Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
9 de Marzo de 2001

En portada

Ambiciones razonablesPor José Hermida
Malditas vanguardiasPor Carlos de Matesanz
Las fotos de EvaPor José Apezarena
Moda & FashionPor Fabián C. Barrio
Predicador: humor sangrantePor David Jiménez Torres
Sí sabemos competirPor Eduardo Mayora Alvarado
Sabor y sinsaboresPor Carlos Semprún Maura
Ricardo Güiraldes según BorgesPor Rubén Loza Aguerrebere
La F1 continúa en MalasiaPor Enrique González
Pensando en los OscarPor Andrés Arconada
¡Qué vida más amarga!Por Enrique Coperías
No tenga miedoPor Carlos Ball
Mucha música y literaturaPor Carlos Pérez Gimeno
Pobreza: de los signos a las causasPor Ricardo Medina Macías
Peor que los autoresPor Julia Escobar
Los libros del díaPor Varios autores
Semana del 3 al 9 de marzoPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

AL MICROSCOPIO

El mito de “salvad a las ballenas”

Por Jorge Alcalde

Esta semana, hemos vuelto a asistir con satisfacción a una escena a la que empezamos a acostumbrarnos. Un grupo de perros impecablemente adiestrados ha sido capaz de rescatar al joven fontanero atrapado con vida entre los escombros del siniestrado edificio de la calle Gaztambide de Madrid. Otro éxito de la sección de perros de rescate de la Policía Municipal de Madrid, reconocida internacionalmente por su preparación. A la luz de la noticia, se han acumulado los comentarios sobre el proverbial instinto salvador de estos animales, sobre su naturaleza cercana a los sentimientos humanos, sobre sus emociones, cualidades intelectuales y derechos.
Suele suceder que, presionados por la necesidad periodística de fascinar con el lenguaje (presión a la que no escapamos ninguno de los que nos dedicamos a estas tareas divulgadoras), deslizamos en nuestros discursos conceptos que se compadecen mal con el imperativo científico de mesura, parsimonia y rigor. Se acude con demasiada ligereza a términos como “inteligencia”, “amor”, “solidaridad”, “pena”, “arrojo”, “sacrificio” referidos a acciones animales, sobre todo, de aquellos animales más cercanos a nosotros. Lo cierto es que Ale y Urdi, los canes madrileños, salvaron de la muerte casi segura al joven apresado por los escombros. Pero no es menos cierto que lo hicieron empujados por un estímulo sencillo que sus criadores han sabido hábilmente instalar en su comportamiento a través del premio y del castigo. Al animal se le educa para detectar olores similares a los que desprende un ser humano vivo a cambio de una recompensa tan simple como un rato de juego con un juguete, algo de comida o la sonrisa gratificante de su amo. Los perros, es evidente, no saben que rescatan vidas. Ni siquiera serían capaces de distinguir si el ser que han localizado está vivo o muerto, porque a ellos no se les adiestra para localizar cadáveres.

¿Les parece una visión demasiado desposeída de romanticismo y pasión? Es posible, pero, en el fondo, se hace necesaria cuando aumentan los discursos sobre la necesidad de dotar de derechos cuasi humanos a ciertas especies animales. Suele relacionarse esta petición a acontecimientos como el uso de bestias en las investigaciones científicas, las fiestas populares, la caza o los datos sobre la extinción de las especies. El gran hito de esta corriente es el Proyecto Gran Simio, una reunión de estudios primatológicos que pretende demostrar que el chimpancé, el gorila, el orangután y el bonobo son demasiado cercanos (genética y conductualmente) al ser humano como para sufrir acoso, caza, cautiverio e, incluso, usufructo por nuestra parte.

Cuando algún pensador trata de poner las cosas en su sitio y adjudicar a cada especie su papel en el terreno de juego de la moral, enseguida se le suele acusar de insolidario, insensible o estúpido. Uno de estos pensadores acosados es Peter Carruthers, profesor de Filosofía de la Universidad de Sheffield, y gran estudioso de la moral aplicada. Carruthers ha sostenido que “el auge reciente del interés por los derechos de los animales tiene entre sus causas la parálisis moral provocada por la enormidad de los problemas del mundo” Otros autores apuntan a un fenómeno más local. La imparable urbanización de la cultura occidental ha reducido el contacto natural entre seres humanos y animales y ha pervertido su sentido utilitarista tradicional. Los perros, gatos, aves y otras especies que viven en la gran ciudad no sirven para labores agrícolas, de protección o de producción alimentaria, sirven más que nada como sustitutivos de la compañía humana, de ahí que se les dote de entidad moral similar a la de un compañero de especie.

Esta realidad, convive con una peculiaridad del pensamiento occidental. Como ha señalado varias veces el filósofo español Jesús Mosterín, la idea occidental de los animales ha sido tradicionalmente mucho más superficial e inconsistente que la oriental. Desde Agustín de Hipona y Tomás de Aquino ha cuajado la creencia de que el único inconveniente de torturar a una bestia es que con ello se podría hacer daño a otros seres humanos. No así, en Oriente. En el jainismo y el budismo, la idea de no-violencia (ahimsa) surge, entre otras cosas, como reacción al sacrificio ritual de animales. El mal se concibe como dolor infligido a cualquier criatura viviente.

El problema reside, según Carruthers, en que aceptar esto supone dotar a los animales de una consideración moral propia y, por tanto, a los seres humanos de obligaciones para con las bestias. Ésta es la idea que subyace en planteamientos como el del célebre defensor de los animales Peter Singer, quien ha sostenido que la discriminación entre especies es tan aberrante como la que se realiza en virtud del sexo, la religión o la raza.
Siguiendo esta ocurrencia, la Liga Internacional de los Derechos del Animal elaboró en 1978 una Declaración Universal de los Derechos Animales en la que se encuentran lindezas como éstas:

Artículo 1. Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen el mismo derecho a la existencia
Artículo 7. Todo animal de trabajo tiene derecho a una limitación razonable de su jornada a un descanso reparador y a una alimentación suficiente.
Artículo 12. Todo acto que implique la muerte de un gran número de animales de una especie es un genocidio.

A este tipo de ligas de defensa natural pertenecen individuos como la joven estadounidense que se pasó dos años encaramada a un árbol para impedir que se talara y, seguramente, no moverá un dedo en su vida para luchar contra la pena de muerte en su propio país (pena de muerte aplicada a humanos, por supuesto). Lo más grave del asunto no es el dislate individual de ciertos defensores de las bestias, sino el eco que terminan teniendo en los medios de comunicación. Por supuesto, es más que deseable una relación natural y sana con los animales. Pero de ahí a pedir juicios justos para decidir si se “encarcela” a un chimpancé en un zoo (como proponen algunas mentes pensantes del Proyecto Gran Simio) media un gran trecho.

Parece más lógico pensar que los deberes para con los animales son de naturaleza indirecta, derivados del respeto debido a quienes se interesan por ellos. También es evidente que la crueldad, el desprecio y el abandono de las bestias revela los aspectos más negativos de la conducta humana. El maltratador de animales es un ser humano con una escala de valores manifiestamente mejorable, pero no está atentando contra ningún estamento moral de la fauna (sencillamente porque la fauna carece de dicha condición).

Nadie en su sano juicio defenderá la tortura gratuita de bestias, el abandono de perros, la extinción masiva de especies, la caza indiscriminada, la crueldad. Como nadie que esté en sus cabales se negará a que la ciencia avance en la búsqueda de alternativas de investigación menos dolosas para los animales de laboratorio, o a la protección de fauna amenazada. Pero mientras la curación de un cáncer humano dependa del sacrificio de docenas de cobayas, lo verdaderamente inmoral sería luchar por la salvación de
los cobayas. Los seres humanos que adiestraron a Ale y Urdi para salvar la vida del fontanero madrileño son los verdaderos héroes. Ale y Urdi no son más que sus instrumentos. Maravillosos, bellos, eficaces, merecedores de todo nuestro respeto, encantadores, vivos pero instrumentos.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899