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8 de Junio de 2001

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DRAGONES Y MAZMORRAS

¿Do fuir?

Por Julia Escobar

Se acaba de inaugurar la Fira del Llibre de Barcelona en el Paseo de Gracia y los barceloneses se quejan de lo sosa que les ha quedado. No lo digo yo, sino ellos, que además la comparan inevitablemente con la Feria del Libro de Madrid, a la que consideran modélica. Lo que más echan de menos no son libros ni expositores ¡qué vulgaridad! sino actos culturales paralelos que puedan estar a "la altura de lo que la tradición editorial de la ciudad merecería y nunca obtiene", como dice literalmente el autor del artículo de La Vanguardia de donde saco la información. Hasta que consigan trasladarla al recinto ferial de Montjuich los barceloneses tendrán que dejar ese cometido a "los madrileños y a la UIMP de Santander". Mala cosa.
Lo que más me llama la atención es que todavía se asombren. Hace ya tiempo que Barcelona ha dejado de ser la capital cultural española, entre otras cosas por decisión propia, mientras que Madrid, gracias a las Autonomías y a aquello que nos parecía tan ridículo del "café para todos", tiene la ocasión de demostrar sin complejos ni compromisos su vocación abierta y generosa que la ratifica como la indiscutible capital no sólo política, sino también económica y cultural. Qué le vamos a hacer, si así es la rosa.

Dicho esto les confesaré que no me gusta demasiado la Feria del Libro. Hace mucho calor, el público es mayoritariamente de aluvión y es una ocasión para dar rienda suelta a los peores instintos del escritor, entre los que figura (y no estoy exenta) su vanidad inconmensurable. Por culpa de ese pecado capital nos hemos quedado sin un testimonio sociológico de primera mano como son las listas de autores más firmados. Los divos como Antonio Gala han puesto el grito en el cielo y los más retorcidillos nos hemos quedado sin el consuelo de saber que los que ganan son siempre los peores. Francamente espero que en bien de la humanidad y de la ciencia se hagan de tapadillo.

Entre los autores hay de todo, como en botica. Desde el que no se come una rosca pero asiste impasible a toda la ceremonia porque lo considera su deber (es mi caso), hasta el que, siendo buen autor, encima tiene la suerte de ser popular y no da abasto. Entre medias hay varias categorías, como la del que, en esas fechas, prefiere ausentarse de Madrid para no tener que enfrentarse a un posible desencuentro con los lectores o para mantenerse alejado de cualquier tipo de compromiso moral. Ni qué decir que son los más vanidosos de todos. Pero ¿do fuir?, habrá que preguntárselo a Andrés Trapiello que desapareció sin más explcaciones el sábado pasado, cuando tenía que haber presentado junto a Juan Manuel Bonet y Manuel Borrás de la editorial Pre-Textos el libro de poemas de Federico Jiménez Losantos, en el pabellón de actos del recinto ferial, que ha capitalizado estos días la febril actividad cultural madrileña. Tuvo que sustituirlo una servidora que afortunadamente conocía y admiraba el libro y, francamente, quedó un acto de lo más espontáneo y entrañable.
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