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11 de Mayo de 2001

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DESPUéS DE QUEBEC

El libre comercio

Por Manuel F. Ayau Cordón

Es peculiar de nuestros tiempos que cuando los políticos, criollos o internacionales, hablan de propiedad privada no entienden todo lo que esas palabras significan. Están pensando en fincas o edificios, pero propiedad privada comprende todo lo que es suyo, todas sus posesiones, casa, nevera, televisor y demás enseres del hogar, automóvil, cuentas por cobrar, participación en negocios, bienes inmuebles, libreta de ahorro, licencia de manejar, su perro, sus obligaciones contractuales, la mesa que fabricó, el quintal de café que produjo, y en fin, todas sus posesiones, todo lo que nadie, excepto Ud., tiene derecho a disponer de ello, inclusive a intercambiarlo por la propiedad de otros, sin que importe dónde viven. Por eso, las restricciones al comercio son una violación al derecho de propiedad privada de las personas que se justifica aduciendo que los propietarios viven en distinto país, como si el lugar de residencia anulara su derecho.
Estoy seguro de que a la gente le sorprendería si los jefes de Estado, que hace poco se reunieron en Quebec, hubiesen declarado: “a partir del año 2005, los gobiernos dejarán de impedir que los habitantes del continente ejerzan plenamente su derecho al fruto de su trabajo y de disponer de sus pertenencias legítimamente adquiridas”.

La sorpresa es que en efecto y desprovisto de eufemismos, eso es lo que realmente acordaron, pero como el comercio internacional es tan incomprendido, aún al más alto nivel de funcionarios internacionales y la OMC, no reparan en que el comercio es la manifestación fundamental del derecho de propiedad, porque es la disposición pacífica de bienes que legítimamente pertenecen a los participantes. Lo que se comercia no son bienes “nacionales” sino de personas individuales con nombre y apellido. Según el diccionario, propiedad es el derecho o facultad de disponer de una cosa, con exclusión del ajeno arbitrio.

Podemos suponer que los signatarios del tratado sí creen en el derecho de propiedad. Y quienes no creen en el derecho de propiedad, el acuerdo de Quebec les parece más bien una medieval concesión de la propiedad de los reyes a sus súbditos. Pero si quienes creen en la propiedad se dieran cuenta de lo que en el fondo acordaron, semejante declaración les parecerá una monstruosidad.

Debido a las frecuentes expresiones de decepción ante el continuado fracaso de la democracia en la forma como se practica, quizá los presidentes se sienten inseguros y aprovechando la Cumbre se vacunaron contra posibles golpes incorporando la “cláusula democrática”, que anuncia que castigarán “al país” (léase los habitantes, como si ellos fuesen los golpistas) que rompa el régimen democrático. La pregunta interesante que se deberían haber hecho, una especie de examen de conciencia, es ¿por qué la democracia no ha producido los resultados esperados?

Por cierto, que a menudo siento indignación y tristeza al leer la prensa y ver que estamos gobernados por gente tan incapaz o tan limosnera que para tomar todas las decisiones importantes tienen que traer a extranjeros para que nos digan cómo vivir, contratar trabajadores (OIT), poner impuestos (FMI), hacer la paz (MINiGUA), comerciar (OMC) etc. En Francia ya hubiese caído el gobierno. En ningún país que se precie tolerarían semejante intromisión. Si los funcionarios no se consideran capaces de gobernar sin extraños, que muy en privado se lo confiesen al presidente y que éste los sustituya. O, si tácitamente reconocen su incompetencia, ¿por qué no renuncian?

© AIPE

Ingeniero y empresario guatemalteco, Manuel F. Ayau Cordón es fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin
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