AL MICROSCOPIO
El juicio del día después
Por Jorge Alcalde
¡No puede ser! Ha pasado otra vez. Una nueva polémica anida en los medios de comunicación con ínfulas de científica. Pero de polémica científica, nada de nada. Lo que de verdad se cuece en el caso de la píldora del día después es un asunto de pura moral. La ciencia, como ocurre en demasiadas ocasiones, se limita a dejarse utilizar, a que unos y otros practiquen el usufructo de sus postulados, a que se sirvan de ella como paraguas argumental con mayor o menor tino.
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¿HAY ALGÚN CIENTÍFICO EN LA SALA?
Cada vez que un avance científico o tecnológico se adentra en los libérrimos terrenos de la decisión moral ocurre lo mismo. Unos y otros levantan la cabeza ávidos de apoyo y preguntan ¿hay algún científico que me dé argumentos? Y claro, siempre hay un científico que pica y se los da. ¿Cuántas veces tendremos que recordar que la ciencia no quita ni da razones, que no ofrece andamio a moral ninguna, que no tiene que decir nada contra la fe? La ciencia se limita a definir el mundo natural con torpeza, tímida y erráticamente. Ni siquiera osa pensar que es cierto lo que modela, simplemente admite que sus leyes son las más plausibles, las que mejor se compadecen con el modo en el que vemos las cosas. Regala explicaciones, no postulados morales.
UNA “Y” DE MÁS Y UNA “O” DE MENOS
Pero en el caso de la píldora RU-486 o NorLevo o como quiera que se comercialice la mifepristona, hemos asistido de nuevo al latrocinio. Un periódico que está de cumpleaños y es muy “propíldora” editorializaba bajo una premisa supuestamente requisada a la ciencia, pero torticeramente manipulada. “La píldora del día después “ decía “evita que el óvulo sea fecundado y anide en el útero”. Pues no, no es así. Si se hubiera querido ser fiel a lo que la ciencia sabe sobre este combinado hormonal debería haberse dicho “evita que el óvulo sea fecundado o que anide en el útero una vez fertilizado”. Las dos cosas a la vez, tal como se pretende en el citado editorial, son imposibles: si el óvulo no es fecundado, sencillamente no culmina su viaje hacia el nido uterino. Pero, una vez fecundado y convertido ya en blastocisto, comienza el viaje hacia el endometrio uterino que puede verse interrumpido por la píldora del día después.
TODO HA EMPEZADO YA
Es decir que, digan lo que digan, si hemos de hacer caso a la ciencia biológica, nos encontramos ante una doble función: impedir o detener. Si la píldora del día después actúa antes de la fecundación lo que hace es impedir un proceso aún no iniciado. Pero si se consume con la fecundación ya lograda lo que hace es detener un proceso ya iniciado cuya siguiente fase será la implantación endométrica y luego el desarrollo embrionario hasta el parto. Detener ese proceso ¿es una práctica abortiva? Una vez más, ése no es asunto de la biología, sino de la moral y sería la libre decisión moral de cada cual la que debería contestar a esta pregunta.
Pero es útil estar informado (bien informado, claro) para tomar dicha decisión. Por ejemplo, no está de más que se diga que apenas unas horas después de que el espermatozoide ha fecundado a su óvulo los 23 cromosomas sin pareja de la célula masculina se alinean con los 23 cromosomas del pronúcleo femenino, creando un nuevo repertorio de 46 cromosomas (23 pares), es decir, dando lugar a la dotación genética completa de un nuevo ser. Y esto ocurre antes de la implantación uterina. Igualmente, antes de anidar en el útero, la célula ya fecundada producirá varios ciclos de división. Es decir, la maquinaria creadora de un nuevo individuo ya ha comenzado.
MOVIENDO FRONTERAS
La ciencia, en su búsqueda de métodos anticonceptivos y terapéuticos, ha sido capaz de actuar en diferentes periodos del proceso gestante y trasladar constantemente las barreras de la inevitabilidad del embarazo. Se puede intervenir, por ejemplo, en el proceso previo a la fecundación mediante la construcción de obstáculos químicos o físicos que eviten el contacto entre las células sexuales femenina y masculina. Dichos obstáculos se pueden colocar en el momento mismo de la eyaculación, evitando que se produzca riego espermático en la vagina o en el momento del viaje del espermatozoide por el organismo de la mujer, evitado que encuentre su destino. Se puede ir más hacia atrás e impedir la salida de células sexuales masculinas y femeninas por vía química o quirúrgica. Y se podrá ir más hacia atrás todavía cuando la genética facilite la creación de células sexuales desposeídas de su capacidad fertilizadora o, incluso, cuando se modifique la función de espermatogénesis natural. ¿Y, hacia delante?
La píldora del día después actúa en umbral mismo del embarazo, pero no es la última oportunidad que existe para detenerlo. Evidentemente, se puede actuar sobre el proceso en cualquier momento desde la fecundación hasta un minuto antes del parto. Cualquiera de esas actuaciones es científicamente posible, lo que no las dota de ningún tipo de calidad moral, positiva ni negativa. En resumen, jugar a dilucidar dónde está la frontera, pretender, como hace la Organización Mundial de la Salud, cronometrar el acto reproductivo para discernir (en minutos y segundos) cuándo es ético y cuándo no lo es impedir su desarrollo resulta rematadamente absurdo y no aporta ninguna información útil para que el ciudadano (en este caso, principalmente ciudadana) decida libremente.
UN EJEMPLO
Los científicos expertos en biología reproductiva han consensuado una edad a partir de la cual el embrión puede ser considerado “humano”: los 14 días después de la fecundación. Dicen que es entonces cuando comienza la organogénesis, cuando empiezan a producirse las instrucciones genéticas para crear órganos. Antes de esa edad, sería por lo tanto (y para ellos lo es) absolutamente ética cualquier manipulación del huevo. Pero esta decisión no responde a una observación objetiva de la naturaleza, es más bien producto de la necesidad de dotar de un código universal al problema generado por los miles y miles de embriones fertilizados que se acumulan en los centros de investigación. Es un argumento a posteriori, un parche para poder seguir legitimando científicamente el uso de embriones para la investigación. Y es tan fácil de poner en duda que para ello basta una pregunta. ¿Si el umbral ético reside en la organogénesis, quiere eso decir que los embriones que no desarrollan correctamente todos los órganos y da como resultado un niño con un órgano de menos (una mano o una pierna) son de peor calidad? ¿Se es más humano por tener 10 dedos en lugar de 9?
DISCULPEN LA DEMAGOGIA
Pero sirva como ejemplo de lo inútil que es establecer una guerra de argumentos científicos sobre al antes y el después, sobre si una píldora de mifepristona es abortiva o anticonceptiva. La ciencia nos pinta con claridad meridiana el proceso de gestación de una nueva vida y los médicos deberían saber en qué momento actúa la famosa píldora. Si nos limitáramos a informar correctamente, eludiendo los juegos fáciles de conjunciones copulativas y disyuntivas, sin ocultar datos biológicos clave, estaría claro que la decisión final le pertenece al terreno de la moral. El debate es pues legítimo y necesario, pero a ese juicio el científico debe acudir como perito independiente y nunca como abogado de la defensa o como testigo del fiscal.