Al analizar en qué gastan, muchos de los rubros no se justifican socialmente y afloran derroches y desvíos. Aunque contablemente muchos de esos recursos se encuentran justificados, no se ve por ningún lado su beneficio, productividad o impacto social.
Ninguna de las dependencias a las que les sobró dinero en el año 99 y en el 2000, presentó un presupuesto donde pida menos para el 2001. Todos piden más aunque realmente no lo necesiten. El mejor programador de un presupuesto parece ser quien tiene más inteligencia para inventar funciones y necesidades, que parezcan indispensables para recibir así más recursos.
La principal causa de ese constante pedir de los funcionarios es que no es su dinero el que gastan, sino el de todos, del pueblo, conceptos vagos e indeterminados, que les permite disponer de un dinero que pareciera venir de la luna o de millones de anónimos contribuyentes, cuyas caras y esfuerzos para generar esos recursos no conocen. Los mismos que gastan irresponsablemente el dinero del erario en el sector público, cuidan y ahorran el dinero que ellos ganan. Hay una enorme diferencia entre gastar mi dinero y el dinero de todos o del pueblo.
Hace poco conversé con un acaudalado empresario de Veracruz que vive modesta y discretamente. Cuando lo cuestioné sobre por qué trabajaba tanto y gasta tan poco, me dijo "cada peso que cuesta mucho trabajo ganar, cuesta mucho trabajo gastar" Parafraseando al empresario veracruzano, cuando no cuesta trabajo ponerle la mano al dinero, tampoco cuesta trabajo gastarlo. Esa sentencia no sólo se aplica a los narcotraficantes que manejan grandes fortunas sino también a la mayoría de los funcionarios públicos, quienes tienen a su disposición millones de pesos, que no les costó trabajo obtener y, por lo tanto, tampoco les cuesta ningún trabajo gastar.
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AIPELuis Pazos es director del
Centro de Investigaciones sobre la Libre Empresa de México.