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30 de Septiembre de 2000

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DE ESTE Y OTROS MUNDOS

El quinto sentido

Por 126

Nuestros cinco sentidos, los que dan significado a la percepción de lo que nos llega de fuera, han representado diferente papel para cada ser humano. Resulta frecuente que, según el individuo, prevalezca algún sentido frente al resto. Es decir, que se desarrolle más o se note una mayor sensibilidad, por ejemplo al escuchar música. También se logra cierta habilidad especial para quien tiene facilidad de expresión o percepción a través de las artes plásticas visuales (pintura, escultura, arquitectura, fotografía, etc). La información que nos llega a través del sabor o el gusto también está representado por los amantes de la cocina. El tacto suele ser propiedad privada de los seres humanos. Se trata casi del sentido menos “animal” e instintivo; al menos, la finura con la que se recibe. Por último, el quinto de los sentidos (suele quedar ordenado así) viene representado por el olfato. Quizá sea por lo contrario que en el caso anterior, que se trate de una parcela menos afinada debido a la evolución como “seres inteligentes” frente al resto del mundo animal. Si bien es cierto que, en torno al aroma y el olor, se ha creado una rentable y creciente industria dedicada al perfume y a las colonias.
Se ha realizado un reciente estudio sobre las abejas y la forma en que perciben las fragancias de las flores. Lo que nos permite conocer algo más sobre la relevancia que cobra este sentido en estos insectos. Más adelante veremos la relación que existe con el uso de este sentido por parte del ser humano. Los aromas de las flores están constituidos de miles de elementos que varían según su concentración y otros factores. De manera que, en realidad, si se analiza con precisión, cada flor (incluso de la misma variedad) desprende un “perfume” diferente a cualquier otra. Sin embargo, para el ser humano la rosa huele a rosa y, salvo para expertos, no hay grandes diferencias entre cada tipo de flor.

Sin embargo, las abejas han desarrollado un “instinto” o una habilidad que les conduce a escoger o rechazar cada flor según sus intereses. Es decir, su objeto de deseo es elegido en función del néctar que llevará a sus panales. Se trata de un proceso de selección que bloquea la percepción de las flores que rechaza y potencia las que les serán útiles. Así, estos insectos ponen su atención tan solo en los componentes que determinan cuál es la fragancia adecuada. De esta manera, logran un sistema que optimice su trabajo.

Digamos que detectan uno de estos elementos diferenciadores y lo consideran suficiente como para acercarse a libar del jugo de una flor. Pero si hay otra flor (incluso de la misma planta) que no presenta un nivel mínimo de ese componente esencial no se molestan en acercarse. Así que las abejas cuentan con un especial sentido del olfato gracias al cual disfrutamos las mieles de los maravillosos productos apícolas.

Lo curioso reside en que los seres humanos parece que usamos un sistema selectivo sobre las fragancias semejante al de las abejas y, probablemente, al de otros muchos animales. Por ejemplo, una persona conduce su coche y percibe cierto olor a gasolina mientras que ignora el resto de aromas a su alrededor. Así puede evitar una desgracia mediante un uso discriminado de esta percepción. Si bien las personas no suelen utilizar este quinto sentido para algo vital como la búsqueda de alimentos o algo similar. Pero tampoco ocurre con el resto de los sentidos que los usamos sin una necesidad para sobrevivir. Sí que es cierto que, a través del oído y la vista, el individuo se ha comunicado de una manera especial frente al resto de los seres vivos. Al menos desde el punto de vista artístico o expresivo. El gusto y el tacto también son determinantes para ciertas personas. Aunque, finalmente, al olfato queda relegado a un último lugar, al contrario que para las abejas, por ejemplo, que supone algo esencial en su vida cotidiana. Quizá la diferencia entre los seres humanos reside en la capacidad de convertir la percepción en expresión, como ocurre en los actos de creación artística. Así la inteligencia humana no cobraría tanto significado como, en ocasiones, se le atribuye para diferenciarnos del resto del mundo animal.
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