Es tópico definir las novelas de Amy Tan como novelas de madres e hijas. La relación centra todo lo que Tan ha escrito si exceptuamos
"La Dama de la Luna", un viaje de cuento para niños, y
"Los Cien Sentidos Secretos", que aborda el trato mutuo de dos hermanas, una china y otra americana. Bette Bao Lord había anotado esas experiencias dispares en su libro más conocido:
"Eigth Moon". La oposición a la madre es consustancial a la idea misma de relato. Alguien, a propósito de
"La Hija del Curandero", ha escrito que la madre es el principio de todo pero que el final depende de la hija. La insistencia en la relación familiar es la consecuencia lógica de una mentalidad en que prima la idea de continuidad. La familia es el nexo biológico con lo que ha precedido y lo que vendrá. (Y
"La Familia", de Pao Kin, fue la primera novela moderna china que conocimos en Occidente). Así que, cuando su madre china muestra los signos del Alzheimer, cuando la memoria oscila y ni siquiera se expresa en una lengua conocida, la hija del curandero se ocupa penosamente de averiguar lo que aún ignora de su madre y de sí misma, traduciendo al menos una frase diaria de la caligrafía de su madre. Una labor de traducción similar al trabajo de arqueología que realizan los científicos que excavan buscando huesos. Poco antes de que la hija muera, la hija descubre incluso su verdadero nombre, ése que a los cristianos se nos da con una piedra secreta en el
"Apocalipsis".
Oposición madre-hija y también Oriente-Occidente. Un poema de Borges amplifica el desconcierto que experimentan el poeta occidental y el monje oriental al contemplarse mutuamente. ¿Qué esconde un rostro oriental? (y ¿qué hay detrás de una cara occidental?) Pese a Marco Polo, poco más que curiosidades estrambóticas han sido para nosotros los chinos durante siglos. Sax Rohmer, el autor de
"Fu Manchú", grabó el cliché popular del mandarín malvado y sinuoso. La guerra fría permitió esquematizar los villanos en tipos del Este. Pero, cuando vino el deshielo, los orientales —en este caso, los japoneses que compraban nuestras empresas— pasaron a ser los malos de todas las películas. Un japonés malísimo provoca una guerra en una novela de Clancy. Michael Crichton dedicó al asunto una de sus razonadas novelas de tesis. Pero, poco a poco, al mismo ritmo que, en las películas americanas, ascendían a escena villanos europeos, empezaron a aparecer en la ficción orientales interesantes, que no necesariamente eran expertos en kárate o desplegaban una sabiduría profunda y enigmática. Y una de las mejores series policíacas de la televisión americana la conduce un detective de origen y hábitos impecablemente chinos.
Pero literaria, y sociológicamente, lo interesante en esta historia es comprobar cómo las migraciones están mezclando las culturas en la cabeza misma de los que las describen. Los problemas de Amy Tan son los problemas de una occidental. Del mismo modo,
"Los Versos Satánicos" de Salman Rushdie no fue un escollo de interpretación entre musulmanes y cristianos, o entre Thatcher y Jomeini. No los redactó un cruzado sino un ciudadano de Londres. Por seguir con Rushdie, lo que hoy pasa por literatura inglesa se debe a autores de mente dividida. La literatura inglesa no contaría más que con cuatro literatos graciosillos si no diera cobijo a tantos escritores fuera de serie, extranjeros pero autóctonos, como Rushdie, como Naipaul, como Hureishi, como Ishiguro. Algo parecido, aunque en mucha menor proporción, sucede en Francia con un Volkoff o un Amin Malouf. Nada de eso pasa todavía en la monolítica cultura de España. Intentemos cambiarlo leyendo las novelas de Amy Tan.
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