Acaba de morir -de muerte natural, eso sí- el siglo XX, al que los melómanos podemos llamar, con total justicia, “el Siglo de los discos”. Por eso, dedicamos hoy esta página a repasar algunos “discos del siglo”, algunos logros de ese invento tan del siglo XX que se constituye, por sí mismo, en herencia musical para la historia de la cultura moderna.
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Sin embargo, no todas las grabaciones han de ser añosas y monoaurales, como las ya citadas. A finales de los 80, y grabada en vivo, aparecía, dirigida por gran Carlo Mª Giulini, la más conmovedora grabación de la Novena Sinfonía de Bruckner, obra inconmensurable... más aún en esta interpretación con la Filarmónica de Viena (Deutsche Grammophon 427 345-2). En el mismo lugar, con la misma orquesta y para el mismo sello, había grabado Karl Böhm, casi dos décadas antes, en 1971, el más intenso y grandioso Requiem de Mozart que se conserva en discos (Deutsche Grammophon 413 553-2).
Y ¿qué me dicen de los grandes pianistas que en el siglo han sido y han grabado? Sviatoslav Richter y sus abismales interpretaciones de Schubert y Haydn (en Decca), Alicia de Larrocha y sus Albéniz y Granados inigualables (también Decca), Glenn Gould y su Bach único (en Sony), Emil Gilels con su Beethoven poderoso o Arturo Benedetti Michelangeli y su Debussy sublime (ambos de Deutsche Grammophon) o ese caballero como la copa de un pino que fue el chileno Claudio Arrau y que, a pesar de su avanzada edad, nos legó una semi-integral de la música para piano de Schumann en siete discos, llena de momentos irrepetibles (Philips 432 308-2).
El disco ha sido fundamental en el desarrollo y difusión de una nueva corriente musicológica en la última mitad del siglo: la interpretación de la música antigua con instrumentos originales y con criterios “filológicamente correctos”, que nos ha restituido un sonido que, por lo antiguo, nos resulta totalmente nuevo. Pionero discográfico de esa corriente fue el austriaco Nikolaus Harnoncourt, director que sorprendió al mundo con unas grabaciones de las óperas de Monteverdi que revolucionaron el panorama musical durante mucho tiempo. De hecho, pasados los años, la ópera “L’incoronazione de Poppea”, grabada después varias veces, sigue sin ser igualada en la interpretación que Harnoncourt nos dejó al frente del Concentus Musicus Wien, con Elisabeth Söderström, Helen Donath y Cathy Berberian (Teldec 2292-42547-2).
Y, para terminar, permítanme ustedes, estimados lectores del nuevo milenio, rememorar una joya discográfica que siempre ha sido reconocida como tal y que es británica por los cuatro costados: el álbum que reúne el Concierto para violoncello y los Cuadros marinos de Elgar, con tres grandes nombres de la música inglesa: la violoncellista Jacqueline Du Pré, la mezzosoprano Janet Baker y el gran director John Barbirolli (EMI 5 56219 2). Rara vez se han reunido músicos de tal altura en un estudio de grabación y en pocos discos se puede encontrar tanta música en estado puro como en éste.