Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
6 de Abril de 2001

En portada

Qué grande es GaldósPor Julia Escobar
La Marquesa salió a las cinco...Por Carlos Semprún Maura
Tensión entre EEUU y ChinaPor Fabián C. Barrio
Del átomo a la pesetaPor Jorge Alcalde
Crédito Papel, de Henry ThorntonPor José Ignacio del Castillo
SaludPor Rafael Escalada
Los holandesesPor José Apezarena
Cuidando las aparienciasPor José Hermida
Competiciones matemáticasPor Alicia Delibes
Espacio Europeo de InvestigaciónPor Antonio López Campillo
Estrenos de Semana SantaPor Andrés Arconada
Éxito de Don CarloPor Carlos Pérez Gimeno
Elogio de BushPor Gorka Etxebarría
Cavallo: ¿Bimetalismo de papel?Por Jesús Gómez Ruiz
El espejo de StendhalPor Julia Escobar
De piratas y pelisPor Fabián C. Barrio
Cazadores de proteínasPor Enrique Coperías
Libertad y prosperidadPor James A. Dorn
La española cuando canta...Por Carlos de Matesanz
Rafael CanogarPor Pablo Jimenez
Semana del 31 de marzo al 6 de abril de 2001Por I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

AUTORES Y GéNEROS

El extraño regreso de John Grisham

Por Agustín Jiménez

En Chicago hay un cuadro que condensó por primera vez una manera de sentir americana. "American Gothic", de Grant Wood, es una pintura extraña. La pareja de campesinos que, ante una construcción de madera, miran fijos al espectador, son evidentemente cristianos sobrios, temerosos de Dios y descendientes de europeos. De hecho, el cuadro no se entiende sin una referencia a la pintura flamenca. Los campesinos son tremendamente concretos. Según se mire, su presencia frontal puede provocar emoción o miedo: una serie de televisión moderna utiliza el título "American Gothic" en el escenario terrorífico de una pequeña ciudad. Pero cuesta poco imaginar a esos campesinos bendiciendo a Dios, trabajando de sol a sol, ayudando a sus vecinos, amasando el pan y sentándose en el porche al atardecer.
La casa campesina es una obsesión en la mitología americana. "Green green grass of home", cantaba Elvis Presley. Y la pureza perdida de la civilización de los pioneros ha dado incontables novelas y películas. En los últimos veinte años, en América, como en Europa, se ha acrecentado el retorno a las raíces. Robert Redford se ha hecho especialista en películas abarcadoras, casi panteístas, que representan el corazón posible de América. A principios de los noventa, la MTV hizo famoso un clip de una canción de Chris Rea: "El camino hacia el infierno" era una colección de planos de un atasco insoportable. El mismo año, si no fue en el mismo disco, el mismo cantante grabó una canción en que prometía irse al campo, a uno de esos estados abiertos.

De entre todos los autores comerciales, probablemente el más sensible a la evolución de las ideas sea John Grisham. Empezó como autor de género —las novelas de abogados, la lucha del consumidor contra los consorcios— y ha ido ralentizando su escritura a medida que sus personajes fundaban oenegés ("The Street Lawyer") o se hacían misioneros en Amazonia ("The Testament"). Cuando el joven abogado de sus primeros libros concluía su lucha, saldada con una victoria y una gran desilusión, hacía planes para dejar la ciudad. Grisham vive entre Virginia y Mississipi, estados del sur que incitan a escribir contra el racismo, y eso hizo Grisham al principio ("Tiempo para matar"). Pero en su último relato, "Una casa pintada", que sucede en la prehistoria de nuestra modernidad, es decir, en los años cincuenta, Grisham aborda, de una parte, la intolerancia racial —entre mexicanos y montañeses— y, por otra, y sobre todo, recrea, con calor y un poco de amargura, la casa primitiva de América, donde no había dinero, sobraba comida y los chicos soñaban ya con jugar al baseball.

Quien pone los ojos para mirar cómo se descompone la realidad inmutable es un niño. Igual pasaba en una famosa película de Peter Weir ("Único testigo"). Pero el modelo es evidentemente el de "Tom Sawyer", la primera novela de Mark Twain, y "Huckleberry Finn". Hemingway decía que toda la literatura americana venía de "Huckleberry Finn". Una página del libro de Grisham alude discretamente a Tom Sawyer. Los niños de Mark Twain son buenos, mienten culpabilizados, aprenden la vida de aventuras en medio de la naturaleza, tienen compinches de otra raza y establecen los relatos del Mississipi, el río fantástico de América que, según tantas películas, surcaron los niños, los tahures, las prostitutas y los predicadores. Grisham ironiza con sutileza sobre las diferencias religiosas del pueblo que describe —lo que es un guiño simpático cuando hemos leído a Mark Twain tantos comentarios de comecuras—, pero hace más hincapié que Mark Twain en las relaciones familiares y en la presencia de las mujeres. Y puede que esté más solo.

El resultado es una novela cálida que, escrita por otro autor, describiríamos como novela de iniciación. Iniciación a los misterios de la vida, al orden de la naturaleza, a la fidelidad a la tierra, a asuntos terroríficos y emocionantes como la honradez, la caridad y el temor de Dios y también a la ambición y al mal. Con otra constante del relato americano: la nostalgia del hermano mayor. La resumían el novelista Norman McLean y Robert en "El río de la vida". Era el tema central de "Raíces profundas", el western maravilloso. Se cumple aquí con asimetría, pues Rick, el hermano mayor (el tío joven) lucha en Corea y no vuelve aunque ha dejado embarazada a una jovencita.

Es difícil afirmar si Grisham ha escrito una gran novela, pero otra vez nos ha roto los esquemas. Los que empiezan como autores de género suelen persistir como autores de género y, si acaso, empeorar. John Le Carré sólo ha escrito buenos libros cuando no tenía pretensiones literarias. Y, sin embargo, la evolución lenta de Grisham ha abocado en un estilo claro, preciso, limpio, desnudo que hace que, cuando cerramos el libro —que, habituados a los ritmos trepidantes del bestseller, tal vez hemos leído sin convicción—, el libro sigue creciendo: ¿Por qué hace pensar en "El guardián en el centeno", el relato espiritual de Salinger?

La madre de la novela aspira a vivir en una casa pintada. El niño inválido de unos jornaleros, su propio hijo y la primera chica que éste vio desnuda cooperan para pintarla. La chica que el hijo vio desnuda emigra a Canadá. Sin los abuelos, colonos hasta el final, la familia emigra a una ciudad del Norte, donde el padre se hará obrero en una fábrica de automóviles. En el Norte se producirán historias vertiginosas de crueldad y desilusión. Pero esas historias ya las ha contado Grisham.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899