Es un hecho que los salarios reales son los últimos en recuperarse después de una devaluación. Pero nunca se recuperan si —como suele suceder— la devaluación suscita el ciclo infernal de devaluación-inflación-nueva devaluación-más inflación.
Devaluar para competir, como piden algunos exportadores hoy día es modificar la relación entre trabajo y capital, perjudicando al primero y beneficiando con creces al segundo. La mejoría efímera que registran algunas empresas exportadoras tras una devaluación (sus costos en pesos crecen menos rápido que sus ingresos en pesos), se apoya sobre todo en un brutal castigo a los salarios reales y en un subsidio cuantioso de los contribuyentes hacia los tenedores de capital.
En este sentido, los accionistas de Banacci, que se beneficiarán en breve de la multimillonaria compra de Banamex por parte de Citigroup, deberían rendirle homenaje al gran artífice de sus jugosas ganancias: Ernesto Zedillo que, con el error de diciembre de 1994 devaluó, y ante el encarecimiento brutal de los costos de capital provocado por su “hazaña”, socializó las pérdidas de los deudores, para que hoy los tenedores de capital reciban grandes ganancias.
La investigación más seria y completa que conozco acerca del efecto de las devaluaciones sobre los salarios reales, en México, y referente a los últimos tres grandes episodios de devaluación (1982, 1987, 1994-1995), es la tesis: “Competitividad vía devaluación: El impacto sobre los salarios reales” de Rony Pshisva Goldsmit (ITAM, 1999). Tesis dirigida por los doctores Carlos Sales y Pedro Aspe.
Pshisva demuestra, con profusión de datos y rigor científico, “que una devaluación es efectiva para promover la competitividad de las exportaciones mexicanas en el corto plazo. Sin embargo, esta competitividad, al ser artificial, se diluye con el paso del tiempo. Además (...) promover la competitividad a través del tipo de cambio es una política inflacionaria que (...) perjudica a la clase trabajadora”.
Tras una devaluación, el costo que inmediatamente se dispara es el capital. No disminuye a menos que exista un largo período de estabilidad en el tipo de cambio y muy baja inflación.
Período enero de 1982 a marzo de 1984 (devaluación acumulada de 485%): El costo del capital creció más de 35% en términos reales. Los salarios cayeron más de 53% en términos reales.
Período octubre de 1987 a marzo de 1989 (devaluación acumulada de 44,66%; tras la devaluación inicial en octubre, largo período de estabilidad en el tipo de cambio): El costo del capital disminuyó 49%, los salarios reales crecieron 42%.
Período noviembre de 1994 a mayo de 1997 (devaluación acumulada de 129%; error de diciembre, rescate de deudores y de bancos con cargo al fisco): El costo de capital creció casi 42% en términos reales, los salarios reales cayeron más de 25%.
Nota sobre devaluación de 1987: Fue una devaluación previa a la aplicación de un plan de choque estabilizador. El tipo de cambio fijo, como ancla nominal, permitió que los salarios reales se recuperasen de su caída de los últimos años y que el costo del capital disminuyera.
Conclusiones:
1. “Una devaluación encarece el capital, el cual tarda bastante tiempo en regresar a su nivel original”. Cuando el encarecimiento del capital es brutal (1995, tras el error de diciembre), la insolvencia de deudores e instituciones financieras conduce a que los costos sean cubiertos por los contribuyentes (Fobaproa).
2. “La competitividad (efímera) se genera principalmente reduciendo los salarios reales”.
3. Junto con los salarios, en México las tarifas de electricidad y gas son las más lentas en recuperarse tras una devaluación, lo que significa que los contribuyentes —a través de un mayor subsidio real a las tarifas— paguen el rezago.
Aun así, ¿todavía hay quien implora una devaluación?
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AIPERicardo Medina Macías, mexicano, es analista político.