El Príncipe Felipe se ha asegurado el Trono. La noticia de que su esposa se encuentra felizmente embarazada desde hace dos meses, que ha llenado de júbilo al país, representa también el resello del Heredero como seguro candidato a la sucesión, desalojando definitivamente a su hermana, a la que algunos querían situar por delante.
Hablo, se entiende, de Bélgica, donde la Casa Real acaba de anunciar que Mathilde d'Udekem, la joven esposa de Felipe de Lieja, con la que contrajo matrimonio el 4 de diciembre de 1999, espera un vástago para el mes de noviembre.
Como decía, la confirmación del embarazo despeja definitivamente algunas viejas pretensiones, que apostaron por la Princesa Astrid para suceder al Rey Alberto, apoyándose en su intensa cercanía al pueblo, el dominio de las dos principales lenguas del país (francés y flamenco), y principalmente que garantizaba la continuidad de la dinastía con sus cuatro hijos. La ofensiva resultó especialmente intensa mientras Felipe seguía siendo uno de los Príncipes solteros más veteranos de Europa.
El matrimonio con Mathilde, así como el magnífico impacto causado por su esposa entre los belgas, habían acallado esas pretensiones, que quedan definitivamente aplastadas con el embarazo ahora notificado. Por si fuera poco, en la comparecencia de la feliz pareja tras al anuncio, Felipe se expresó fluidamente en los dos idiomas oficiales.
"Estamos orgullosos por la continuidad de la familia", manifestó el futuro padre, que añadió que esperan con impaciencia saber si será niño o niña, aunque, lógicamente, estarán encantados con lo que venga.
La criatura nacerá con el título de conde/condesa de Hainaut y, cualquiera que sea el sexo, recibirá el derecho preferente a la sucesión al Trono, tras su padre y por delante de todos los demás miembros de la Familia Real, incluyendo, por supuesto, a sus primos, los cuatro hijos de Astrid.
Lo que viene ocurriendo en Bélgica despierta una sana envidia en este país, en España, donde el Heredero tiene pendiente elegir esposa (y debe acertar en la elección), y después ha de asegurar la continuidad dinástica. Que es el primer deber de un Príncipe.