Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
13 de Abril de 2001

En portada

Tusell y el liberalismoPor Jesús Gómez Ruiz
Un café al amanecerPor Agustín Jiménez
Las nueras de Gran BretañaPor José Apezarena
¿Recesión generalizada o crisis sectorial?Por José Ignacio del Castillo
Los exámenesPor Alicia Delibes
Luis Lima se retiraPor Carlos de Matesanz
Eros en tranvíaPor Carlos Semprún Maura
Un hueco en alguna partePor Julia Escobar
Casas en MadridPor Pablo Jimenez
Hayek y CavalloPor Martín Krause
Los bodorriosPor Carlos Pérez Gimeno
El virus de la locuraPor Enrique Coperías
De videoconferenciasPor Fabián C. Barrio
Miles de hecatombes europeasPor Antonio López Campillo
Yahoo también caePor Fabián C. Barrio
Semana Santa sin estrenosPor Andrés Arconada
La historia secreta de Robin HoodPor Ricardo Medina Macías
Pasión por la libertadPor Rubén Loza Aguerrebere
Venta de lápidas virtualesPor Libertad Digital
La ansiedad de la CamposPor Ignacio Montes
"Los Vengadores". Cada vez más altoPor David Jiménez Torres
La crisisPor Ramón Díaz
Pescando subvencionesPor Francisco Capella
Semana del 07 al 13 de abril del 2001Por I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

CRóNICAS COSMOPOLITAS

Eros en tranvía

Por Carlos Semprún Maura

En una de sus célebres “Piedras de toque” Mario Vargas Llosa comenta la exposición “Picasso erótico”, que tiene lugar en el ilustre museo del Jeu de Paume en París (hasta el 20 de mayo). Es la primera vez que se exponen estas obras porque según el organizador de la exposición Jean-Jacques Lebel, citado por Mario, los museos norteamericanos como el PCF, del que era miembro Don Pablo, eran demasiado pudibundos para que el artista se atreviera a proponerles una exposición de sus obras eróticas.
No estoy seguro, en cuanto a los museos norteamericanos. De todas formas esto me recuerda la broma de Dalí: “Picasso es pintor. Yo también. Picasso es un genio. Yo también. Picasso es comunista. Yo tampoco”. El caso es que se trata de la primera vez que se exponen en un museo estas obras del maestro y resulta que Mario y yo no hemos visto la misma exposición. No pasa nada, o mejor dicho pasa continuamente que ante la misma exposición, como ante la misma película o novela, personas diferentes saquen impresiones, emociones y opiniones diferentes. Menos mal, la uniformidad sería el infierno y no “los otros”, señor Sartre. En la última parte de su artículo, Mario, en efecto, parece, si no indignarse porque no son sus términos, en todo caso señala lo que según él constituye el monstruoso machismo de Picasso, su celebración del falo, como ¡no faltaba más! símbolo de poder y sometimiento de las hembras humilladas. ¿No dibuja mujeres arrodilladas ante hombres todopoderosos? Desde luego, la geometría del espacio erótico es variada y variable pero yo me he encontrado infinidad de veces arrodillado y recuerdo la letra de una canción popular francesa, en la que se alude a ese templo où l´on entre à genoux (en donde se entra o penetra de rodillas). Ambos de rodillas pueden encontrarse parejas hetero como homosexuales en circunstancias amorosas, sin que ni los unos ni los otros se sientan sometidos o humillados. Puede que el “lo que tú quieras” siga siendo una actitud femenina, pero el “lo que yo quiero” también lo es, incluso más. Y el paso de lo uno a lo otro se da fácilmente en las mismas personas, en las mismas parejas y durante las mismas horas de pasión. Por otra parte, la celebración del falo en arte (no sólo como instrumento de reproducción también de placer), no lo ha inventado Picasso, existe desde las más antiguas civilizaciones, véase el templo Kama Kala en India, un ejemplo entre miles, incluyendo lo que antaño se denominaba “artes primitivas” y que algunos burócratas pretenden calificar ahora de artes primeros. ¿Primeros de que? Primitivo es mucho más sugerente y bello. En la sociedad también se celebra el falo por parte de bastantes mujeres y de ciertos hombres —aunque también haya mujeres que prefieren su alter ego—. Pero esa visión del falo como amenaza, símbolo de poder y humillación, porra o tronco, aparte de que recuerda lo peor de ciertos movimientos feministas muy pasados por agua, es, paradójicamente, una visión ultra machista, implícita e inconscientemente y lo mismo si se la celebra con demasía, como si se la rechaza con odio o asco. Porque no es eso, es algo mucho más complejo, sensible y cerebral.

Pero, bueno, Mario ha visto unas cosas y sacado unas conclusiones que yo ni vi, ni comparto. Aceptemos un segundo que Mario tenga razón y que en esta exposición Picasso haya demostrado un machismo exacerbado y misoginia. Y ¿qué? Se trata de arte y de eso Mario no habla. No sabemos si aquello le ha parecido bello, si ha sentido alguna emoción artística porque se ha limitado a comentarios sociológicos. Según lo que he leído sobre Picasso no es imposible que fuera bastante egoísta pero eso poco tiene que ver con su pintura. Si en la vida en sociedad, la violencia, el sadismo y demás ismos misóginos, son condenables y hasta pueden llegar a ser criminales, en arte las cosas son totalmente diferentes. En arte no hay crimen, o sólo de mal gusto. En cambio sigue habiendo mucha hipocresía, aunque la noción de pecado haya girado “a la izquierda” y que el destape sea esencialmente un derroche de vulgaridad soez. “La belleza será convulsiva o no será”, sentenciaba André Breton. La belleza erótica en todo caso, sí (convulsiva y privada). La hipocresía se manifestó una vez más con motivo de la muerte de Balthus, porque si nadie le acusó de pederastia, como Mario le acusa a Picasso de machismo, se echó un espeso y púdico velo sobre esas niñas manifiestamente erotizadas por la mirada sensual del pintor. ¿Delito? No, pintura. Y, buena pintura.

Me extrañó ese conformismo de Mario que había conocido como aficionado —incluso más que yo— a la literatura erótica, donde abunda el machismo, aún cuando los libros están escritos por mujeres (“Histoire d´O”), autor él mismo de novelas eróticas, desde luego más light que Sade, o Miller, pero en donde el placer de la invención no obedecía a los reglamentos del pensamiento único. Releí en esta ocasión su divertido artículo: “El locutor y el divino marqués” (de 1966), en donde nos cuenta cómo descubrió que el mejor biógrafo de Sade es Gilbert Lely, que habíamos conocido como humilde locutor de Radio France. Me interesó doblemente porque yo formó parte de ese equipo de periodistas radiofónicos que ejercíamos en español en la radio francesa. Allí nos conocimos, por cierto. Y si en ese artículo o en otros Mario señala la “monotonía del genero libertino” que fue descubriendo después de su entusiasmo adolescente, jamás, que yo sepa, ha acusado Sade de ser... sádico, lo cual, incluso en los marcos de los reglamentos del actual pensamiento correcto es algo peor que ser machista. Pues Sade fue absolutamente sádico en su obra como en su vida, tan bien contada, es cierto, por Gilbert Lely. ¿Hay que prohibirlo? En ningún momento Mario habla de censura pero ocurre que en varios países y concretamente en Francia, un cierto tipo de militantes feministas pretenden imponer una censura drástica, una prohibición absoluta a todos los libros, películas, obras de teatro, exposiciones (¿Picasso?), considerados por ellas como misóginos. Sus argumentos son aparentemente sencillos: ya que la expresión pública del racismo está prohibida, la misoginia, el machismo, constituyendo una forma de racismo, también debe prohibirse.

La respuesta es igual de sencilla y además de sentido común: no hay que prohibir nada, la censura es un buen ejemplo de cómo el remedio es peor que la enfermedad. Pero las ansias de censura no cesan y recientemente cuatro filósofas se han reunido para publicar un libro, en donde como snippers disparan contra frases escritas por filósofos machos y consideradas por ellas como misóginas y por lo tanto castrables.

“Hace treinta años que cuido a mujeres y no llego a entenderlas”, hubiera escrito más o menos Freud. Esta evidente manifestación de modestia que recorre toda su obra: “no sé, busco”, repetido mil veces, se convierte para nuestras amazonas en agresión: no nos entiende porque nos desprecia, porque nos odia, porque... Conocidas intelectuales como Giselle Halimi o Elisabeth Badinter (más moderada esta en otras ocasiones), se hicieron no hace mucho las abanderadas de la censura a ultranza, realizando campañas para la destrucción completa de la obra de Sade y aunque les citen menos, se entiende que por añadidura, las de Bataille, Miller o Alfred Jarry, prototipo del perfecto machista ya que escribió un libro sobre el tema: ”Le surmale” (El supermacho). Irónico, claro. Porque, además, estas partidarias de nuevas hogueras, de autodafés inquisitoriales, son evidentemente incapaces de sentir el humor, la ironía y hasta la autoirrisión (y no hablemos de talento literario) de muchas de estas obras eróticas que desean enviar para siempre jamás al infierno de las llamas eternas.

Lo siento realmente, pero tampoco me parece que Mario sintiera la ironía alegre en esta exposición de Picasso. En cambio se burla de los dibujos en los que el artista envejecido se muestra, o finge mostrarse, como un voyeur. Sería ridículo negar que con la edad disminuyen las capacidades físicas y a veces mentales de las personas, pero hay algo infinitamente peor que esas cotidianas miserias, y es el peligro muy real de que envejeciendo aumente considerablemente el conformismo. Y hoy el conformismo es de izquierdas.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899