MEDICINA Y SALUD
El virus de la locura
Por Enrique Coperías
Se estima que cerca de 400.00 españoles sufre esquizofrenia, la más trágica e incomprensible de las enfermedades mentales. En 1896, el psiquiatra alemán Emil Kraepelin la bautizó como demencia precoz o demencia de la juventud, debido a que observó que esta patología ataca en la adolescencia o en la juventud temprana “raramente después de los 30 años” y parece evolucionar irremediablemente hacia un deterioro mental similar al que muestran las personas ancianas afectadas por algún tipo de demencia, como la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, el psiquiatra suizo Eugen Bleuler observó que esto no se cumplía en todos los casos y consideró que el marchamo de la enfermedad era la fragmentación o escisión “esquizo” que se produce en la asociación de ideas o en las expresión inadecuada de las emociones.
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La lista de síntomas que acompañan a la esquizofrenia es literalmente una visita al infierno. La mayoría de los pacientes experimentan ilusiones, alucinaciones y desórdenes mentales, una categoría que incluye los pensamientos superpuestos, la lógica errónea, las asociaciones llamadas débiles y las ideas extravagantes. Algunos esquizofrénicos se sienten influenciados o controlados, como si las personas de su entorno pudiesen leer sus pensamientos; creen que los acontecimientos totalmente ajenos e irrelevantes influyen decisivamente en sus vidas y, a veces, piensan que poseen atributos o poderes especiales. La vida interior de estos enfermos aparece corroída por amenazas inconfesables, fantasías grotescas y miedos que les quitan el aliento.
Pueden oír voces que hablan, que comentan acerca de su conducta o simplemente que les insultan, critican o ridiculizan. En algunos casos experimentan alucinaciones olfativas o tienen sensaciones corporales desagradables. Un esquizofrénico puede ver cómo su cuerpo se transforma en una bestia, en una estatua o se hace invisible. La realidad se torna en un fulgor cegador. Sus emociones y sentimientos navegan en un mar tormentoso: muestran dificultades para comprender las emociones de los demás, para empatizar con otros, y ríen para manifestar su tristeza o lloran cuando comentan algo alegre. Pueden vivir en un estado permanente de sobreexcitación o, por el contrario, sufrir una parálisis mental que les recluye durante largo tiempo en su habitación. El aislamiento y el retraimiento social son otros de los síntomas de la esquizofrenia; muchos enfermos pierden la habilidad para iniciar o mantener conversaciones o para disfrutas de las amistades.
No es extraño toparse con pacientes que desarrollan comportamientos excéntricos en el vestir, hablar y otros aspectos de la vida diaria. Curiosamente, los síntomas de la esquizofrenia tienden a estabilizarse a los 5 ó 10 años después de aparecer los primeros síntomas de esta enfermedad mental. De hecho, algunos pacientes empiezan entonces a mostrar alguna mejoría. Hay estudios que indican que, tras 20 ó 30 años de evolución, la mitad de los esquizofrénicos bajo tratamiento médico son capaces de cuidarse de sí mismos, trabajar e integrarse en la sociedad. Por el contrario, los pacientes sin asistencia médica o sin el adecuado tratamiento sufren hasta el extremo de autolesionarse o suicidarse. El 15 por 100 de los esquizofrénicos se quita la vida.
La salud de estos enfermos psiquiátricos puede agravarse además por otros problemas médicos. Numerosos informes apuntan que la mayoría de los esquizofrénicos abusan del alcohol y las drogas. Un factor genético llamado P50 que los científicos asocian con la esquizofrenia se halla en los receptores cerebrales a los que se une la nicotina. Esto podría explicar por qué estos enfermos son tan propensos a abusar del tabaco. La nicotina de los cigarrillos sería una forma de automedicarse para atenuar los síntomas psicóticos, que normalmente se agravan cuando el esquizofrénico deja de fumar.
Recientes estudios indican que el humo del tabaco inhibe la actividad de una proteína llamada monoamonooxidasa B o MAO-B. El bloqueo de ésta se traduce en un aumento en el cerebro de feniletilamina (PEA), un neurotransmisor relacionado con la hiperactividad y el estrés en enfermos con manía. Hoy por hoy, no existe una certeza absoluta a cerca de las causas de la esquizofrenia. Es más, no son pocos los expertos que discuten que sea verdaderamente una sola enfermedad y postulan que probablemente estemos frente a distintos tipos de locuras con diferentes causas. Existen tantos factores que influyen en la conducta y sentimientos humanos que es prácticamente imposible determinar cuáles son los responsables del comportamiento esquizofrénico. A esto hay que sumar la dificultad con que se enfrentan los expertos para distinguir entre causas y efectos.
Ahora bien, teorías que expliquen la locura humana no han faltado. Al estudiar un paciente con esquizofrenia paranoide, Sigmund Freud le diagnosticó “un conflicto de homosexualidad inconsciente” y un complejo de Edipo invertido. Sin embargo, para muchos psiquiatras contemporáneos, las claves de la esquizofrenia había que buscarlas en el cerebro y no en la psique. No pensaban lo mismo sus colegas del otro lado del Atlántico. Durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, algunas teorías psicológicas situaban la causa de la esquizofrenia en las madres que habían sido dominantes o demasiado protectoras y en los padres distantes y pasivos. De hecho, se llegó a acuñar el término madre esquizofrenógena para designar una relación simbiótica en que la madre se vuelve sobreprotectora y tiende a supervisar cada uno de los aspectos de la vida de su vástago.
A finales de los cincuenta, la familia esquizofrenológica dejó paso a lo que vino a llamarse dobles ciegos familiares. Sus defensores postulaban que la semilla de esta enfermedad estaba en las rupturas y los conflictos entre los padres, y en un tipo de armonía familiar falsa. En la misma línea se situaban los psicólogos que encontraban las raíces de la esquizofrenia en “una comunicación familiar defectuosa, paradójica, con contradicción entre el lenguaje verbal y el no verbal”.
Ahora bien, como señalan los psicólogos Sergio Rebolledo y María José Lobato en su libro Cómo afrontar la esquizofrenia, “todas estas y otras teorías señalan, efectivamente, algunas características que se sueñen encontrar en las relaciones familiares de quien padece esquizofrenia, pero la moderna investigación científica ha venido a demostrar que estas características son más bien consecuencia y no la causa de la aparición de la esquizofrenia en la familia. Es decir, las alteraciones en las relaciones padre-hijo, los conflictos matrimoniales o los problemas de comunicación se producen a raíz del enorme impacto destructor que tiene sobre la familia que uno de sus miembros desarrolle la enfermedad. Más aún, se ha descubierto que muchas de estas alteraciones se dan en familias que soportan otras enfermedades crónicas tales como la discapacidades físicas”.
Los avances en genética, neurología, biología celular y bioquímica están permitiendo a los científicos abrirse paso entre las llamas del infierno de la esquizofrenia. Hoy se sabe que esta enfermedad tiene un fuerte origen genético: la evidencia científica sugiere que una predisposición a la esquizofrenia se heredaría a través de los genes. En este sentido, los científicos creen que éstos se esconden en el cromosoma humano 13 y, posiblemente, en el 18. Una teoría plausible es que estos genes defectuosos podrían hacer que las neuronas portadoras del defecto genético fueran atacadas por las células de defensa del propio paciente. De ser así, la esquizofrenia se hallaría entre las dolencias conocidas como autoinmunes, como la diabetes o la artritis. Un grupo de científicos ha hallado que las madres de niños esquizofrénicos tienen una alta incidencia del gen HLA-B44. Similar es genes aparecen en otras enfermedades autoinmunes que predisponen al sistema inmune a atacar a sus propias células y tejidos cuando son invadidas por un virus.
Por otro lado, el cerebro de los esquizofrénicos sufre importantes alteraciones bioquímicas. La era moderna de la psiquiatría dio el pistoletazo de salida con el descubrimiento, en los años 50, de que la clorpromazina mejoraba significativamente la salud mental de los esquizofrénicos. Una década más tarde los científicos dieron con la forma en que actuaba este fármaco: la clorpromazina reduce la cantidad del neurotransmisor dopamina en el cerebro. Casi de forma paralela se comprobó que los medicamentos que aumentaban la concentración de dopamina en el cerebro agravaban los síntomas de la enfermedad. De esta evidencia surgió la hipótesis de la dopamina, que habría de dominar la investigación en el campo de la esquizofrenia durante las dos décadas siguientes. Pero desgraciadamente la evidencia clínica demostró que la reducción de la dopamina cerebral no era la solución definitiva. Los fármacos depresores de este neurotransmisor no la curan lo más mínimo. Es por ello por lo que los neurólogos investigan la implicación de otras sustancia cerebrales, como es el caso del aminoácido glicina.
Por otro lado, los daños cerebrales que pueden causar la esquizofrenia aún son poco conocidos. Este es uno de los talones de Aquiles de la moderna neurología: ¿Dónde está el daño cerebral de la esquizofrenia? Las modernas técnicas de imagen médica, como la resonancia magnética (MRI) y la tomografía de emisión de positrones (PET), salen en ayuda de los científicos. Gracias a estos sistemas de exploración, que permiten contemplar el cerebro sin necesidad de levantar la tapa de los sesos, los psiquiatras saben que algunos pacientes presentan una menor actividad neuronal en la corteza prefrontal y, en ciertos casos, una pérdida de tejido nervioso, particularmente en la amígdala y el hipocampo. Mientras que la primera estructura controla emociones como la agresión, el miedo y la rabia, el hipocampo juega un papel destacado en los procesos memorísticos. Para algunos expertos, un daño en estas estructuras del sistema límbico podría ser el responsable de los síntomas positivos de la esquizofrenia, como es el oír voces inexistentes.
Por su parte, la corteza prefrontal afecta a la memoria, el razonamiento, la agresión y el habla. Así pues, una lesión en cualquiera de estas tres estructuras puede acarrear graves consecuencias para nuestra salud mental. La MRI también ha dejado ver que algunos esquizofrénicos presentan anomalías en los surcos cerebrales, las hendiduras o depresiones que aparecen en la superficie cerebral. En estos pacientes, los surcos aparecen normalmente alargados. Otros investigadores intentan hilar más fino y proponen que la causa de la esquizofrenia estaría en una anomalía de la circuitería cerebral. Concretamente, centran su atención en las redes neuronales que filtran la información que llega a la cabeza y que luego es enviada a determinadas regiones cerebrales. Un error en este tipo de circuitos podría hacer que llegase al cerebro esquizofrénico información no deseada, lo que desataría los síntomas positivos y negativos de la locura.
Por último, un nutrido grupo de investigadores abordan la esquizofrenia desde una óptica radicalmente diferente. Éstos creen que el desencadenante de este trastorno mental es un virus. Son los acólitos de la hipótesis vírica, ya barajada en los años ochenta. Durante años, estos han recogido el líquido cerebroespinal de pacientes esquizofrénicos y voluntarios sanos para dar caza al fatal agente infeccioso. Fruto de este diligente trabajo fue el descubrimiento una tercera parte de los esquizofrénicos presentaban anticuerpos contra el citomegalovirus (CMV), un miembro de la familia de los herpesvirus.
Ahora bien, este hallazgo no permitía establecer una clara relación entre el virus y la esquizofrenia. Sin cejar en el empeño, los defensores de la teoría vírica citaban estadísticas en la que se muestran que estos pacientes presentan una mayor probabilidad de nacer entre enero y marzo y de volverse psicóticos entre junio y agosto. ¿Podría estar relacionada esta estacionalidad con el momento de máxima actividad de algún virus? ¿Es contagiosa la esquizofrenia? Muchos psiquiatras se han mostrado críticos con la posibilidad de que un virus pueda hacernos perder la cabeza. Sin embargo, un estudio que acaba de publicarse podría hacerles cambiar en su forma de pensar. En el último número del Proceedings of the National Academy of Sciences, el neurovirólogo Robert Yolken y sus colegas del Johns Hopkins Children´s Center anuncian la detección de la huella de un retrovirus en el líquido cerebroespinal del 30 por 100 de los enfermos esquizofrénicos y del 7 por 100 de los pacientes que sufren una forma crónica de la enfermedad. La marca del virus está ausente en todos los voluntarios sanos que participaron en el estudio.
El agente infeccioso en cuestión es un retrovirus endógeno de la familia W de los retrovirus (HERV-W). A diferencia de otros retrovirus, como el del sida, los endógenos forman parte de forma natural de nuestro patrimonio genético. Los científicos aseguran que estos virus se colaron en la molécula de ADN hace, en algunos casos, millones de años. Así pues, forman parte de nuestra herencia, pasando como un legado de padres a hijos. Desde hace poco, los biólogos estudian la posible conexión entre estos parásitos genéticos y determinadas enfermedades humanas. A la vista de los resultados, una de ellas bien podría ser la esquizofrenia.