En los servicios de salud ha sucedido algo similar en las últimas décadas. ¿Qué pasó? ¿Podrán los gobiernos, interviniendo aún más en el financiamiento y en los precios, restaurar el buen rendimiento de hospitales y escuelas? No, debido a que han ocurrido cambios irreversibles.
Hasta los años 70, la gran mayoría de quienes ocupaban las posiciones de maestros y enfermeros eran mujeres muy talentosas y dedicadas de lleno a su trabajo. Casi todas las demás ocupaciones estaban cerradas para las mujeres, fuese en los negocios o en profesiones tales como el derecho y la ingeniería.
Con una gran oferta de mujeres talentosas deseando trabajar, pero con sólo dos grandes campos que le abrían sus puertas, las escuelas y los hospitales lograban un excelente personal, que a su vez aportaba un buen servicio a los enfermos y una buena educación a los estudiantes. Y todo ello a precios bajos porque esas talentosas mujeres no tenían otras opciones laborales.
La liberación femenina le puso punto final a esos arreglos tradicionales. De repente, a las mujeres se les abrieron múltiples oportunidades de trabajo. Las más ambiciosas y las más competentes ya no se conformaban con los salarios de maestras y de enfermeras. Esta pérdida de talento por parte de las escuelas y hospitales se ha acelerado a través del tiempo, dejando poco personal dedicado y capaz en esos cargos.
Si las escuelas y los hospitales fuesen privados, los empresarios se hubiesen dado cuenta de la caída en la calidad del servicio ofrecido y hubiesen respondido a la buena disposición de padres y de pacientes de pagar más por los servicios recibidos. Estos empresarios hubieran aumentado los salarios de maestros y enfermeros para retener personal calificado y atraer nuevo talento. Pero eso no sucedió en las escuelas ni en los hospitales del gobierno.
Una vez que el talento emigra de cualquier industria o profesión, la vitalidad de esa industria entra en decadencia e impera la mediocridad. Eso es lo que hemos visto suceder con la educación y con el deterioro de la disciplina en los colegios del gobierno, como también en el poco respeto de los estudiantes hacia los estudios y hacia sus propios maestros. Los estudiantes inteligentes simplemente se dan cuenta de lo mediocre que son sus maestros y del valioso tiempo que están perdiendo en clases fastidiosas que poco o nada tienen que ver con prepararlos para el futuro.
La solución de los problemas en los servicios de salud y de educación no saldrá de los debates ideológicos. La solución es atraer a gente competente a estos campos y permitir que empresarios inventen y diseñen nuevas estructuras, dejando que el mercado determine cuáles son las más convenientes y cuáles alcanzarán el éxito, aportando mejor educación a los jóvenes y mejores servicios médicos a los viejos.
Esta no es una tarea que el gobierno puede llevar adelante. Podrá lanzar más dinero al problema, pero eso sólo significaría soluciones temporales. El electorado todavía cree que el gobierno está capacitado para curar nuestras enfermedades y enseñar a nuestros hijos. Cree que es posible echar para atrás el reloj, olvidando que las instituciones pueden convertirse en obsoletas y dejar de ser útiles.
Mientras más pronto nos demos cuenta que en el siglo XXI no podemos ya aplicar fórmulas que funcionaron bastante bien en el pasado y mientras más pronto los políticos responsables comiencen una campaña para comunicar estas realidades al electorado, más posibilidades hay de transformar inteligentemente nuestras escuelas y hospitales, adaptándolas a los requerimientos de los nuevos tiempos.
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AIPEReuven Brenner es profesor de McGill (Canadá) y Duxx (México), miembro del consejo de economistas del
Financial Post.