EXPOSICIONES
El último Picasso
Por Pablo Jimenez
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acaba de presentar la que sin duda es la exposición más importante realizada en los últimos años. Se trata de una revisión del Picasso de las series realizadas sobre grandes cuadros de la historia. La exposición es tanto más importante cuanto que es una producción del propio museo y que añade un paso más dentro de la recuperación que se ha venido haciendo, desde finales de la década de los 80, de los últimos años de la producción picassiana.
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Tradicionalmente la crítica de arte ha venido considerando que la producción última de Picasso era menos interesante y de una calidad claramente inferior. De hecho las últimas exposiciones que realizó en vida Picasso dividieron de forma clara a la crítica, que en general sólo supo ver, con más suficiencia que acierto, los últimos juegos de un viejo maestro ya definitivamente anclado en la historia. Hubo que esperar a la gran exposición de París del año 88, en plena época de vuelta a la pintura, para que se reconociera en esas obras la gran brillantez y libertad que encierran. Fue una exposición que abrió la puerta para la recuperación de otros períodos y otros planteamientos como los de esta exposición que, por primera vez, afronta directamente el tema de las grandes series.
Las series nunca se han tomado demasiado en serio. La pintura sobre otra pintura, cuando además no tiene un carácter reflexivo sino más bien de enfrentamiento directo, no es algo que entusiasme. Además, si para el común de los mortales Picasso era el adalid de lo moderno y de lo nuevo se hacía un poco antipático que, de pronto, volviera con claros síntomas obsesivos, la mirada sobre determinados cuadros del pasado. Sea como fuere, el caso es que dentro de un proceso en el que poco a poco se han ido aceptando los distintos estilos y momentos Picasianos —habrá que recordar tiempos en los que nadie quería oír hablar de la época azul, ahora mítica en sus precios y sus apreciaciones— ésta de las grandes series ha sido la que más trabajo ha costado recuperar.
Hablar en conjunto de las series tiene sus peligros ya que hablamos de diez años en la vida de un pintor que ya no es joven, Picasso cuando inicia la primera serie tiene 74 años, y cuando termina esta aventura, más de 85. La primera, inspirada en “Las mujeres de Argel” de Delacroix data justo de mediados de los años 50 y se prolonga naturalmente con la serie del Estudio del pintor, inspirada en el cuadro de Courbet e iluminada por el encuentro con su nueva casa y estudio en La Californie. Enseguida surgirá uno de sus empeños más importantes y de más vuelos: el de la serie sobre “Las Meninas” de Velázquez y ya en la década de los 60 abordará una serie sobre otro cuadro capital “El almuerzo campestre “ de Manet que entronca con “El rapto de las Sabinas” de Poussin. La del pintor y su modelo cierra este ciclo de diez años de trabajo en el que tradicionalmente se había querido ver simplemente un repliegue.
Es evidente por lo tanto que los primeros cuadros de “Las mujeres de Argel” tienen un vigor y una complejidad que ya no está en la serie del Pintor y su modelo, como lo es también que muchas veces la intensidad y la concentración de los primeros cuadros de una misma serie desaparecen en los últimos.
Es cierto también que muchos de estos cuadros pueden verse como obras fallidas. Desde la serie de “El almuerzo campestre” nos encontramos con cuadros muchas veces deslabazados, que transmiten una curiosa sensación de haberse terminado precipitadamente. Pero curiosamente, aún en los cuadros más desafortunados hay detalles no ya sólo de una inmensa calidad, sino tratados con esa intensidad y esa entrega que marca al mejor Picasso. Es como si hubiera descubierto un detalle, un elemento que llamara poderosamente su atención y que sobre él hubiera concentrado todo su esfuerzo, terminando de manera más rutinaria el resto de la composición en la urgencia de enfrentarse a otro fragmento maravilloso del siguiente cuadro.
Vistos con esta perspectiva de serie, en la que cada cuadro parece tener un antecedente y avanzar en una determinada dirección, olvidando otras posibles, la exposición llega a resultar realmente impresionante y a transmitir un espíritu de libertad y de falta de prejuicios realmente notable que mira la historia del pasado con una falta de prejuicios y una naturalidad apabullantes.
Algo especialmente notable si tenemos en cuenta que, precisamente, en la década de los 80 un grupo de jóvenes pintores de Italia y Alemania (la llamada Transvanguardia italiana y los neoexpresionistas alemanes) emprendieron el mismo viaje de enfrentarse desde una pintura directa a sus distintas tradiciones artísticas.
Pero además esta última gran aventura picasiana fácilmente puede inscribirse como uno de los momentos importantes de la pintura del siglo XX, un momento en el que la libertad se muestra capaz de mirar directamente al pasado. La gran diferencia que existe entre el arte antiguo y el arte moderno, es, como no, una diferencia de propósito. Los antiguos entendían que la belleza era y debía ser una aspiración estética y moral. Para los modernos la belleza no es más que una herencia del Antiguo Régimen, para ellos el ideal ético y estético es la libertad.
Pues Picasso con estas series y con esta lección de libertad absoluta devuelve, al final de su vida, una extraña vitalidad a la pintura, señalando caminos posibles por los que transitar.

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