Por fortuna, en tiempos recientes, el antiyanquismo ha venido perdiendo terreno en América Latina. En medio de todavía enormes dificultades, la democracia representativa y la economía de mercado han venido abriéndose paso entre nosotros y una actitud menos acomplejada pareciera cundir entre nuestros políticos, que ya no procuran esconder sus fracasos culpando de ellos a los norteamericanos. Tampoco es el odio hacia los yanquis un sentimiento extendido entre nuestros pueblos, que más bien, miran hacia el norte con esperanza y le observan como un polo de atracción para la conquista de una vida mejor.
Hay excepciones, sin embargo. La de Castro es tan evidente, sus causas tan claras y su decadencia como opción tan significativa que no merece excesiva atención. El pase a mejor vida del déspota caribeño seguramente dará al traste con lo que resta del naufragio revolucionario y Cuba hallará eventualmente de nuevo su lugar entre las naciones democráticas de la región. No será fácil; es probable que al pueblo cubano le aguarden aún muchas dificultades; pero la meta hacia adelante es inequívoca.
Lamentablemente, en estos tiempos de cambio modernizador en América Latina aparece ahora Hugo Chávez, cargado con todos los odios, complejos, resentimientos y dogmas de una izquierda latinoamericana que no pocos daban por muerta. Chávez está resucitando un pasado que nada sino daño causó a nuestros pueblos y se está dedicando a promover un nuevo frente antiyanqui, mediante viajes incesantes a otras regiones del mundo para estrechar lazos con todo aquél que, de algún modo, esté dispuesto a lanzar dardos contra el Tío Sam. Chávez ha firmado acuerdos de cooperación militar con Rusia, China y Cuba, ha visitado a los Ayatolas en Irán y ha declarado su disposición a combatir el “imperialismo” junto a los revolucionarios islámicos. Para no perder un sólo cliché, afirmó además que “Estados Unidos quiere mantener a América Latina en la pobreza”.
No se le ocurre al caudillo venezolano que la pobreza o riqueza de los latinoamericanos no es asunto de los yanquis, sino de nuestro trabajo, disciplina social, productividad y competitividad. No entiende tampoco que con esa retórica incendiaria y sus nuevas alianzas está afectando intereses vitales de su país, al agredir y provocar a quienes son los mayores compradores de petróleo venezolano, sus principales inversionistas y socios comerciales. Una postura política tan demencial no puede sino conducir a un monumental fracaso, cuya realidad comienza a percibirse con inocultable claridad. Pero no parece haber manera de impedirlo. Hugo Chávez ha demostrado con creces que es impermeable a la persuasión racional.
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AIPEAníbal Romero es profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.