llegado el momento de que los políticos consideren seriamente privatizar ese monopolio estatal y abrirle la puerta a la competencia.
El plan recién anunciado por el correo es sorprendente. Si una empresa privada confronta un inmenso déficit y la caída de su volumen de operaciones, ¿acaso aumentaría sus precios y reduciría el servicio ofrecido a su clientela? Por supuesto que no. Tal estrategia ahuyentaría a los clientes y aceleraría la desaparición de la empresa. Lo que sucede es que al correo no le importa mucho perder clientes porque se trata de un monopolio gubernamental. Uno no puede cambiar de servicio postal de la misma manera como cambia de servicio de correo electrónico.

Una empresa que confronta un déficit trata de reducir costos y de utilizar más eficientemente a sus trabajadores. Pero el correo, con ingresos de 65 mil millones de dólares al año, opera bajo rígidas normas laborales. El 80 por ciento de sus ingresos va a pagar salarios y, luego de invertir miles de millones de dólares en nuevas tecnologías, sigue aumentando el número de empleados. Recordemos que antes el correo hacía dos entregas diarias.

A menudo encontramos largas colas en las oficinas de correo, con sólo una o dos ventanillas abiertas. Si se tratara de una empresa privada, el gerente pronto asignaría a otros empleados para atender a los clientes. Pero dadas las normas laborales del correo, un supervisor no le puede decir a un empleado que deje de tomar café y vaya a atender al público que espera.

El Servicio de Correo quiere generar nuevos ingresos ofreciendo servicios de comercio electrónico, fletes, facturación y servicios de inventario. Pero eso significaría competir injustamente con empresas privadas. El correo no paga impuestos, pide prestado al Tesoro Nacional, no tiene que cumplir con la mayoría de las regulaciones gubernamentales, al contrario que las empresas privadas, que a menudo tienen que soportar el abuso de las agencias gubernamentales. Es más, por detrás del correo opera una autoridad reguladora que se utiliza contra cualquier intento de competencia. Por ejemplo, recientemente se impusieron costosas regulaciones a las empresas que ofrecen apartados privados, ahuyentando así a muchos de sus clientes.

A mediano y largo plazo, más gente evitará utilizar el correo. Hoy, el 90 por ciento de las entregas al día siguiente se hacen a través de servicios privados y más gente está haciendo sus pagos electrónicamente, en vez de enviar un cheque por correo. Eso reducirá los ingresos del correo en 15 mil millones de dólares.

William Henderson, director general del correo, recientemente le dijo al Congreso que Estados Unidos tiene un servicio de correo del Tercer Mundo, comparado con varios países europeos. Quizá, entonces, debemos copiar lo que han hecho los alemanes, quienes reorganizaron el Deutsche Post bajo administración privada, emitiendo acciones de la nueva empresa, la cual en los próximos años dejará de ser un monopolio.

Un servicio privado y competitivo tendría el incentivo de operar eficientemente, de ofrecer servicios innovadores, mejores oportunidades de progreso a sus empleados, ganancias a sus accionistas y mejor servicio, a la vez que mejores precios, al público consumidor.

© AIPE

Edward Hudgins es director de Estudios sobre Regulaciones del Cato Institute de Washington
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    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899