AL MICROSCOPIO
El alma en un cladograma
Por Jorge Alcalde
La seducción del genoma no se enjuga. Meses después del anuncio de la consecución de la secuencia genética completa del ser humano, sigue fascinando a científicos y filósofos el análisis sobre las repercusiones de tal hallazgo. Ayer mismo, la revista Science volvía sobre el tema con una postura bioética ciertamente provocadora. El médico de la Universidad de Ginebra Alex Mauron se preguntaba si el genoma es el equivalente neosecular del alma.
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Al genoma se le ha llamado de muchos modos: el mapa del hombre, el libro de la vida, el puzzle de la humanidad... Y el uso de una u otra metáforas no es baladí. Subyace en ellas la idea de que el conocimiento de los genes en el mejor modo de autoconocerse, de que el ADN alberga la esencia del ser (humano, animal o vegetal). Dado que el gran paso de la última década de la genómica ha sido el de dejar de estudiar genes individuales para poder permitirse el abordaje de genomios completos, pareciera que la ciencia se acerca al humano sueño de saber qué somos.
Mauron ha planteado ahora que esta aproximación tiene mucho de metafísica y, quizás por eso, menos de ciencia. La búsqueda de la esencia humana es una constante de nuestra filosofía. El eidos aristotélico y la forma de Tomás de Aquino eran conceptos que implicaban un programa interno, una voluntad organizadora del ser. En realidad, eran manifestaciones del alma.
Ahora, el genomio cumple esa función. Con el valor añadido de que, en el caso de los genes, el programa es literal. La secuencia de moléculas puede ser interpretada como un código cuaternario equivalente a los códigos binario de software. Si hay programación quiere decir que hay destino. Y si hay posibilidad de modificar el programa quiere decirse que hay posibilidad de cambiar la esencia del programado. En otras palabras: estaríamos a un paso de negar la dignidad única humana al convertirla en tantas dignidades distintas cuantas manipulaciones sean posibles sobre nuestro ADN. Por eso los genes no pueden ser el alma.
Pero es que además esta propuesta plantea un problema meramente cronológico. Si el ADN es la dignidad humana, ¿surge ésta en el mismo momento de la concepción o antes? ¿Los genes aportados por la madre o el padre individualmente, portan parte del alma del hijo? ¿Dos gemelos univitelinos tienen el mismo alma? ¿Podemos fundir fragmentos de dos almas?
Moulan nos consuela al advertirnos que la esperanza de que el genomio sea la última palabra sobre la naturaleza humana es una ilusión. Es posible que hayamos alcanzado un conocimiento nunca soñado antes sobre nuestra biología... pero eso no quiere decir que nos conozcamos mejor a nosotros mismos. El alma no se reduce a un mero problema de taxonomía.

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