EXPOSICIONES
Fotografía y realidad
Por Pablo Jimenez
La Fundación Telefónica acaba de presentar en sus salas de la calle Gran Vía de Madrid una exposición de fotografías que con el título de “25 años después” pretende mostrarnos lo que ellos mismos denominan la “Memoria gráfica de una transición”.
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Independientemente del interés intrínseco de la exposición, de la posibilidad que ofrece de comprobar hasta qué punto se ha transformado este país, el conjunto de obras, se nos dice, no pretende tener un valor artístico, sino ser un mero referente gráfico de un momento de actualidad. Por ello no se trata de obras escogidas en los estudios de los fotógrafos que participan en grandes o pequeñas exposiciones sino rescatadas de los archivos de los periódicos.
Son fotos hechas para el olvido, si recordamos aquello de Borges de que no hay nada tan antiguo como el periódico del día anterior, aquí rescatadas precisamente para lo contrario: para convertirse en fuente de memoria.
Baudelaire, considerado por todos como el primer y uno de los más inteligentes críticos de arte, dedica a la fotografía unas palabras muy poco amables y subraya su imposibilidad de convertirse nunca en un medio artístico: para ello aduce, fundamentalmente, su carácter mecánico y democrático.
Y así, vista como algo sospechoso e incómodo, la fotografía entró en el siglo XX como una técnica al servicio de los artistas, para que la pudieran utilizar como un medio para trasladar la imagen de la realidad a sus lienzos. Pero es cierto que en el siglo XX, en esto que entendemos como arte han pasado muchas cosas. Picasso, por ejemplo, introduce objetos dentro de los cuadros y consigue que los elementos más humildes entren en ese rectángulo mágico que es el lienzo y que habían sacralizado los renacentistas. Y esto de pegar papeles y cartones en los cuadros supone también el hecho de transformar el lugar de la representación en un objeto con sentido en sí mismo.
Así la pintura de este siglo ya no es una representación de cosas que existen en el mundo, sino que empieza a tener conciencia que ella misma es una de esas cosas que hay en el mundo. Todos estos procesos de transformación, en general, nos han hecho tener una idea del arte y del arte contemporáneo excesivamente formalista. Olvidándonos no sólo de los contenidos, siempre importantes en el arte, sino también de los recursos formales que, por una razón o por otra, escapaban de la ortodoxia.
Hoy se acepta, sin mayores problemas, que la fotografía es arte. No sólo se expone en galerías y museos sino que, además, es uno de los productos emergentes, económicamente hablando, en las grandes subastas internacionales. Pero siempre hablamos de lo que se puede entender como fotografía “artística”. ¿Qué pasa entonces cuando nos acercamos a una exposición como ésta en la que lo que se nos ofrecen son precisamente fotografías echas sin una voluntad artística y con una finalidad funcional muy determinada?
Si bien es cierto que el mero hecho de escribir no nos convierte automáticamente en novelistas, hay que tener en cuenta que lo que hoy echamos en cara a las fotografías de prensa para no considerarlas como obras de arte, ha sido en la historia una de las justificaciones de la propia existencia del arte.
No hablemos si no queremos del papel de la pintura en el románico como cristalización de las imágenes bíblicas, la “Biblia de los idiotas” se llegó a denominar la pintura religiosa del momento, por los propios religiosos, sino en general el papel de representación de la realidad política y de la actualidad que por ejemplo adquiere la pintura, y qué decir de la escultura, en la Francia posterior a la Revolución.
¿Cómo entender los retratos de los monarcas y de los héroes modernos? ¿Qué función cumplían los cuadros alegóricos sobre acontecimientos puntuales o los grandes cuadros de historia? Unas veces seguían un fin moral: hacer que los ciudadanos fueran mejores representando grandiosamente a la virtud y con escarnio al vicio; otras imponer una imagen determinada del poder y, por ende, de la realidad.
De alguna formo esto es algo que queda muy cerca de la fotografía de prensa. Una fotografía que debe enfrentarse, precisamente, a la imagen del poder, a su representación y su escenificación. Una serie de imágenes que nos dan una interpretación y una valoración, en este caso política de la realidad.
Eso se diferencia poco del pintor, del escultor o incluso del fotógrafo llamémosle “artístico” que nos va a ofrecer una determina imagen interpretada de la realidad a través de sus sentimientos, sus ideas o su sensibilidad. El fotógrafo escoge el ángulo, la pose, la situación, el enfoque..., para con toda esa cadena de decisiones darle un determinado significado a algo que, en principio, no lo tiene o no tiene ese precisamente.
La exposición que se nos ofrece no sólo nos muestra cómo éramos, cómo era este país hace 25 años y cómo se ha transformado. La exposición nos enseña a ver cómo se ha ido creando la imagen de esa transformación. Cómo determinados rostros, determinadas escenas se han cargado de un simbolismo y un significado exógenos y ello gracias a un procedimiento que nos inventamos los occidentales y que llamamos arte.