Los ejemplos abundan: 3.000 millones de dólares extraviados de un fondo fiduciario para los indígenas. Una agencia del gobierno federal encargada de inspeccionar pizzas con carne y otra agencia encargada de las pizzas sin carne. La oficina del Impuesto Sobre la Renta haciéndole un reembolso de 15 mil dólares a un contribuyente que debe 350 mil dólares en impuestos atrasados. Un empleado del Departamento de Energía que lleva casi un año muerto antes que los funcionarios se dieran cuenta de que firmó y sacó documentos secretos que no han sido devueltos.
Pero mi ejemplo favorito es el proyecto de la NASA para explorar el planeta Marte, el cual costó miles de millones de dólares y fue un fracaso total. ¿Por qué? Una parte del equipo que diseñaba el proyecto usaba el sistema métrico y el otro usaba medidas inglesas (pies, pulgadas, libras).
Pero el informe de Thompson no es sólo una lista de costosas equivocaciones y material para los programas cómicos de la televisión. También identifica las causas del despilfarro gubernamental y presenta la siguiente conclusión: el gobierno es incapaz de pasar una auditoría financiera. Ni siquiera la oficina del Impuesto Sobre la Renta que audita a miles de contribuyentes cada año lo logra hacer.
Entonces surgen dos preguntas: ¿por qué los congresistas están dispuestos a darle más dinero a oficinas gubernamentales que año tras año son incapaces de demostrar contablemente lo que hicieron con el dinero recibido? Y, más grave aún, ¿qué posibilidad hay de que estén cumpliendo con sus funciones? Nadie puede pensar que esas agencias son capaces de ofrecer entrenamiento a desempleados o tratar a drogadictos o ayudar a los jóvenes con problemas si es imposible hacer una auditoría de su contabilidad.
El informe describe como “caótica” la organización gubernamental después de analizar una lista bizantina de programas, subsidios y concesiones impositivas especiales. En un caso en el Departamento de Estado, el informe indica que docenas de embajadas de Estados Unidos no tienen servicio de correo electrónico (contando todavía con el servicio cablegráfico de tiempos de la Segunda Guerra), por lo que los gobiernos extranjeros prefieren comunicarse directamente con Washington. Uno, entonces, se pregunta ¿qué utilidad tienen esos embajadores y sus cientos de empleados regados por todo el mundo?
Pero esta comedia de errores no sólo produce risa. Crea también graves problemas para los ciudadanos que dependen del gobierno para cosas tan diferentes como recibir su cheque de pensión del Seguro Social o aterrizar con seguridad en algún aeropuerto. Además, el gobierno tiene información confidencial sobre todos nosotros y los investigadores han constatado la facilidad con que delincuentes roban esa información de las computadoras del Impuesto Sobre la Renta y del Seguro Social.
Los congresistas tendrían que cortarle los fondos a las agencias que no pasan un examen de auditoría.
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AIPEMichael Franc es vicepresidente de relaciones gubernamentales de Heritage Foundation, instituto privado de estudios públicos.