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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El mal

El bien sólo existe como consecuencia de la lucha contra y el triunfo sobre el mal. No me refiero aquí a la bondad, condición de individuos que libran su guerra particular contra el mal. No me refiero, pues, a la labor de Francisco Ferrer ni a la de las personas que hacen Cáritas, en una desigual contienda con las consecuencias del mal, con sus síntomas, no con sus causas, que pertenecen al terreno de los que mandan, incluso desde el más allá, como Mahoma.


	El bien sólo existe como consecuencia de la lucha contra y el triunfo sobre el mal. No me refiero aquí a la bondad, condición de individuos que libran su guerra particular contra el mal. No me refiero, pues, a la labor de Francisco Ferrer ni a la de las personas que hacen Cáritas, en una desigual contienda con las consecuencias del mal, con sus síntomas, no con sus causas, que pertenecen al terreno de los que mandan, incluso desde el más allá, como Mahoma.

He empezado a reflexionar sobre esto porque tengo la impresión de que en la política actual, tanto la española como la internacional, reina el mal. La célebre frase de Edmund Burke: "Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada", que impulsó a Churchill a lanzarse a una guerra que, en principio, no tenía posibilidades ciertas de ganar, debería estar presente en la cabeza de todos, siempre.

Se habla estos días de Gadafi, como hace poco de Mubarak. No hay un solo país árabe que no tenga un malvado en el poder. Hay pocos hispanoamericanos a los que no les ocurra lo mismo. Y no olvidemos África, donde Nelson Mandela es una excepción y está siendo poco a poco sustituido por malvados. A los de Gadafi y Mubarak –y a quienes les sucedan, que no serán mejores– hay que añadir los nombres de Robert Mugabe (Zimbabue), Omar al Bashir (Sudán), Sharif Sheid Ahmed (Somalia; ¡cómo sería la cosa que los somalíes se exiliaban en Libia!); Daniel Ortega, el presidente paidófilo e incestuoso de Nicaragua; Hugo Chávez, Fidel y Raúl Castro; ese rey Abdalá, al que el Borbón va a visitar a su yate cuando viene a Marbella y un largo etcétera. Esos tipos tienen voto en la ONU y a veces hasta presiden su comisión de Derechos Humanos, como ha sido el caso del libio. Y los hombres buenos no hacen nada, al parecer.

Pero además de lo que no hacen los hombres buenos está el problema de los hombres malos. Porque hay hombres malos que mandan y hombres malos que obedecen. Los asesinos de niños de Darfur, los camellos que venden la droga de las FARC o de los capos afganos, los cubanos que sirven a la Seguridad del Estado: ejércitos, literalmente, de malvados.

Unos cuantos pensadores y no pocos literatos convencieron a la humanidad de que todos nos movemos por objetivos materiales. No importa si uno fabrica coches o cocaína: realiza una ambición. Esa convicción ha dañado gravemente el sentido moral de esta época, en que las grandes barreras trabajosamente construidas por la tradición judeocristiana parecen estar cediendo día a día.

Yo escribo sobre ideas. Las mías. A veces, me pagan por ello. A veces, no. Pero cuando un lector se enfada conmigo porque tiene ideas distintas me acusa de decir lo que digo por dinero. Está extendida la suposición de que escritores y periodistas se venden y están dispuestos a sostener lo que les manden. Y es verdad que existen ejemplos de ello; pero un personaje así deja de ser un periodista o un escritor y pasa a ser un político al uso. Con todo, esto no significa nada en sí mismo: es la pura aceptación del mal en los otros. Les parece lógico, habitual, hasta aceptable, si bien se mira, porque facilita mucho la interpretación del mundo.

"¡Faltan valores!", clama la mayoría, que nada hace por construirlos o reconstruirlos o restaurarlos o recrearlos, o crearlos, a secas, porque la realidad es cambiante y hay que ponerle límites nuevos de tanto en tanto. No basta con armar el belén por Navidad ni con encender las velas de Januká. Los hombres buenos que no hacen nada también cuidan la tradición. Hasta que llega el mal y les pasa por encima: siempre los coge por sorpresa, como a Chamberlain, modelo de hombre bueno y peligrosamente ineficaz.

Al avance del mal contribuye generosamente uno de los más horribles sentimientos humanos: el miedo. Los políticos suelen denominarlo "prudencia", pero sólo lo hacen porque temen por sobre todo el llamar a las cosas por su nombre. Los políticos son prudentes por naturaleza: sus carreras se construyen más con lo que no hacen –o con lo que no se sabe que hacen– que con lo que realmente realizan, entre otras cosas porque hacer, lo que se dice hacer, sólo es posible cuando se ha alcanzado el poder. Es cierto que hasta el último concejal de un pueblo pequeño maneja algo de poder, al igual que lo maneja, en mayor medida, la oposición. Pero sólo el verdadero poder da ocasión de hacer. No mucho, porque no es prudente hacer demasiado, pues puede poner en riesgo el poder adquirido.

El miedo paraliza, es enemigo de la acción, dispone al hombre a la pasividad, lo hace incapaz de enfrentar el mal.

Habrá quien, atribuyéndome una capacidad para la alusión oblicua que no poseo, piense a estas alturas que estoy hablando de la oposición española en concreto, de su cada vez más lento movimiento inercial y de lo mucho que uno sufre ante el espectáculo de su pasividad frente al mal. En realidad, me doy cuenta ahora mismo de que es posible establecer esa relación. Porque es cierto que no tenemos un gobierno socialista, con el que se podría debatir y hasta pactar, sino que tenemos un gobierno de malvados.

Malvados que se sienten cómodos con otros malvados y van a Qatar, a los Emiratos o donde cuadre, entre colegas, para pedir a los malvados de allí que se queden con un trozo de la banca española, por ejemplo, o que le salven el culo económico al Barça pagando su propia publicidad en las camisetas de los jugadores, pobres diablos ricos a los que no se les va a ocurrir cuestionar nada. Y es que hay dinero y dinero. El extendido prejuicio acerca de la maldad intrínseca del dinero es eso, un prejuicio. Sólo es verdad que resulta más sencillo extender el mal con dinero.

Hoy vi en el informativo del mediodía una habitación llena de dinero. Estaba en una de las casas de un narco mexicano. Trescientos millones de dólares, que abultan mucho. Era como la piscina del tío rico del Pato Donald, aunque no con monedas de oro, sino con trozos de papel. Millones de vidas espachurradas para reunirlo. No se había acumulado con la venta de tractores o neveras o cualquier otra de esas cosas que llenan nuestras casas. Era dinero de sangre, de miseria, de oprobio. Algunos de esos dólares llegaron desde Madrid, otros desde Darfur. Ese dinero era una representación del mal. Estoy convencido de que hay hombres buenos no sólo en México, también en el ejército mexicano. Pero es políticamente difícil, costoso, peligroso, arrasar a los narcos. Piénsese únicamente en lo que le ha costado a Uribe y le cuesta a Santos mantener en ciertos límites a las FARC: es imposible arrasar la selva, hay que traer marines con cuentagotas porque está mal vista la ayuda americana. Así que no se hace.

Como no se interviene en Libia. Los funcionarios de la política suelen ser más prudentes aún, si cabe, que los políticos mismos. El mal engorda constantemente y nadie hace nada. No sea, pensará algún tipo de esos –que se considerará a sí mismo un hombre bueno–, que me confundan con un hombre malo si me pongo impaciente. Mejor esperar, reunirnos nuevamente, sin prisas. No hacer nada brutal, nada comparable a la invasión de Irak, mi imagen jamás deberá ser asociada a la de Bush. Y además es un problema de los libios.

¡Qué fiesta de malvados! El mal triunfa porque los hombres buenos no hacen nada.

 

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