William H. Gates, el padre de Bill Gates, el hombre más rico del mundo, recientemente recomendó en declaraciones al diario
Washington Post que se mantenga el impuesto a la muerte, el cual se aplica a todas las propiedades de la familia, incluyendo la casa, la hacienda, el negocio, etc. porque piensa que de otra manera aumentaría la brecha entre ricos y pobres, a la vez que sería necesario interrumpir algunos programas gubernamentales que ayudan a los niños y a los ancianos. Unos 120 súpermillonarios opinan como Gates, incluyendo al financista George Soros y al inversionista Warren Buffett, quienes entre los dos tienen una fortuna de 33 mil millones de dólares.
Tal posición equivale a que los pavos se opongan a que desaparezca la cena del día de Acción de Gracias. Pero la realidad es que a menos que las tasas impositivas lleguen al 99,5 por ciento, los impuestos no afectan a ese grupo, ya que sus ejércitos de abogados y asesores logran impedir que paguen impuestos sucesorios. Por eso no vemos a ninguno de la segunda, tercera o cuarta generación de los Rockefeller, Vanderbilt o Kennedy llenando bolsas en el supermercado.
El impuesto se aplica a herencias a partir de 675.000 dólares. Parece mucho dinero, pero no si usted se ha pasado toda la vida construyendo una empresa familiar o cultivando la tierra y espera que sus hijos lo puedan continuar haciendo y no se vean obligados a venderlo todo para pagarle al Tío Sam.
Además está el costo de la tramitación. A la empresa familiar promedio le cuesta más de 125 mil dólares en abogados y contables la muerte del fundador. Esta es la razón principal por la que siete de cada diez empresas familiares no pasa a manos de la segunda generación y apenas una de cada diez sigue siendo propiedad de la tercera generación.
Otro argumento que no oirá en boca de los Rockefeller es que las más afectadas son las empresas de las minorías. Las encuestas muestran que siete de cada diez empresarios negros o latinos dicen que han tomado costosas medidas para proteger sus activos. Y el resentimiento es grande porque se trata de dinero que se ven obligados a gastar en pólizas de seguro de vida y en abogados que más bien podrían haber invertido en el negocio y en dejar a su familia en mejores condiciones económicas.
Hasta Oprah Winfrey se queja: “Me molesta que, cuando muera, el 55 por ciento de mi dinero vaya a parar a manos del gobierno de Estados Unidos... cuando ya hemos pagado casi el 50 por ciento sobre el dinero que hemos ganado”.
Y lo más triste es que el impuesto a la muerte supone poco más del 1 por ciento del total de impuestos cobrados por el gobierno. Y cualquier beneficio es inferior a lo que la gente tiene que gastar en abogados y contables. Según un reciente estudio, los 27.800 millones de dólares en impuestos a la muerte recolectados por el gobierno federal en 1999 le costó pagarlos a la gente 36.400 millones de dólares.
Hay que matar al impuesto a la muerte, diga lo que diga el viejo Gates y su grupito de multimillonarios.
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AIPEWilliam Beach es director del
Centro de Estudios Estadísticos de Heritage Foundation