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1 de Diciembre de 2000

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AL MICROSCOPIO

El autentico riesgo de los teléfonos

Por Jorge Alcalde

Por si fueran poco el mal de la vacas locas, los casos de legionelosis en Alcoy, o la presencia del submarino nuclear Tireless en aguas de Gibraltar, ahora resulta que los políticos y los científicos andan preocupados por los posibles efectos perniciosos del uso de teléfonos móviles. Una vez más, la información científica se mezcla con la política y todo ello mezclado con grandes dosis de intereses comerciales.
Ante el derecho inalienable a tener miedo, y ante la humana tendencia a dejarse desinformar, poco más puede hacerse que contar con los datos pertinentes. Pero resulta que, en este caso, los datos distan mucho de ser clarificadores.

Hace unas semanas, Mariano Barbacid, una de las autoridades internacionales más prestigiosas en el mundo de la oncología, les aseguraba este quien les escribe que “quizás nunca lleguemos a saber si los teléfonos móviles provocan cáncer”. La argumentación no era, ni mucho menos, sensacionalista. Barbacid se basaba en que, sencillamente, en ciencia la palabra “NO” carece de valor. No se investiga para demostrar que algo no sucede. Se investiga para demostrar que sucede. Del mismo modo que no tiene ningún interés científico tratar de probar que lavarse los dientes no favorece el crecimiento del pelo, pero sería un bombazo descubrir que sí lo favorece.

En el caso de los teléfonos móviles y las posibles consecuencias dañinas de la emisión de microondas que generan la única aproximación posible es por vía positiva. Y, en este sentido, las cosas se aclaran algo más. Podemos decir que no existe evidencia alguna de que las emisiones de microondas de los teléfonos celulares provoquen enfermedades de ningún tipo. Pero, al mismo tiempo, está ampliamente demostrado que estas mismas radiaciones producen alteraciones en los tejidos humanos (aunque sean inocuas).

Por ejemplo, es sabido que algunos individuos sometidos a este tipo de radiación mientras realizaban pruebas cognitivas obtuvieron resultados distintos al resto de los mortales. En concreto, fueron más veloces a la hora de pulsar un botón cada vez que aparecía en la pantalla del ordenador la palabra YES. Es decir, que las microondas podrían interferir, incluso de manera positiva, en algunos trabajos neuronales.

También se sabe que otro grupo de personas experimentó ciertos problemas para conciliar el sueño después de recibir sesiones de microondas similares a las
de los teléfonos.

En el mundo animal, los experimentos pueden ser más radicales. Es posible someter a ratones de laboratorio o a otros modelos biológicos a grandes dosis de radiación para observar umbrales de protección. Así, por ejemplo, cuando se somete a un nemátodo a radiaciones de microondas durante toda la noche, se aumenta el ritmo de su división celular. Hay que recordar, que la división celular es un factor clave en el desarrollo de ciertos cánceres. Pero debe advertirse que en la escala temporal de un nemátodo, una noche de radiación equivaldría a 40 años de exposición permanente (día y noche) en un ser humano. Del mismo modo, otras sobreexposiciones en ratones han producido respuestas propias del estrés (aumento de endorfinas y de corticotropinas) e, incluso, la aparición de linfomas. Este último caso está todavía pendiente de confirmación: de hecho se ha intentado repetir el experimento en tres ocasiones sin ningún éxito.

En resumen, parece que las microondas de los teléfonos móviles sí que provocan alguna reacción en nuestros tejidos, pero no hay ningún dato que demuestre que
esta reacción es dañina. Ese es el motivo por el que las autoridades británicas han decidido advertir de los posibles riesgos que implica el uso excesivo del teléfono, sobre todo en niños, cuyos tejidos están en plena formación.

Pero la ciencia sigue intrigada con un asunto del que no suele hablarse, por ser secundario (siempre lo primero es la salud pública). Me refiero a la laguna existente a la hora de conocer cómo actúan realmente las microondas en el mundo físico. Sabemos que las radiaciones ionizantes (como los rayos X, los rayos gamma o la radiactividad) pueden romper uniones químicas celulares, dañar el ADN y destrozar tejidos. Pero las microondas son radiaciones de tan baja energía que es imposible que tengan efectos tales sobre la materia cuando se emiten a dosis mínimas, como es el caso de los teléfonos.

Los celulares emiten una centésima parte de potencia que un horno microondas convencional, por lo que es imposible que generen ningún tipo de calor. Entonces ¿cómo es posible que los móviles afecten a los tejidos, como está demostrado que afectan, aunque sea de modo inocuo? La única explicación plausible se mueve en el terreno de las conjeturas. Sabemos que nuestras células producen mínimas emisiones electromagnéticas en frecuencias llamadas endógenas. Podría ser que las emisiones de una célula estuvieran sintonizadas en la frecuencia de otra para establecer cadenas de comunicación. Las microondas podrían interferir esas frecuencias internas y causar una reacción de resonancia. Sería como el efecto en cadena que produce un soldado que pierde el paso en mitad de escuadrón y lleva al error al resto de la fila.

De momento, esto no es más que una teoría lanzada al aire por un tal Gerald Hyland, de la universidad de Warwick, pero es un claro síntoma de que nos movemos en un terreno de supremas incertidumbres.
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