CRóNICAS COSMOPOLITAS
Estafas y mentiras de la leyenda comunista (IV)
Por Carlos Semprún Maura
KGB. Los Archivos Mitrokhin. Acabo de comprar dos libros. Esto no es ningún scoop, desde luego, y además he comprado otros, pero voy a comentar estos dos: el primero es el de los archivos del tránsfuga del KGB, Mitrokhin, que Christopher Andrew ha utilizado para redactar este libro. El segundo, comprado ayer, pero que se publicó en Francia el pasado mes de julio, viene rodeado de un tufo luciferino y condenado -sin leerse- a las llamas eternas por la nueva Inquisición socialburócrata. Se trata de “La guerra civil europea. 1917-1945”, de Ernst Nolte. Me parece un libro fundamental, pero lo comentaré en otra ocasión.
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Cuando se publicó el libro de Andrew/Mitrokhin en Gran Bretaña con cierto eco mediático yo noté que la prensa, no sólo la “progresista” en Francia y España, se mostró muy cauta, incluso molesta. Creo que en el único país, aparte de Gran Bretaña, en donde la publicación de fragmentos del libro en la prensa británica desencadenó una polémica, fue en Italia. Sin embargo, no hay más informaciones sobre el KGB en Italia que en Francia, Gran Bretaña o USA, por ejemplo. ¿Será que hay más interés por liquidar la leyenda comunista en ese país? Debo reconocer que el libro me ha defraudado, esperaba más informaciones inéditas. Sin duda soy un lector algo particular, ya que había leído mucho sobre el tema: “Agente de Stalin” de W. Krivitsky, las espeluznantes memorias de un jefe del KGB sin el menor remordimiento; al revés, “Misiones especiales” de Pavel Sudoplatov, libro esencial sobre la actividad del KGB; “El fin de la inocencia” de S. Koch, Soljanitsyn, claro, y muchos más. Christopher Andrew ha decidido escribir un libro de análisis político a partir de los archivos del KGB que logró sacar de la URSS Mitrokhin, o sea, que evidentemente no está todo, sino que el propio Andrew nos advierte que no cita ciertos nombres y elude ciertos casos para evitar pleitos y procesos. Libro de análisis político, por lo tanto, interesante y antitotalitario, pero mucho menos agudo que el de François Furet, por ejemplo.
Pese a sus diferentes siglas utilizaré sólo las de KGB, que comienza sus actividades terroristas a partir del golpe bolchevique de 1917. Son actividades de represión sangrienta, algo así como los “paseos” durante nuestra guerra civil pero a mayor escala, siempre a las órdenes del partido, pero sin que se haya constituido un cuerpo especial, centralizado, jerarquizado, con características inéditas: se trata, en efecto, de una policía política y a la vez de un servicio de espionaje, con su sección especial, que en la jerga del KGB se llamaba “operaciones húmedas”, y sabido es que la sangre... Si los bolcheviques se inspiraron, en parte, en la policía secreta zarista, la OJRANA, elevaron su importancia y eficacia a niveles jamás conocidos en la Historia. Los nazis, con su Gestapo, se inspiraron directamente, y con ayuda del KGB, pero pese a su eficacia criminal, nunca lograron alcanzar del todo la importancia del KGB, que tuvo agentes, colaboradores, informadores y asesinos en todos los países del mundo. En todo caso, en todos donde existía un partido o peña comunista y una embajada y consulado soviéticos.
El libro de Andrew/Mitrokhin confirma las diferentes etapas y prioridades del KGB a las órdenes del partido. Después de la represión feroz para afianzar al poder bolchevique, sobre todo dentro, pero también fuera de las fronteras de la URSS, llega con Stalin el periodo de la caza y captura de los trotskistas. Puede parecer increíble la saña con la que el KGB, y los comunistas en general, persiguieron y asesinaron a los trotskistas, verdaderos o así tildados para mejor exterminarlos, cuando se sabe que en realidad eran grupos ultra minoritarios que jamás representaron un peligro real para la URSS. Tampoco nos dicen nada nuevo sobre el asesinato de Trotski, y antes de su hijo Lev Sedov, trotskista convencido y activo, pero totalmente ingenuo.
Ya sabíamos que el tan apreciado pintor mexicano Siqueiros, estalinista fanático, encabezó un comando que entró en la casa de Trotski en la afueras de México D.F. disparando a bocajarro, pero sin alcanzar ni a Trotski ni a su mujer ni a su nieto. Fue Ramón Mercader quien logró asesinarle. Ya lo sabíamos. Para la historia del realismo socialista mexicano recordaré que en aquel momento Diego Ribera era trotskista, se hizo estalinista más adelante. A mi modo de ver, esta prodigiosa actividad antitrotskista no puede explicarse del todo sin tener en cuenta la paranoia de Stalin sobre el complot permanente contra él, paranoia responsable de millones de muertos.
Durante la II Guerra Mundial, y después del ataque nazi por sorpresa en junio de 1941, el KGB defendió a la URSS, lo cual no quiere decir que todas sus acciones fueran dirigidas contra la Alemania nazi, ni hablar: la masacre de 5.000 (!) oficiales polacos, patriotas antinazis en Katyn, o la captura y ejecución de Raúl Wallenberg, el diplomático sueco “culpable” de haber salvado a casi 100.000 judíos húngaros desde la embajada de su país, en Budapest, y muchas otras “operaciones húmedas” no pueden francamente calificarse de acciones antinazis.
Tras la guerra llega la época que calificaré de “la bomba atómica”. Todos los esfuerzos del KGB (dirigidos precisamente por Sudoplatev) y sus colaboradores comunistas se volcaron en la búsqueda de los secretos de fabricación de la bomba A, luego H, y lo lograron. No contaron sólo con el KGB, también obtuvieron la colaboración de científicos occidentales como el italiano Pontecorvo -hermano del cineasta-, de Joliot Curie, y si no en este libro, en otros se admite que algo hizo el propio Oppenheimer, “padre” de la primera bomba A. Era durante la guerra y los soviéticos eran sus aliados. Asimismo colaboraron otros científicos menos conocidos en Gran bretaña, y claro, también en los USA. Todo ello permite a la URSS dotarse primero de la de bomba A, la H después.
El libro de Andrew/Mitrokhin confirma, con muchos detalles, que Juluis y Ethel Rosenberg dirigieron una red de espionaje a cuenta del KGB en los USA pese a la propaganda filosoviética tan abundante, aunque los que robaron los planos de la primera bomba A en Los Álamos fueron Hall y Fuchs. El cuñado de Ethel, marido de su hermana Greenglass, también en Los Álamos, fue muchos más torpe. Toda esa batalla por la bomba A comenzó, claro, durante la Guerra Mundial. Paralelamente a esa batalla, y justo después de la guerra, el KGB prepara la III Guerra Mundial -antes de que comience la “guerra fría”- instalando focos terroristas y de sabotaje, radios clandestinas, depósitos de armas y explosivos, en la futuras retaguardias del enemigo, o sea Europa occidental, Canadá, Estados Unidos, etc.
Muere Stalin (marzo de 1953) y claro, las cosas cambian aunque la actividad del KGB no cesa, en absoluto. Jruschov, por ejemplo, abandona el proyecto de asesinar a Tito, proyecto muy avanzado. Pero lo que vale la pena resaltar es que este libro confirma rotundamente, después de tantos otros, la actividad monstruosamente criminal de Beria a la cabeza del KGB así como su “estakanovismo” en la violación de niñas, en contradicción absoluta con el libro de Beria junior y los comentarios perversos de algunos periodistas que han intentado presentarle como un hombre bondadoso y un comunista moderado.
Muy deprisa -qué remedio, tratándose de un libro de 982 páginas- señalaré que el último periodo del KGB, hasta la implosión bienvenida de la URSS, fue la etapa del terrorismo internacional y de la ayuda a los “movimientos de liberación nacional” del llamado Tercer Mundo, o sea, otra forma de terrorismo financiado y armado por el KGB. Pero veo que mi espacio internauta se termina y lo dejo para un comentario futuro. Vale la pena. Concluiré este señalando que sobre España, el libro de Andrew/Mitrokhin no dice gran cosa que no sepamos. Desde luego hace referencia, aunque más superficialmente que otros libros, a la actividad del KGB durante nuestra guerra civil, la represión contra los inconformes y el POUM, el asesinato de Andrés Nin, etc.
Cuentan asimismo cómo, muerto Franco y comenzando la transición democrática, Moscú se enfadó mucho con Santiago Carrillo, quien ya no obedecía como antes y se dedicaba a salir en la tele y a entrar en la Zarzuela, se puso a destruir sistemáticamente al PCE (¿quién lo lamenta?). Entonces, Moscú montó una operación con Ignacio Gallego, Agustín Gómez y Eduardo García, subvencionándoles en dólares siempre a través del KGB, no faltaba más, y añadiendo consejos y directivas para salvaguardar un partido comunista en España. Fue un fracaso. Ya antes de la muerte de Franco, el KGB montó una operación equivalente con Lister, no citada en este libro, y también fracasó. A los españoles, está visto, no nos gusta el comunismo.