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ASUNTOS EXTERIORES

El año en el que todo cambió

En Irak hay 1.300 soldados españoles. Por detrás van Holanda (1.100), Australia (1.000) República checa (700) y Corea del Sur (675). Más arriba están, aparte de Estados Unidos (con 130.000), Gran Bretaña (11.000), Polonia (2.400), Italia (2.300) y Ucrania (1650). En consecuencia, España ni siquiera llega a la media en cuanto a presencia militar (2.347 soldados), en la que están Italia y Polonia.

El esfuerzo de Polonia ha sido muy considerable, y dentro de algunos meses cederá a España el mando de la división multinacional encargada del control y la reconstrucción de infraestructuras en la franja del centro-sur de Irak. Es lógico, dado que España es un país considerablemente más rico que Polonia. Es también un indicio de lo que nos espera en el futuro próximo y de las responsabilidades a las que España tendrá que responder pronto.
        
Es cierto que lo ocurrido el año pasado no estaba en el guión previsto. Pero tampoco lo estaba el 11 de septiembre, ni el mundo que ha surgido de las cenizas del World Trade Center y del Pentágono. De aquel desastre podía haber salido un Occidente refugiado en sí mismo, atrincherado en posiciones defensivas y empeñado en negociar con los dictadores y los autócratas de los Estados fallidos un pedazo de seguridad precaria a cambio de sobornos, o de tiempo para que estos siguieran explotando o masacrando —como ha ocurrido en la tragedia de Bam— a sus propios pueblos.
        
Ese fue el guión diseñado por esa extravagante alianza compuesta por Chirac, Schroeder y los progresistas occidentales, y entusiásticamente apoyada, yo creo que sin saber realmente lo que estaban haciendo, por los socialistas españoles. Por fortuna, la cosa ha sido diferente. Una columna de Jim Hoagland en The Washington Post (“The People Who Made The Year”, 31.12.03) explica bien cómo en el año que acaba de terminar han sido decisivos algunos individuos que se negaron a esta resignación interesada y cobarde. Bush, Blair y Aznar supieron comprender el desafío, con el apoyo, eso sí, de mucha gente, entre ellos el jefe del Gobierno polaco.
 
En lo que a nuestro país se refiere, el alineamiento de España a favor de la libertad y la democracia en el mundo —en todo el mundo— como la única garantía posible de la paz y la seguridad resulta una consecuencia de una política interna que ha cambiado la sociedad española. Irak le ha servido a Aznar para sacar las consecuencias que se derivaban de la nueva prosperidad de España. Por primera vez en mucho tiempo, España estaba preparada para asumir un papel importante en la escena internacional. El 11S y la Guerra de Irak fueron la oportunidad de dar el salto.
        
La brusquedad del movimiento, evidentemente inesperado, provocó los seísmos en la opinión pública que todos conocemos. Pero como la posición alternativa era inconsistente, el péndulo, que se había movido bruscamente hacia la izquierda, volvió a recentrarse. Ahora estamos en una situación curiosa. La situación y la cuantía de nuestras tropas en Irak sirve para comprenderla.
        
Estamos en primera línea de hecho, pero sin que los españoles comprendan del todo el alcance lo ocurrido, aunque las bajas españolas en Irak, el accidente en Turquía, la frustrada Constitución europea y el Pacto de Estabilidad hayan sido motivos serios de reflexión y toma de conciencia. Está claro que España no puede asumir una posición de liderazgo como la de Gran Bretaña. Pero tampoco puede retroceder. Incluso los socialistas parecen haber empezado a entenderlo. Habrá por tanto que ir asumiendo nuevas responsabilidades que le permitan a España estar a la altura de las circunstancias: inversiones en defensa, renovación y reforzamiento de los instrumentos diplomáticos, aportación a una política de seguridad atlantista, incorporación de Latinoamérica a la tarea común.
 
El gobierno haría bien, además, en esforzarse por explicar y dar a conocer las razones de un avance que, aunque cauto, es inexcusable. Cuenta para ello con instrumentos más sólidos de lo que parece.
 
En contra de lo que el gigantesco ruido mediático progresista podía haber dejado suponer, la Guerra de Irak y la nueva posición española han cohesionado a un núcleo muy coherente, y no tan disperso como parece, de personas capaces de argumentar la nueva situación desde varios medios de comunicación, centros de análisis y de formación de ideas, y desde perspectivas muy distintas, políticas, sociales, económicas, culturales e ideológicas. El Gobierno dispone de instrumentos muy poderosos no para imponer estas ideas, sino para darlas a conocer, argumentar y proponer hechos y nuevas perspectivas.
 
Es injustificable que no los utilice y prive a los ciudadanos españoles de los medios de conocer la nueva posición de la que ellos, los ciudadanos españoles, son los protagonistas principales. Ya que existen, los medios de comunicación pública no pueden seguir varados en la eterna nostalgia de los años setenta. La gente, los españoles, tienen derecho a saber lo que se está haciendo en su nombre.
 
 
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