FIGURAS DE PAPEL
Diálogos con Bioy Casares
Por Rubén Loza Aguerrebere
Adolfo Bioy Casares es uno de los escritores más seductores de las letras argentinas. Heredero de Borges, con quien escribió a cuatro manos una serie de relatos deliciosos, se deben a su pluma algunas novelas mayores como La invención de Morel y El sueño de los héroes y variados libros de cuentos, algunos de ellos, magistrales. Ganador, entre otro galardones, del Premio Cervantes, se distinguió, además, como un hombre fino y educado, erudito y sencillo a la vez, y , en fin, cordialísimo en todo momento. Lo que se dice un caballero.
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Estas facetas, todas ellas, hace evidentes el libro Palabra de Bioy, que reúne las conversaciones que mantuvo con Sergio López sobre los más variados temas. Bioy habla de su infancia, de su familia, de sus comienzos literarios. Al respecto, confiesa: “yo he tenido dos grandes fracasos en la vida: mis primeros relatos y el comienzo de mi escuela secundaria”. Niño, dio forma a una suerte de novela a lo Gyp, llamada Iris y Margarita, que redactó para su prima María Inés, quien “no me llevaba el apunte” y a la que procuró mediante ese mecanismo, pero sin éxito, seducir. Luego, le dictó a su amigo Drago Mitre (padrino de su casamiento con la escritora Silvina Ocampo, hermana de Victoria, legendaria editoria de la revista “Sur”) la novela Vanidad o una aventura terrorífica. Tras ella, vino Diecisiste disparos hacia lo porvenir, otro de sus textos anteriores a La invención de Morel, mojón, éste, que considera Bioy, con justicia, como inicio de su carrera literaria. Por cierto, Bioy jamás dejó reeditar aquellas piezas, muy menores por cierto, y que quien escribe estas líneas leyera en Estados Unidos en casa del primer traductor de Borges, Donald Yates.
Naturalmente, hay en este libro un sabroso capítulo sobre Borges. A veces no sabe qué decir Bioy, porque, admite, es “como hablar de un hermano”. Señala, sobre la erudición de Borges: “Mire que yo he leído muchísimo, sin embargo siempre me parecía que Borges había leído mucho más. Uno se quedaba absorto ante sus lecturas. Muchas veces en la vida me pasó descubrir a un autor y darme cuenta después que Borges ya había leído todos los libros de ese autor. No digamos la literatura inglesa, que parecía tenerla toda en su mente, pero incluso uno tenía la sensación de que conocía aquellas cosas que no lo admiraban demasiado, como la literatura francesa…”.
Cuenta que el estilo barroco de los primeros cuentos de Bustos Domecq (seudónimo que usaron para escribir juntos) se debió al hecho de que se dejaron llevar demasiado por las bromas literarias. Dice: “Quisimos escribir cuentos policiales clásicos y terminamos escribiendo cuentos policiales satíricos”.
A propósito de gustos literarios, Bioy valora más a H.G. Wells que a Franz Kafka, porque considera que los argumentos del primero son más variados. Expresa su admiración por Conrad y Chéjov. No le gusta Juan Rulfo. Tampoco Henry Miller, en cuyos libros la realidad “se pone un poco triste porque coincide con un bobo”.
Hablando de cine, le hubiera gustado que Fellini hubiese filmado alguno de sus libros. No llegó nunca a entusiarmarse del todo con “El ciduadano Kane” de Orson Welles, y le gustaron muchísimo, en cambio, las películas de Buñuel. Finalmente, destaca “Il postino”, el filme basado en la obra de Antonio Skármeta.
Para terminar, vale la pena trasladar al lector estas palabras que lo definen de cuerpo entero: “La gente siempre me pregunta lo que habré sufrido cuando nadie me conocía y casi no me creen cuando les digo que no sufría nada y que esa situación era muy normal para mí. Yo vivía escribiendo y leyendo y era muy feliz haciendo esas cosas”.
Palabra de Bioy, Conversaciones con Sergio López. Emecé, Buenos Aires, 2000.