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18 de Mayo de 2001

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TEORíAS Y CONCEPTOS

Hacia la “estanflación”

Por José Ignacio del Castillo

La rebaja de medio punto en el tipo de interés acordada el martes por la Reserva Federal de los EEUU, significa mayores dosis de inflación para evitar reajustes en la producción. En otras palabras, Alan Greenspan ha decidido seguir regando en medio de la inundación. La cantidad de dólares en circulación viene incrementándose en los últimos años a ritmos que oscilan entre el 10 y el 14 por ciento.
Resumiendo mucho, existen dos teorías explicativas del proceso económico y de la coyuntura. Las llamaremos teoría del equilibrio de la producción y teoría del poder adquisitivo. La primera sostiene que la producción precede lógica y necesariamente al consumo y que éste sigue temporalmente a aquélla. No se puede consumir lo que no ha sido previamente producido. Tampoco cabe incrementar la capacidad productiva a través del consumo de los siempre escasos recursos. Una situación industrial es estable cuando se producen los bienes que demandan los mercados, en las cantidades adecuadas, de forma que se igualen oferta y demanda y la producción pueda seguir un curso normal. Bajo el sistema de precios, el mecanismo para lograrlo no consiste en la planificación estatal de un gobierno socialista, sino en la fluctuación de los precios en mercados libres. Si se produce demasiado de un bien y demasiado poco de otro, el precio del bien escaso sube y el del relativamente sobreabundante baja. Entonces, el trabajo y el capital tienden a desviarse de la elaboración del bien producido en exceso hacia la fabricación del bien más escaso. El precio en aumento, hace que se frene el consumo del bien escaso, el precio descendente del bien superabundante incentiva su consumo. Se restablece el equilibrio

La teoría del poder adquisitivo o inflacionismo por su parte, vincula la producción a las ventas. Si no hay compradores, no hay producción. Esta escuela sostiene que es posible aumentar la producción o al menos evitar las recesiones a través de incrementos en la cantidad de dinero, todo ello con el fin aumentar la capacidad conjunta de compra de la sociedad. En su versión menos ambiciosa, sus partidarios creen posible que un adecuado manejo de la política monetaria por parte de las autoridades puede garantizar la desaparición de las fluctuaciones en la actividad económica. Los últimos movimientos de la Reserva Federal serían por tanto, una ilustración inmejorable de la segunda receta. Lástima que sea tan falaz y perniciosa.

El funcionamiento benéfico del sistema de precios exige una moneda sana en la que la gente confíe. Una moneda inestable y los tipos de cambio inestables desbaratan y pervierten el mecanismo. Si los precios suben debido a que sube el valor de los bienes, o bajan porque desciende dicho valor, el sistema funciona. Sin embargo, si los precios suben a causa de la inflación monetaria o por una caída del tipo de cambio, se produce una situación diferente. Si se persiste en dichas recetas, finalmente acaba careciendo de sentido producir. Es mucho más ventajoso endeudarse en una moneda que cada vez vale menos y adquirir cualquier cosa. Los precios en ascenso ya no desincentivan el consumo. Más bien, la gente al esperar que la moneda valga todavía menos en el futuro, tiende a gastarla cuanto antes. ¿No lo creen posible? Pues ya ocurrió en los años 70. Claro que entonces, los inflacionistas se sacaron curiosísimas explicaciones para explicar lo que ellos habían reputado imposible (la estan-flación): la coexistencia de caídas en la producción y el empleo (estancamiento) con enormes aumentos en la cantidad de dinero y en los precios (inflación). Aparecieron diversos chivos expiatorios: los árabes y el petróleo, los trabajadores que querían aumentos de salarios para compensar la depreciación monetaria o los siempre denostados especuladores que “hacían subir los precios”. Se habló de “inflación de costes” (de una nueva naturaleza) y de no se cuantas chorradas más. ¿Qué nos contarán en el futuro si llegamos a un escenario similar?
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