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2 de Febrero de 2001

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CRóNICAS COSMOPOLITAS

El siglo de la mentira

Por Carlos Semprún Maura

Cuando se publicó el libro de Bernard-Henri Levi: “El siglo de Sartre”, recientemente traducido, Maro Fumaroli, en un magistral artículo de “Le Figaro Littéraire” lo hizo trizas. No tiene interés hablar de Levi, convertido en objeto de consumo de lujo, pero vale la pena decir algo sobre “el fenómeno Sartre” y el porqué de la traición interesada de Levi. De paso, Fumaroli recordaba que éste había sufrido, uno tras otro, tres rotundos fracasos: una novela, una obra de teatro y hasta una película ambiciosa, ya que era el guionista-director e hizo la unanimidad en las salas vacías y en las críticas socarronas.
Era algo que no podía soportar tan engreída vedette y sabía que para encontrarse con el éxito tenía que “caer” a la izquierda, al conformismo de izquierdas, que es lo que se vende. Y como, además, aquellos representaba una ruptura epistemológica para él, ya que se había dedicado a criticar el totalitarismo, el Gulag y al propio Sartre (en Las aventuras de la libertad, por ejemplo) su anticonformismo personal estaba asegurado. ¡Qué original este Bernard-Henri, fíjate que ahora rompe una pica en Flandes a favor de Sartre!. Y así fue: el éxito fue rotundo e inmediato.

En todas las cadenas de televisión y en la prensa se puso a insultar frenéticamente, sin citarse, insultaba a quienes habían “enterrado a Sartre”, como él. Basándose en una verdad de Perogrullo “descubre” que hay dos Sartre: el primero existencialista, individualista, anarquista (¡tu tía!), y el segundo, propagandista del terror totalitario, diría yo. Pero dándoselas de filósofo, cosa que no fue jamás, pese a ponerse los pantalones cortos de los “nuevos filósofos”, lanza pasarelas entre el segundo y el primero y declara, tan tranquilo, que el antihumanismo teórico que había descubierto en Althusser ya existía en Sartre, pues ¡menudos pájaros!.

Claro que la palabra humanismo, como la palabra democracia, pongamos, han sido violadas por regimientos de monstruos totalitarios, lo cual no les impide seguir siendo vírgenes. En el fondo, la operación Sartre de Levi se parece bastante a la propia operación de Sartre, cuando en 1950 estalla la guerra de Corea y Sartre piensa que todo ha cambiado, que ha comenzado la “lucha final”, la Tercera Guerra Mundial, y hay que elegir su campo. Ya no puede mantenerse en esa postura “individualista”, de pronto considerada como frívola, que era la suya: “ni comunista, son demasiado bestias, ni anticomunistas, son fascistas”.

Elige Sartre, lo ha confesado mil veces, el campo de la URSS, sin matices, por ser el campo del proletariado mundial (la imbecilidad no tiene fronteras) y se vuelca con fruición en esa causa que para ser defendida exige la mentira permanente. Sartre conoce de pronto el intenso placer de beber vodka, de codearse con representantes del “proletariado internacional”, todos ellos abundantemente provistos de cuentas corrientes, dachas, condecoraciones, premios Lenin, Stalin, Nobel... está tan contento el pobre filósofo, que sólo tuvo hasta aquellas fechas fama como “existencialista” (me cito).

Los motivos de la traición de Levi no son históricos ni trágicos, son meramente contables, pero eso no quita que para defender a Sartre a rajatabla tiene que mentir a rajatabla. Por ejemplo: hecho prisionero, como la inmensa mayoría del ejército francés en 1940, Sartre en el stalag XII D escribe para las fiestas de Fin de Año un “autosacramental”: “Bariona o el juego del sufrimiento y la esperanza”, representado por los propios prisioneros de guerra, que Levi consideraba como una obra maestra de Resistencia, pero que los oficiales alemanes aplauden estrepitosamente y varios testigos franceses consideran como una obra profundamente antisemita (véase “Uno si douce Occupation” de Gilbert Joseph. Albin Michel. 1991)

Todos los que, como yo, han tenido algo que ver con el teatro, saben que un texto puede ser profundamente transformado por su puesta en escena. Eso no quita que el texto fue sometido a la censura nazi, que los oficiales nazis aplaudieron y que los compañeros de cautiverio de Sartre, judíos, le retiraron el saludo.

Annie Cohen-Solal, la biógrafa entusiasta de Sartre, (“Sartre”, Gallimard, 1985) cita al cabo Jean Pierre, también prisionero: “es una obra de inspiración antisemita”. Gilbert Joseph cita a muchos otros testigos que dicen lo mismo y añade que, gracias a esa obra, Sartre logró ser liberado antes que los demás y volver a París.

Cuando yo escribí mi libro contra Sartre (“Vida y mentira de Jean Paul Sarte”, Nessa y Jara, 1996) “Bariona” no había sido publicada por voluntad expresa de su autor. Por algo será, diga lo que diga Levi.

Que Sartre no fuera un gran resistente es una evidencia, aunque las cosas como son, al volver a París, en 1941, reanudó su amistad con Merleau-Ponti, que intentó organizar alguna actividad contra los ocupantes nazis. Juntos formaron el grupito “Socialismo y Libertad”, cuya principal actividad era la publicación de un boletín clandestino en ciclostil, que escribían los profesores y distribuían los estudiantes, pero ese conato de actividad se cortó en seco por miedo, sencillamente cuando personas, no del grupo, sino conocidas por ellos, fueron detenidas, y algunas, como el profesor Jean Cavaillès, fusiladas por los nazis. Y para Levi, el hecho de que Sartre tomara café con Cavaillès, significa que Sartre era igualmente un gran resistente.

Pero después de ese conato fallido de resistencia, Sartre “colaboró”, o sea, que publicó, pese a la censura, (menos drástica que en la Alemania nazi o en la URSS) “El Ser y la Nada”, artículos en comedia, semanario cultural pronazi, hizo representar sus obras de teatro “Las Moscas” y “Huis Clos” y abandonó la enseñanza definitivamente, contratado, aunque parece increíble, con buen sueldo para escribir guiones por la productora de cine Pathe. No fue el único, los intelectuales realmente resistentes fueron un puñado, pero los realmente pronazis también.

No se trata aquí de analizar el comportamiento de la intelectualidad francesa frente al nazismo y sus colaboradores franceses, otra vez será, tal vez, pero añadiré un dato poco conocido: cuando Simone de Beavour fue expulsada de la enseñanza en junio de 1943, después de meses de vericuetos judiciales tras la querella presentada ante los tribunales por la madre de Nathalie Sorokine por amores ilícitos, Simone se acostaba a menudo con sus alumnas, por qué no, salvo que elegía a chicas en situación precaria, extranjeras, quienes en principio no podían armar escándalo, lo cual hizo la madre de Nathalie; pues bien, Sartre encontró trabajo enseguida para Simone en Radio París, la más pronazi de las radios de la época. Y si lo logró es porque tenía amigos pronazis.

Para mí, este periodo no es el peor de Sartre, desde luego no tuvo nada de heroico, escurrió el bulto y el peligro como tantos, aunque luego presumió de “resistente”. Lo peor, repito, empieza en 1950. En su largo texto “Los comunistas y la paz”, publicado primero en “Les Temps modernes” entre 1952 y 1954, se vuelca con un placer masoquista en una defensa y exaltación condicionales de la URSS y de los partidos comunistas y llega a afirmar que “la clase obrera no existe fuera de su partido comunista”. Sólo es un botón de muestra.

Aunque oculte ciertas de las peores “perlas” ideológicas de Sartre, Levi no niega en absoluto su compromiso con el totalitarismo, es mucho peor, lo justifica y ennoblece. Y se convierte, él mismo, en abogado del totalitarismo, y por ello hablo de traición. Llevado de ese impulso sartriano, de ser el más abyecto de todos, afirma imbecilidades como que “más vale equivocarse con Sartre que tener razón con Camus”, plagiando aquella otra idiotez en la que Aron sustituía a Camus. En ciertos aspectos, el caso de Bernand-Heri Levi es aún peor al de Sartre porque uno puede pensar que Sartre, pese a su inteligencia (cosa que no se le puede reprochar a Levi), se dejó arrastrar por un potente movimiento histórico, a la vez que criminal y participó de ese dominante conformismo de izquierdas, pro soviético y pro comunista, pero todo eso se fue a la mierda, y Levi lo sabe perfectamente, y sin embargo, convertido en empleado de un “funeral parlor”, que pinta cadáveres hasta que tengan apariencia de vida y ante el árido desierto de las ideas, proyectos, programas de las izquierdas, y teniendo en cuenta que los pensadores revolucionarios ya no existen , o son tan cretinos como Pierre Bordieu o Ignacio Ramonet, no queda más remedio que sacar a los cadáveres de sus mausoleos, pintarles las calaveras de rojo ardiente y proclamar: si la izquierda no tiene ideas, las tuvo, véase Sartre. Véase Althusser, para otros ¡ y yo, y yo!, grita ahora Levi. Pues no, eso no son ideas, son carroñas.

Todos los que quieren salvar algo del naufragio del pensador Sartre, que quiso someter la inteligencia a la mentira, y que “encarna el desastre cultural francés de la posguerra” (Jean FraÇois Revel) afirman que si bien mintió mucho sobre la URSS, país próspero y pacífico donde los trabajadores eran libres e iguales, y la libertad de expresión total, en cambio criticó severamente a la URSS por su intervención militar en Hungría en 1956. Pues resulta que esto también es falso, porque si escribió en el “Fantasma de Stalin”, críticas feroces sobre ciertos detalles de dicha intervención, su conclusión era evidente: pese a sus errores, había que seguir apoyando incondicionalmente a la URSS y a los países comunistas, y en Francia, luchar más que nunca por la “unión de las izquierdas”, PC/PS.

Luego, en 1968, viendo que la moda moscovita decaía, se hizo maoísta. Pero estos grotescos episodios los contaré en otra ocasión. Pero que quede bien claro: el libro de Bernard-Heri Levi es un libro integralmente infame. Volveré sobre el tema.
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