CRóNICAS COSMOPOLITAS
El individuo contra todo
Por Carlos Semprún Maura
Vimos, la semana pasada, cómo José María Castellet en su libro “La Hora del Lector” condenaba a rajatabla al escritor que se creía el “creador absoluto que hacía lo que se la antojaba, o lo que le daba la real gana”, y en un título provocador anunciaba la “muerte del autor”, en realidad del autor “burgués”. De paso, la muerte de la burguesía. Eso era en 1957. No sé que muertes desea Castellet hoy. Entre líneas, debido a la censura, anunciaba la llegada del mesías: un trabajo colectivo de creación, autor y lector, participando a una obra común en la lucha de clases a las ordenes del Partido (con mayúscula). Esto me recuerda algo ocurrido mucho más recientemente, hace un par de años, en Francia, cuando Patrice Leconte, director de cine comercial, arremetía contra los críticos que no defendían suficientemente, según él, el cine francés, llamando a una cruzada represiva contra aquellos críticos que no se sometieran al dicktat patriótico (y comercial) de defender a rajatabla el cine francés, en su conjunto. La profesión se dividió, y las cosas como son, bastantes directores se negaron a suscribir ese llamamiento inquisitorial que negaba la libertad de expresión a los críticos. En un debate organizado por el diario Liberatión, Bertrand Tavernier, el más marxista leninista de los cineastas actuales, insistiendo en la importancia política de defender a ultranza el cine francés contra el imperialismo yanqui llegó a decir a los críticos que asistían a ese debate que, mientras no se organizaran en sindicato, no tenían derecho a opinar. Pese a las diferencias de época y situaciones, en ambos casos se trata de impedir que los autores escriban como les de la gana y que los críticos opinen lo que piensan, sin censuras. Adrede no he utilizado citas del gran maestro de todos ellos, el camarada Jdanov. A la vez para protegerse de la censura franquista, mucho menos dura que la que quería imponer él, Castellet, por confusión mental, para defender sus teorías se basa en escritores y críticos formalistas y “burgueses”, como si cierta forma de escribir “objetiva”, cierto estilo, fueran representativos de la futura “literatura proletaria”, sin autor. Faulkner, como modelo para los escritores comunistas, no está nada mal como delirio.
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Tal vez los que no han escrito novelas o literatura en general, cuentos, poesía, teatro, no sepan, o en todo caso no hayan verificado por sí mismos, que el hecho de escribir, de construir una frase, un párrafo, es en sí mismo sugerente y enlaza con otros párrafos u otras situaciones, otras imágenes, a veces con sorpresas, que pueden cambiar el plan de narración previsto. Una frase de dialogo lograda, por ejemplo, puede sugerir una respuesta imprevista y cambiar el rumbo de la acción. No es exactamente lo mismo en un ensayo, en el cual, el estilo debe ser sometido a las ideas que se pretende defender de la manera más clara y convincente posible. En literatura el estilo crea ideas, sugiere imágenes y situaciones cuya “claridad” no siempre es necesaria, puede ceder el paso a la ambigüedad, al misterio, a la belleza en sí.
La escritura es por sí misma creadora pero a fin de cuentas es el autor, su imaginación, su subconsciente, sus ideas, su experiencia, su vida, sus lecturas, lo que le guía para bien o para mal, depende de esa cosa asimismo misteriosa: el talento, pero de todas formas él es el creador absoluto, repudiado por Castellet. No es que repudie el hecho práctico de escribir, lo que repudia es la libertad de escribir lo que a uno le da la gana, ve al autor como un escribano a las ordenes del partido. Nos es “La hora del lector”, sino un elogio a la servidumbre voluntaria. Recuerdo en un libro de ensayos sobre la novela, de Milán Kundera, sus agudos comentarios sobre el arte del diálogo en Hemingway a partir de uno de sus cuentos. En él, un hombre y una mujer discuten del embarazo y de la conveniencia o no de que ella aborte sin que jamás se pronuncie la palabra aborto, sin que Hemingway denuncie explícitamente el malestar egoísta del hombre. Todo está dicho sin decirlo, pero éste arte sutil del diálogo, esa forma de sugerir una situación tan grave como banal, ¿quién la ha elegido, si no el autor? Y ¿dónde, en esa forma lograda de contar, se sitúa la lucha de clases y la victoria del “nuevo orden de cosas”? A propósito de los lectores, ya que por lo visto también se trata de ellos, me parece constatar que si se mantiene algo del placer de la lectura, las teorías dogmáticas sobre literatura (marxistas, estructuralistas, formalistas, etc.) si no han desaparecido del todo, han perdido muchísimo de su virulencia, y el lector me parece abierto a todo: al pasado, con sus (a veces extensas, a veces bellas) descripciones, como a la literatura definida hace cincuenta años como “objetiva”, más rápida, más directa, digamos, como a los autores noveles, quienes se inspiran de una u otra técnica, sin prejuicios, intentando aportar su propio “yo” al inmenso edificio. Pero lo que no ha cambiado es que los lectores no leen nunca, o casi nunca, la misma novela. Precisemos, la novela es, claro, la misma pero sus lecturas son diferentes, según los lectores. Los hechos relatados: un asesinato, una boda, un divorcio, un parto, una guerra.., son prácticamente los mismos para todos, pero ¿por qué ha matado, por qué se han casado, o divorciado, por qué se suicidan, etc? Las respuestas a estas preguntas pueden diferir muchísimo. Y cuanto más “objetiva” sea la novela, más distanciada la forma de narrar, más interpretaciones diferentes son posibles y menos cabe la propaganda política, o filosófica, tan deseada por Castellet, que se pierde en sus contradicciones: ser “moderno” y defender a la vez la lucha de clases en literatura. Y en cuanto a las tesis sobre la lectura “activa”, partícipe de la creación literaria casi al mismo nivel que la escritura, eso fue una nadería que estuvo de moda hace cincuenta años y que no significa gran cosa. Todo depende del lector y cada lector es una persona diferente, un individuo.
Evidentemente el autor no está al margen de la sociedad de su época, ni prescinde siempre, voluntariamente o no, de su religión o de su ideología. Una vez descartadas las bazofias del realismo-socialista, y para limitarme a un ejemplo: los grandes novelistas católicos, al narrar el pecado y el mal, para combatirlos, se supone, no se daban cuenta de que era precisamente la narración del mal, del pecado, lo que daba sabor a sus libros. Mírese como se mire, el Mal constituye una formidable materia prima novelesca o literaria en general. Pero cuando Graham Greene convierte el pecado en pecado político, el capitalismo en mal y el comunismo soviético en bien, pierde, pese a su talento, mucho de su interés, en mi opinión de lector “activo”.
Reflejo de las ideologías totalitarias (comunismo, nazismo, fascismo y asimismo, aunque a un nivel muy diferente, estructuralismo, que fueron las que más entusiasmaron a un gran número de escritores, lo cual es aparentemente contradictorio, ya que totalitarismo y creación artística son antónimos, pero así desgraciadamente fue) las teorías dogmáticas, definitivas, sobre arte y literatura también parecen de capa caída. Una idea sencilla, si no domina totalmente, se extiende: que cada cual escriba, pinte, componga... lo que le de la realísima gana. Y leeremos lo mismo, por placer y no por deber, ya se trate de “estar al tanto”, de seguir una moda o lo que imponen los directores de conciencia. Esto, que es muy positivo, se ve contradicho a diario por los medios de información, que siempre retrasan, salvo cuando se trata de accidentes de tráfico. O por los profesores de buena conducta. En este sentido estamos inundados hasta la nausea de buenos sentimientos absolutamente repelentes: toda escritora con talento es obligatoriamente feminista, toda novela lograda es obligatoriamente progresista y denuncia, o se supone, el racismo y el nazismo, aunque no venga a cuento. Y este conformismo repulsivo, copiado del totalitarismo y tan hipócrita, se extiende por la prensa, por todas las cadenas de televisión y hasta en los más prestigiosos premios literarios que se conceden no por sus grandes valores literarios, sino por sus valores “humanistas” y “progresistas”, incluso cuando no existen. Pues señores, ¡viva el arte por el arte! Y el individuo contra todo.