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DESARROLLO

El 'síndrome mediterráneo'

La crisis de la deuda europea y el contagio de la Eurozona se avizoran incontrolables. Todo parece insuficiente para rescatar a Grecia, mientras Portugal vende deuda pública a precios insostenibles y las primas de riesgo de España e Italia llegan a máximos históricos.


	La crisis de la deuda europea y el contagio de la Eurozona se avizoran incontrolables. Todo parece insuficiente para rescatar a Grecia, mientras Portugal vende deuda pública a precios insostenibles y las primas de riesgo de España e Italia llegan a máximos históricos.

¿Qué tipo de enfermedad padecen España, Portugal, Italia y Grecia, que los convierte en países tan vulnerables frente a las turbulencias de los mercados? Sin duda, existen una serie de elementos coyunturales que en parte explican su situación, pero más allá del déficit o la deuda hay una serie de rasgos estructurales –pilares culturales– que nos permite la búsqueda de una explicación más profunda.

Se trata de lo que llamaremos síndrome mediterráneo, y agrega elementos explicativos que no se mencionan en muchos análisis económicos o que, peor aún, buscan en el accionar de otros (Alemania, Estados Unidos, "los mercados", etc.) la causa de los males propios.

El primer rasgo cultural-estructural del síndrome que emparenta a España, Portugal, Italia y Grecia es el alto índice de corrupción de sus instituciones. Transparency International la define como "el abuso del poder encomendado para beneficio personal", y en su Índice mide la percepción de los niveles de corrupción en el sector público en una escala de cero (totalmente corrupto) a diez (ausencia de corrupción). En el Informe 2010 de la referida ONG, España obtiene una nota de 6,1, y Portugal otra de 6,0. Entre los países desarrollados solo Italia (3,9) y Grecia (3,5) superan esos niveles de corrupción. En el lado opuesto de la tabla encontramos países como Dinamarca (9,3) y Suecia (9,2). Cabe destacar que los resultados de los cuatro países mediterráneos mencionados están incluso significativamente por debajo de los de Chile (7,2) y Uruguay (6,9).

La importancia de este índice es decisiva si tomamos en cuenta el énfasis que hoy unánimemente se pone en la calidad y confiabilidad de las instituciones para la sostenibilidad a largo plazo del desarrollo económico. Se trata por ello de un indicador de confiabilidad más robusto aún que los niveles de deuda o déficit, que, a diferencia de la corrupción y la cultura de la que se nutre, son variables en el corto plazo. Es en este contexto que debemos interpretar las escandalosas cifras españolas (pero también las portuguesas, las italianas y las griegas) de economía sumergida o fraude tributario.

La segunda característica cultural-estructural común es la baja tasa de ocupación de la población en edad de trabajar (15-64 años), fiel reflejo de una serie de rasgos de fondo que van desde el clásico desdén mediterráneo por el trabajo (recuérdese que el primer atributo histórico de la "gente decente" en España era el no trabajar) a unas estructuras familiares que fomentan el no trabajo tanto de las mujeres casadas como de los jóvenes. Los jóvenes de los países del sur de Europa son los que menos trabajan y los que más tardíamente abandonan el hogar familiar. Entre las mujeres, la tasa de ocupación se ubica entre 20 y 30 puntos porcentuales por debajo de las registradas en los países del norte del continente. A ello hay que sumar los efectos de unos mercados de trabajo anquilosados y fragmentados, en los que coexisten una total indefensión de los trabajadores irregulares y el privilegio del trabajo de por vida de los funcionarios. El resultado de todo esto son unas tasas de empleo en el grupo conformado por las personas de entre 15 y 64 años del 65,6% en Portugal, el 59,6% en Grecia, el 58,6% en España y el 56,9% en Italia (fuente: Eurostat, 2010). Si comparamos estos niveles con los países del norte de Europa podemos constatar notables diferencias: Noruega, 75,3%; Holanda, 74,7%; Dinamarca, 73,4%; Suecia, 72,7%; Alemania 71,1%. Además, cabe notar que ningún país desarrollado está por debajo de los niveles españoles e italianos.

Estos datos son decisivos no solo para explicar los niveles actuales de bienestar de las diferentes naciones, sino para entender la sostenibilidad o insostenibilidad de los sistemas fiscales de protección social y de pensiones. Ante un desarrollo demográfico adverso (y es mucho más adverso en los países del sur que en los del norte de Europeo), cada punto porcentual de la tasa de empleo es decisivo. He aquí una fuente determinante de la falta de credibilidad de las economías mediterráneas.

El tercer rasgo cultural-estructural que comparten España, Portugal, Italia y Grecia hace referencia a la baja competitividad, es decir, a la falta de habilidad comparativa de estos países para atraer recursos productivos y organizarlos de forma eficiente.

La competitividad precisa de un ambiente institucional y macroeconómico estable, que transmita confianza y permita la llegada de capitales, tecnología y fomente la capacidad empresarial. El informe The Global Competitiveness 2010-11 del World Economic Forum mide una serie de aspectos determinantes para la prosperidad económica. Pues bien, en el ranking global de competitividad que arroja este informe España se ubica en el puesto 42º, Portugal en el 46º, Italia en el 48º y Grecia en el... 88º. Tampoco aquí encontramos más países desarrollados en tan bajos escalones, lo cual hace plenamente patente lo especial de este síndrome mediterráneo.

Finalmente, hemos de aludir al bajo nivel de innovación de esos países mediterráneos. La innovación es la capacidad de generar o encontrar ideas nuevas, seleccionarlas, ejecutarlas, combinarlas y comercializarlas con éxito. En otras palabras, hablamos de la capacidad competitiva del capital humano y de las empresas de un país, que a su vez expresa la eficiencia de su sistema nacional de innovación, que a su vez nos habla de la calidad de su sistema educativo (sobre todo del tramo universitario), de sus niveles de inversión en investigación científico-tecnológica, de si premia salarialmente o no el talento y de la solidez de su sistema de patentes y de protección de la propiedad intelectual.

Una forma práctica de medir los resultados alcanzados por un país en este rubro nos la da la estadística recogida por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) sobre el número de patentes registradas en el extranjero por nacionales de un país. Para 2008, las cifras de patentes registradas por millón de habitantes de algunos de los países del norte de Europa eran las siguientes: Alemania, 502; Holanda, 566; Suecia, 693; Finlandia, 740. En cambio, España llega apenas a las 40 patentes, Portugal se queda en 11 y Grecia en 8. Solo Italia salía mejor parada en esta comparación, si bien sus niveles (107) no llegan a acercarse a los del primer grupo.

A partir de estas consideraciones, no puede caber duda de la existencia y gravedad de este síndrome mediterráneo. Sus componentes no son coyunturales, sino que hunden sus raíces en el entramado cultural-estructural de los países que lo padecen. Por eso éstos no tienen ante sí soluciones fáciles ni rápidas a su actual estado de vulnerabilidad. Ahora bien, por serio que sea el síndrome que nos aqueja, habremos dado un gran paso para superarlo si empezamos a reconocer nuestros verdaderos problemas. Para eso necesitamos proceder a una honesta introspección que vaya más allá de los clichés de las constantes tertulias, las proclamas miopes de algunos políticos y el cortoplacismo de la profesión económica.

 

MÓNICA MULLOR, especialista en Inmigración y Cooperación (Universidad Rey Juan Carlos).

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