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9 de Marzo de 2001

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A FAVOR DE LA GLOBALIZACIóN

Gobierno limitado y prosperidad

Por Roberto Blum

Nadie conoce el futuro, pero antes de los asombrosos avances logrados el siglo pasado en la física, había quienes podían pensar que, conociendo las condiciones iniciales y la dinámica de cambio, sería posible conocer el futuro de un sistema al detalle. Tales eran los supuestos de la física newtoniana. La naturaleza respondía a leyes rigurosas y los humanos éramos capaces de conocerlas cada vez con más precisión. El universo entero era como un mecanismo de relojería perfectamente balanceado que “alguien” había construido y le había dado suficiente cuerda al inicio. El mundo tenía desde siempre un destino predeterminado. Conocerlo, sólo dependería de nuestra mayor o menor habilidad para desentrañar las reglas y los procesos que lo rigen y sacar las conclusiones adecuadas.
Este paradigma estuvo detrás de la teoría política que ayudó a construir el gobierno de los recién independizados Estados Unidos de Norteamérica. El gobierno era un mecanismo perfectamente bien balanceado por los diversos pesos y contrapesos existentes y así se podría asegurar la buena marcha de la sociedad. El genio político consistiría, entonces, en hacer un buen análisis de la realidad, sin menospreciar o sobrestimar a los diversos intereses existentes, para enseguida construir el aparato llamado gobierno. Conocer a dónde se quiere llegar, conocer el medio ambiente por el que transitaría la nave política y conocer nuestro mecanismo de pilotaje eran las condiciones necesarias de un gobierno exitoso. Sin embargo, los creadores de este excepcional mecanismo de gobierno eran hombres prudentes, hombres que sabían que el mundo actual estaba “dañado” en sus raíces y que las cosas mejor planeadas tendían a salir mal. Los “padres fundadores” de los Estados Unidos no eran ingenuos.

Esa visión, newtoniana pero al mismo tiempo profundamente agustiniana, hizo que siempre insistieran en establecer límites estrictos al gobierno que estaban construyendo para la nueva nación. Si bien ellos podían, con el optimismo que les proporcionaba la ciencia contemporánea, lanzarse a construir una nueva nación y una nueva forma de gobierno, también sabían que no podían confiar absolutamente en los individuos ni en la propia sociedad y mucho menos en el gobierno. Todos somos corruptibles. Y el poder, sin duda, es el gran corruptor de los hombres. Sólo un mecanismo de gobierno fundado en leyes y principios inmutables puede, con el concurso de una arquitectura política bien balanceada por los pesos y los contrapesos, asegurar en lo posible la felicidad de los individuos. Y ese experimento iniciado hace 214 años en Filadelfia sigue todavía hoy funcionando más o menos adecuadamente.

El país en donde primero se estableció este tipo de gobierno limitado logró pronto detonar un explosivo proceso de creación de riqueza. En los siglos XIX y XX verdaderos ríos humanos llegaron de todas partes del planeta a la nueva nación para adherirse —en un pacto de futuro común— a las promesas de la “tierra de la libertad”. No era una libertad abstracta la que los millones de inmigrantes buscaban en Estados Unidos. No, la mayoría de ellos llegaban atraídos por el “aroma” del éxito personal y la posibilidad de hacerse ricos. La leyenda del famoso “Dorado” se trasladó de las selvas de América del Sur a las calles de Nueva York, Filadelfia, Dallas y San Francisco. La gente llegaba en oleadas porque sabía que sólo los inmensos territorios de la América septentrional estaban sujetos a un gobierno limitado por las leyes, un gobierno que les permitiría trabajar y desarrollarse sin interferencias excesivas de los burócratas y sobre todo, un gobierno que les permitía conservar para sí y su familia gran parte de los frutos cosechados con su esfuerzo individual. El impuesto federal sobre la renta, por ejemplo, solo sería aprobado hasta la segunda década del siglo XX. Los límites impuestos al gobierno estadounidense por la ley lo hacían un gobierno con el que se podía convivir y era un gobierno que dejaba producir a los individuos emprendedores.

Este gobierno, sin embargo, se transformó con el correr del tiempo. A partir de la década de los años 30, y después en los 60, comenzó a crecer y a volverse cada día mas pesado y oneroso. Comenzó a repartir los dineros extraídos a los contribuyentes para subsidiar a más y más grupos de interés organizados. Estos a su vez crearon verdaderas burocracias parasitarias para ordeñar mejor la ubre pública. La revolución del presidente Reagan en los años 80 paró en seco este proceso canceroso. Hoy podemos ver con más optimismo el futuro de los gobiernos limitados y de la libertad humana. Las nuevas tecnologías productivas y de la comunicación sin duda dificultan la hipertrofia gubernamental. Su carácter descentralizador da poder a los individuos y hacen innecesarias a las grandes burocracias públicas. La globalización de la economía mundial está premiando en forma evidente a los países que adoptan gobiernos limitados, a los países que fomentan la iniciativa individual mientras que castiga a quienes construyen grandes y pesados aparatos de gobierno.

© AIPE

Roberto Blum investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo AC.
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