Estas acciones tienen mucho más que ver con la percepción del público que con la seguridad de los consumidores. El verdadero problema no está en el maíz de los tacos, sino en la política reguladora de las modificaciones genéticas de las plantas y los alimentos. Estos productos tienen mucho
menos probabilidad de causar alergias u otros problemas de salud que miles de otros alimentos en el mercado. Por ejemplo, las habas que a menudo ofrecen los restaurantes elegantes de Estados Unidos y Europa pueden poner en peligro la vida de personas con deficiencia hereditaria de enzimas y, ocasionalmente, hay contaminación de maní -un conocido y potente alérgico- en dulces que supuestamente no contienen maní. En Japón,
el pescado fugu contiene una neurotoxina alérgica que a veces causa la muerte inmediata. Al contrario que esos alimentos, ninguna toxicidad ni problema alérgico han sido demostrados con el Cry9C ni ninguna sustancia similar.
La EPA y otras agencias gubernamentales americanas y europeas exigen normas más altas en los alimentos que han sido genéticamente modificados para hacerlos más resistente a los insectos y a las enfermedades, tales como el maíz, algodón, trigo y la caléndula, exigiendo exámenes de pesticidas. Tales políticas no reconocen que hay diferencias importantes entre fumigar químicos sintéticos y tóxicos con los procedimientos genéticos de aumentar la resistencia de las plantas a las enfermedades.
La política de la EPA es potencialmente tan dañina y reñida con las normas científicas que once importantes organizaciones científicas que representan a más de 80 mil científicos y especialistas en alimentación publicaron un informe. En él advierten que
tales políticas desanimarán los esfuerzos por desarrollar nuevos cultivos resistentes a enfermedades y ocasionará que se sigan utilizando pesticidas químicos, mientras que el uso de la biotecnología quedará limitado a las empresas muy grandes que pueden asumir los inmensos costos de las regulaciones.
Los científicos de todo el mundo saben que añadir genes a las plantas no las hace menos seguras para el medio ambiente o para que la gente las ingiera. Docenas de nuevas variedades de plantas genéticamente modificadas entran en el mercado cada año sin ser examinadas por científicos ni llevan etiquetas especiales. Muchas de esas plantas provienen del cruce amplio, la hibridización en la que los genes de una especie se transfieren a otra para crear una planta que antes no existía en la naturaleza. Aunque los cambios pueden sonar dramáticos, los resultados son comunes, haciendo el maíz más resistente a las enfermedades y el trigo más resistente al frío, lo cual aumenta la productividad agrícola, reduce los costos y se logra así alimentar a más gente.
Los políticos y burócratas han
ignorado una regla fundamental de las regulaciones y es que el grado de escrutinio de un producto o una actividad debe tener relación directa con el riesgo que se corre. Si algo no necesitamos son que las oficinas gubernamentales castiguen a los innovadores por comercializar productos de maíz resistente a los insectos y que hace innecesarias las fumigaciones con pesticidas químicos.
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AIPEHenry J. Miller es médico, investigador de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.