Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
27 de Julio de 2001

En portada

El futuro de los ángelesPor José Hermida
Peter Parker: SpidermanPor David Jiménez Torres
Preguntas y respuestasPor Rubén Loza Aguerrebere
Las nuevas reinasPor José Apezarena
BMW M3 CabrioPor Enrique González
Tío Íñigo y Giner PantojaPor Carlos Semprún Maura
De Kyoto a Bonn, ida y vueltaPor Antonio López Campillo
Y ¿qué podemos recomendar?Por Agustín Jiménez
El Mister y la modeloPor Carlos Pérez Gimeno
Pagando la necedad ajenaPor José Ignacio del Castillo
Adelgazando por la RedPor Fabián C. Barrio
Las grandes puntocomPor Fabián C. Barrio
Dinosaurios este veranoPor Andrés Arconada
“Que te mantenga el gobierno...”Por Ricardo Medina Macías
Agosto cántabroPor Carlos de Matesanz
Decíamos ayerPor Julia Escobar
El rastro de CondorcetPor Alicia Delibes
Los metomentodoPor Francisco Capella
Cerrado por vacacionesPor Pablo Jimenez
¡Échate a volar, dinosaurio!Por Enrique Coperías
Semana del 21 al 27 de julioPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

MáS QUE NúMEROS

El rastro de Condorcet

Por Alicia Delibes

Cuando los diputados españoles, reunidos en Cádiz, iniciaron sus discusiones sobre educación para sentar las bases de lo que tenía que ser la Instrucción Pública en España lo hicieron influidos, en gran parte, por los escritos de Condorcet.
En el título IX de la Constitución de Cádiz de 1812, “De la instrucción pública”, hay cinco artículos que se refieren directamente a la educación:
Art. 366.- En todos lo pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras en las que se enseñará a los niños a leer, escribir, contar y el catecismo de la religión católica, que comprenderá también una breve exposición de las obligaciones civiles.
Art. 367.- Asimismo se arreglará y creará el número competente de universidades y de otros establecimientos de instrucción que se juzguen convenientes para la enseñanza de todas las ciencias, literatura y bellas artes.
Art. 368.- El plan general de enseñanza será uniforme en todo el reino, debiendo explicarse la Constitución política de la Monarquía en todas las universidades y establecimientos literarios donde se enseñen las ciencias eclesiásticas y políticas.
Art. 369.- Habrá una dirección general de estudios, compuesta de personas de conocida instrucción a cuyo cargo estará, bajo la autoridad del gobierno, la inspección de la enseñanza pública.
Art. 370.- Las Cortes, por medio de planes y estatutos especiales, arreglarán cuánto pertenezca al importante objeto de la instrucción pública.


La comisión que estuvo encargada de educación tuvo como referencia el llamado “informe Quintana”. Este documento fue firmado en Cádiz el 9 de septiembre de 1813 por los miembros de la Junta, entre los que figuraba Manuel José Quintana, creada por la Regencia para “proponer los medios de proceder al arreglo de los diversos ramos de instrucción pública”. Las bases para la elaboración de este informe se habían tomado del Rapport et project de decret sur l’organisation générale de l’instruction publique que el Marqués de Condorcet había presentado ante la Asamblea Nacional francesa en 1792.

Para los liberales españoles la educación elemental debía ser común a todos los ciudadanos, gratuita y con absoluta libertad de enseñanza. Estos principios, que no eran distintos de los que el enciclopedista francés había defendido ante la Asamblea de París, marcaron las líneas de discusión pedagógica de todo el siglo XIX.

Condorcet había nacido en 1743 en el seno de una familia noble de provincias con escasos recursos económicos. Realizó sus primeros estudios en los jesuitas de Reims y en el Collège de Navarra de París. La publicación en 1765 de su primera obra en el terreno de las matemáticas, Essai sur le calcul intégral, hizo que el mismísimo D’Alambert se interesara por aquel taciturno e inteligente joven, le otorgara su protección y le introdujera en el círculo de los más brillantes intelectuales de París.

A los 26 años fue elegido miembro de la Academia de Ciencias en la que llegó a ocupar el cargo de secretario. En 1775 el economista Turgot le hizo Inspector General de Finanzas. Colaboró en la redacción de La Enciclopedia, fue amigo de casi todos los hombres importantes de su tiempo, se casó con una de las mujeres más bellas de la época, Sophie De Grouchy (1764-1822), y su salón de la Casa de la Moneda fue uno de los más frecuentados de París.

En 1785 publicó un importante trabajo sobre teoría de la probabilidad. Cualquier especialista en esta rama de las matemáticas conoce la “Paradoja de Condorcet”: “Supongamos que una mayoría prefiere cierta opción A que otra B y que también la mayoría prefiera B antes que C. Lo más lógico sería pensar que en estos casos la mayoría prefiere A antes que C y sin embargo existen situaciones en los que esta transitividad no se cumple y la mayoría prefiere la opción C que la A”

Pero sus variados intereses y aficiones le fueron apartando poco a poco de las matemáticas. Sus obras más conocidas son dos piezas literarias, Vie de M. Turgot (1786) y Vie de Voltaire(1789). Condorcet había conocido a Voltaire en su retiro de Ferney el año 1770 y el pensamiento y la figura del filósofo francés habían dejado en él una profunda huella.

Llegó a ser elegido también miembro de la Academia Francesa (1782) pero los agitados años de la revolución exigieron de él un mayor compromiso político. Entró en el Ayuntamiento de París en 1789 y, más tarde, fue nombrado representante en la Asamblea Legislativa por el grupo de los girondinos. Como su excesiva timidez hacía de él un mal orador, decidió entregar su esfuerzo y desvelos a la lucha por una educación universal, pública y gratuita dentro del Comité de Instrucción Pública.

De constitucionalista pasó a ser un republicano convencido. Sus posturas dentro del grupo de los girondinos fueron bastante moderadas, se opuso a la ejecución de Luis XVI y llegó incluso a manifestar abiertamente su desaprobación hacia los propios correligionarios, “esos hombres que adulan al pueblo, que repiten que es grande e infalible cuando esperan arrastrarle a la barbarie y la violencia”. No era de extrañar que un hombre tan vehemente y con opiniones tan individualistas se volviera peligroso a los ojos de Robespierre. En 1793, acusado de conspirar contra el Estado, tuvo que esconderse en París. Durante los ocho meses que permaneció oculto escribió Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humaine (1795) en el que, como si de un testamento se tratara, quiso dejar constancia de su fe en el triunfo final de la razón, de la humanidad y de la tolerancia. Tras ser descubierto, fue arrestado el 27 de marzo de 1794. Dos días más tarde apareció, misteriosamente, muerto en la prisión.

Quizás la figura de Condorcet no haya despertado el interés que merecía el que, considerado el último enciclopedista, fue uno de los hombres que más importancia tuvo en el pensamiento pedagógico liberal del siglo XIX. El gran triunfo que las ideas de Rousseau han tenido sobre la filosofía educativa del ya cerrado siglo XX podría ser la causa del olvido del romántico volteriano.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899