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11 de Mayo de 2001

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El caso de William Brown

Por Agustín Jiménez

"Los mayores son los únicos que se divierten". Tal era el comentario, en absoluto equilibrado, de Guillermo aquel día en que, tomando nota de una necesidad acuciante, decidió instruir a su público sobre cómo precaverse de los ataques aéreos alemanes. Pocas líneas más allá, su banda de forajidos había destrozado un precioso sombrero de la horripilante Sra. Milton y convertido en cascajos una ringlera de macetas y se había intercambiado varias docenas de proyectiles, que casualmente eran huevos. La guerra es así de divertida. El problema es que hay que librarla con armas. Para conseguirla, Guillermo utiliza varias argucias.
En el capítulo siguiente, embauca al bobo de Hubert Lane, quien debe cederle un cuchillo estupendo y una pistola de agua si no quiere convertirse en gallina como toda su familia. En otro libro de su serie, Guillermo se apodera del arsenal completo de todas las bandas del pueblo haciendo creer a la mujer del vicario que va a secundarla en una asociación pacifista. Por un arma, una merienda con bollos rellenos, una propina o un amigo, Guillermo es capaz de cualquier cosa. La mayoría de sus vecinos tienen sentido del humor y se lo toman bien. Cuando el editor de publicaciones gastronómicas a quien Guillermo le ha hecho tragar un jabón al horno, ve de qué va la cosa, se ríe a mandíbula batiente. Igual le pasa a la pareja de viejecitos que le dan de merendar después de que Guillermo suplantara a su sobrino que, en vez de visitarlos, quería irse a la feria. En casi todos los países del Norte de Europa han conocido un éxito loco las andanzas de Guillermo, ideadas —ya lo sabe casi todo el mundo— por una inglesa que firmaba como Richmal Crompton. Vivió entre 1890 y 1969 en direcciones campestres de una Inglaterra verde y civilizada: Cherry Orchard Road, Oakley Road y así.

En las librerías inglesas, Guillermo sigue disfrutando de un anaquel para él solo —a su lado suele estar la banda de Enid Blyton— como parte de un acervo nacional, pero es difícil determinar quién lo lee ahora en España. La literatura infantil siempre ha sido un problema. Al parecer, niños ha habido casi siempre, así como adultos. Los niños quieren crecer. Los adultos desearían no haber crecido. Los niños juegan. Algunos adultos escriben sobre niños que juegan y, de cuando en cuando, publican el bestseller que van a leer los niños o que los adultos desearían que leyeran los niños.

Cuando la Humanidad no disponía de consolas ni ordenadores ni DVD, Robinson Crusoe o Gulliver conocieron una cierta relevancia. ¿Esas creaciones de Defoe o Swift fascinaron a los niños? Robinson fue el único personaje al que el puritano de Rousseau dejó intervenir en la educación de su "Emilio". Otro gran puritano fue Collodi, aunque es verdad que Pinocho, como Guillermo, como todas las grandes creaciones, se le escapó al autor de la mano y vivió por su cuenta. Niños héroes —no necesariamente empalagosos como los que salen en "Peter Pan", "El libro de la selva" o "Mary Poppins”— surgen con Stevenson en "La isla del tesoro” —pero los relatos de Stevenson siempre cuentan con un testigo, y ésta es en el libro la función del niño— o con Lewis Carroll: pero, más que fascinar a los menores, el personaje de Alicia ha servido para inspirar tesis de a los estudiantes de psiquiatría y a los tratadistas de metafísica. Los primeros héroes gozosos fueron los de Mark Twain: Huckleberry Finn y Tom Sawyer.

El primer niño que lo pasó realmente bien, fue Niels Thogerson que, ayudado por la escritora Selma Lagerlöff, planeó en 1907 sobre Suecia a lomos de un pato. Su compatriota Pippi Calzaslargas tuvo repetidos problemas con la censura, que la acusó de mal ejemplo general y de favorecer el consumo de golosinas. A ejemplo de Niels Thogerson, la literatura didáctica de la Falange creó una pareja de niños que viajaban por las regiones de España como los que, uno a uno, recorren los capítulos maravillosos de un libro único. Las gestas turísticas de esos niños deben de dormir ahora en algún desván. Pero es posible que, por aquella época, Guillermo fuera considerado subversivo, pese a que solía ir trajeado —si creemos los dibujos de Thomas Henry— y siempre acató la autoridad última de las personas mayores. ¿Acaso no se cuchufleó del mismo Hitler, a quien —Cf. "Las aventuras de Guillermo”— llegó a tomar prisionero?

A finales del siglo pasado, los niños, como otras minorías en peligro de extinción, originaron una caterva de libros que pretendían convertirlos en clientes asiduos. Escritores consagrados como Tournier en Francia o, en España, Bernardo Atxaga, Enriqueta Antolín o Ángeles Caso, le han echado horas escribiendo para ellos. Y, desde hace unos pocos años, un grupo de gente seria que ahora frisa los cincuenta y que ha capitaneado al final Javier Marías, ha publicitado a Guillermo Brown. Una cadena de librerías ofrece las obras completas de Guillermo a un precio realmente módico. Se supone que en el simpático formato original de la Editorial Molino y repletas de las mismas simpáticas incorrecciones e idénticos catalanismos de siempre ("habían" por "había").

Lo que no está claro es por qué mecanismo de tercer grado se divierte con Guillermo esa generación de padres jóvenes, esa generación de jóvenes clasicistas o de antiguos amantes del pop. Pues sus hijos, que ahora frisan la edad de Guillermo, pertenecen a una generación mucho más curtida. Mientras los padres se divierten releyendo a Guillermo, los angelitos, que nunca aprendieron a bailar el trompo, escuchan a toda pastilla unas letras y unas músicas aulladas por tribus edificantes que llevan por nombre "Íncubo", "Sepultura", "Marilyn Manson".
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