Respecto al modelo político se escucha con frecuencia la decepción con la democracia. Y la decepción seguirá porque no hay una definición común de democracia salvo en lo que se refiere a elección de funcionarios por mayoría de votos. Las constituciones protocolariamente declaran los derechos de las personas, pero en su texto proceden a anularlos, dejándolos sujetos a los caprichos políticos de las legislaturas que pasarán leyes legitimizando cualquier barbaridad.
Se venera la democracia porque cada cual la idealiza a su modo. En una ocasión oí decir a un abogado profesional y ex embajador que llegó mal vestido a una reunión, que venía vestido ¡democráticamente!
Muchos ingenuamente creen que la democracia en sí produce prosperidad, siempre que se decida todo por consenso mayoritario. Para que se dé bien el maíz, se debe cultivar democráticamente. Una gran mayoría cree que la constitución democrática es para conceder derechos a las personas, sin tener conciencia de que se hacen las constituciones porque las personas ya tienen esos derechos. En fin, si no todos entienden lo mismo por la palabra democracia, resulta correcto decir que simplemente no hay un tal modelo. Si acaso algún día se define un modelo, éste deberá consistir, principalmente, en definir, con la mayor precisión posible, los límites de lo que la mayoría puede legislar: es decir, establecer reglas para hacer reglas que garanticen reciprocidad entre ciudadanos.
Pero allí está el problema, porque no se tiene claro qué clase de reglas son estas, de manera que pongo el siguiente ejemplo: “El congreso no podrá establecer una ley que despoje a una persona de sus bienes, sus derechos contractuales o ingresos legítimamente adquiridos con el propósito de beneficiar a otros, sin la adecuada compensación”. Eso no es aceptable en los modelos actuales porque se basan, precisamente, en el manejo de las llamadas “transferencias” que deliberadamente despojan sin compensación alguna a unos en beneficio de otros. ¡Demostrando compasión con dinero ajeno! Siendo así, las mayorías pueden despojar a cualquier minoría, siempre que lo hagan democráticamente. Un “modelo” así nunca va a sacar al país de la pobreza, aunque usen de ejemplo a naciones que salieron de su pobreza sin esa legislación “avanzada” y que después la “modernizaron”. No veo en el horizonte un “modelo” basado en el tipo de reglas que conduce a prosperidad pacífica.
El mero hecho de que se busque un “modelo” económico demuestra cuán inmaduros y lejos estamos de tener un sistema exitoso. El único sistema que aunque imperfectamente ha funcionado en la práctica, en toda la historia y en todo lugar, y que la teoría explica por qué es así, es la libertad, también conocida en el campo económico, como economía de mercado y precisamente no es un sistema diseñado, modelado, sino espontáneo.
La economía de mercado no se diseña, sino que es el resultado obtenido cuando la ley protege la vida, la propiedad y los contratos. Estará siempre en proceso de cambio, dejando a un lado cosas y métodos y adoptando otros. Quienes han estudiado ese fenómeno socioeconómico llamado teoría de precios comprenderán por qué si se manipula la economía y esta deja de ser guiada por el sistema de precios, seguiremos probando novedades y fracasando. La buena noticia es que no hay que hacer ningún modelo y la mala noticia es que lamentablemente muy pocos lo entienden. El futuro luce gris.
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AIPEManuel F. Ayau Cordón es ingeniero y empresario. Guatemalteco, es fundador de la
Universidad Francisco Marroquín y fue presidente de la
Sociedad Mont Pelerin.