FIGURAS DE PAPEL
El revés de la trama
Por Rubén Loza Aguerrebere
Los mentirosos medran, ya lo sabemos. Stephen King ha resuelto utilizar como epígrafe esa frase anónima, acompañada por un proverbio que todos compartimos y que dice: “Lo mejor es ser sincero”. Y no solamente en la vida; también en la literatura. Esa premisa recorre de principio a fin el reciente libro del celebrado escritor americano (nacido en Maine, en 1947) titulado “Mientras escribo”. Un texto disfrutable, que es una clase sobre el arte de la escritura. Ideal, por otra parte, para quienes aspiren a escribir obras de ficción.
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La escritora Amy Tan, la autora de “La casa de la buena estrella” (que integra un conjunto de amigos de King que tocan rock una vez por semana) le comentó cierta vez que nunca le habían preguntado en sus entrevistas nada sobre el lenguaje. Estas palabras le sugirieron el presente libro, que pretende explicar de manera breve y sencilla, el ingreso del autor de “Carrie” y “Corazones en la Atlántida” al mundo de la literatura.
Tras un repaso de los días de la infancia y la adolescencia que suelen ser muy ricos para un futuro novelista, Stephen King informa cómo aprendió a disfrutar de la lectura antes de la aparición de la TV. Y comenzó a redactar historias de ciencia ficción impulsado por una revista llamada “Famous Monsters of Film land”, que sigue proporcionándole recuerdos felices. Su primer cuento publicado (tras innumerables rechazos) se inscribe dentro de la literatura de terror, y apareció en un magazine de Alabama. Tenía dieciséis años. Poco después, con su hermano mayor, decidieron escribir un periódico con noticias de su barrio para vender entre los vecinos, y donde Stephen King elaboraba historias terroríficas por entregas. Fue todo un éxito.
El descubrimiento del cine tendrá poderosa influencia en la obra narrativa de King, un autor favorecido por el séptimo arte. Sólo faltaba a las funciones cuando estaba enfermo. Suma estas técnicas a las de la lectura, y llega a la conclusión de que “escribir una historia es contársela a uno mismo”. Y aquí, ofrece uno de sus mejores consejos: “Cuando reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia”.
En el capítulo llamado “Caja de herramientas” exhibe sus trucos, el revés de la literatura. Analiza el valor del vocabulario reducido o sencillo, apelando a los ejemplos de, entre otros, Hemingway y Cormac McCarthy, se detiene a observar las transcripciones del lenguaje callejero en las novelas de Tom Wolfe. En este punto señala algo que comparto decididamente y que me gustaría trasladar al lector: “Poner al vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza a usar las normales —afirma—, es de lo peor que se le puede hacer al estilo”.
Luego, pasa revista a las categorías en que se divide el vocabulario oral y escrito y sugiere (al comienzo de la carrera literaria, al menos) organizarlo de acuerdo con la gramática, porque, naturalmente, “una gramática defectuosa genera frases defectuosas”. Son interesantes sus comentarios sobre las descripciones, sobre el uso del lenguaje figurado y la elaboración de los diálogos, que son la voz de los personajes y una manera esencial para definir su manera de ser. En cuanto a las duras etapas de corrección de un texto, observa que lo que fundamental es limar, quitar, sacar palabras.
El libro da cuenta del revés de la trama literaria mientras intercala vívidos recuerdos de la juventud y los días de la universidad, y culmina con el relato del accidente casi fatal que sufrió Stephen King el verano del 2000, contando de qué manera la literatura le ayudó a sobrevivir. El libro descubre detrás del escritor las vicisitudes de un hombre sincero a quien sentimos cercano gracias a su sinceridad.
Stephen King, Mientras escribo, Plaza y Janés; 2001.

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