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6 de Abril de 2001

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AL MICROSCOPIO

Del átomo a la peseta

Por Jorge Alcalde

Coinciden entre las novedades editoriales de estos días dos obras antípodas entre sí pero de cuya lectura se desprende una reflexión común que tiene que ver con la ciencia y con los hombres. Me refiero a ”Del hacha al chip”, de James Burke y Robert Ornstein (Planeta) y “La ilusión neoliberal”, de René Passet (Debate). Vaya por delante que la primera es un delicioso ensayo de divulgación sobre la historia de los ingenios y la segunda la simple exposición de una idea que pretende ser crítica sostenible al pensamiento liberal, aunque no siempre lo consigue.
Pero, como doctores tiene la Iglesia, yo me limitaré a exponer un fundamento troncal que asalta al lector desapasionado de ambas, sobre todo cuando este lector es amante de las ciencias y de la técnica. Tanto Passet como Burke/Ornstein defienden la importancia de las ciencias en el desarrollo, no sólo de la historia y de la organización social, sino incluso de nuestra forma de pensar. Una importancia que, según ellos, va más allá de la mera confección de sistemas de pensamiento y llega a influencias clave en el desarrollo de nuestras relaciones con la naturaleza y con los demás seres humanos. Y la economía no es ajena a esta influencia. De un modo, a veces sutil, a veces evidente, el avance de nuestro conocimiento del mundo se engarza con la evolución de las teorías económicas para completar el diseño de nuestra opción vital.

Pensemos, por ejemplo, en la evolución del uso que el hombre ha hecho de la energía. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los humanos se limitaron a tomar del Sol lo que éste les ofrecía. La energía solar avivadora del fitopláncton, base de la cadena trófica planetaria, se transforma en proteínas alimenticias en el seno de las plantas clorofílicas. Esa energía pasa al estómago de los rumiantes para que puedan gastarla en el trabajo al servicio de los humanos (arados, transporte). Como dijo Bacon “para dominar a la naturaleza, el hombre debe plegarse a ella”. Sería más cómodo obtener esa energía directamente del Sol, abriendo la boca para que los fotones nos alimenten y nos den fuerza. Pero no podemos: estamos obligados a comer fotones energéticos en forma de filete de buey, O, al menos, lo estábamos en esta primera fase de la evolución de las sociedades, cuando nuestros ancestros pasaron de ser nómadas recolectores de fruta a sedentarios ganaderos, alfareros y agricultores.

Esa dependencia del orden natural impuso una cosmovisión muy concreta. El hombre trataba de entender por qué las cosas eran como eran. Los sabios se dedicaban a buscar el diseño primero, la inspiración natural, el mecanismo del reloj universal. Precisamente, la metáfora de entender el cosmos como un reloj es la base de buena parte de la ciencia hasta el siglo XVIII. Newton, el máximo representante de esta primera etapa del ingenio, accedía al secreto con su formulación de las leyes de gravitación universal. Había descubierto la maquinaria íntima del cosmos. Su intención no era controlar la naturaleza, sino entenderla. No en vano, con su empeño pretendía describir el plan de creación divina del que nació todo: los esquemas del Dios arquitecto. Y su propuesta funcionaba.

En 1846 (ya entrada lo que luego llamaremos segunda fase en la evolución del ingenio) Le Verrier descubrió Neptuno aplicando las leyes newtonianas. A esta concepción mecánica de las cosas también le corresponde una economía “mecanicista”. Véase, por ejemplo, con qué elegancia inserta las leyes de Newton en sus teorías Adam Smith, creador de una concepción “gravitatoria” de
los precios o cómo Leon Walras compara al universo económico en esplendor y complejidad con el universo cósmico.

Pero la ciencia iba pronto a dejar de servir al hombre el modelo elegante y funcional de un reloj universal. En la búsqueda de energía para el trabajo, la tecnología aporta en el siglo XVIII el germen de la máquina de vapor, un producto en el que la materia prima (el carbón, por ejemplo) se transforma en trabajo no mediante su asimilación (como en el caso del sol) sino mediante su destrucción. El carbón deja de ser carbón cuando deviene ceniza y humo. A pesar de que todas sus moléculas perduran en el humo y la ceniza. De la ceniza, jamás podrá volver a componerse el carbón. Surge el principio de entropía, la base de la termodinámica. Todo sistema tiende inevitable y lentamente a su desorden, a su destrucción. Los astros son cuerpos celestes que, no sólo funcionan según una maquinaria perfecta, también se gastan. Igual que se gastan los combustibles fósiles herederos de la era del vapor. Para crear, hay que destruir. La naturaleza tendrá un fin, una muerte fría.

Es este cambio de postura ante el cosmos lo que permite que aparezcan las teorías de la expansión del cosmos de Edwin Hubble: el universo no es estable, tuvo un principio y tendrá un final, nace la idea de Big Bang. O, sin ir más lejos, lo que está en el sustrato de la teoría evolucionista de Darwin: los seres se mezclan, nacen y mueren para crear nuevos seres. Todos proceden de un tronco común. La vida evoluciona.

René Passet nos demuestra que, Marx y Engles eran, nada más y nada menos, deudores de este concepto entrópico de la naturaleza, y analizan la autodestrucción del capitalismo en términos que no hubieran sido posibles sin el salto intelectual que supuso el estudio de la degradación termodinámica. Pero no supieron prever que el propio sistema que ellos crearon autoaplicaría sus leyes destructoras con tanta celeridad. Una vez más la ciencia inspira a la economía (¿o es la revés?, ¿o es a la vez?).

Vivimos ahora en una tercera fase de la evolución de las ideas. Si la primera procedía de la mecánica (Newton) y la segunda de la relación destrucción/evolución (Darwin), esta tercera nace de la relatividad (Einstein) y camina hacia el caos (Manderbrot). Entre el modo en el que funciona la naturaleza y el modo en que evoluciona faltaba una pregunta aún no formulada: ¿qué es la naturaleza? La pregunta es aún más eficaz si se formula al modo que lo han hecho científicos como Schröedingero Margullis: ¿qué es la vida?

Hoy nos dicen los sabios que la vida es, sobre todo, organización. Es un imperativo cósmico de la materia, surge cuando tiene oportunidad y siempre que se cumplan unos requisitos mínimos. Da igual que sea en el plácido lecho de un mar caribeño o en el inhóspito centro de un volcán o en las proximidades de un bidón de residuos radiactivos. Los ladrillos de la materia, cuando se disponen de una determinada manera, fabrican moléculas que tienden a autoorganizarse en células primitivas. La vida es un proceso regulado.

A esta concepción del cosmos, ¿le corresponde también una idea económica? ¿Es el mercado, como la vida, un sistema que se autoorganiza siempre que se respeten sus leyes mínimas? ¿Y es el efecto de esa autoorganización (y por ende del respeto a sus leyes) la tendencia inevitable hacia la eficacia, hacia el bienestar? Quizás haga falta pasar a la cuarta fase del ingenio humano para contestar a estas preguntas. Pero parece evidente que la elección del modelo económico que hoy prevalece en el mundo desarrollado no es baladí. Puede que, consciente o inconscientemente, beba de las mismísimas fuentes de la ciencia. Porque el hombre que mira al cielo, el que se introduce en las entrañas de la materia a través del microscopio, el que derrama una lágrima de satisfacción sobre la carcasa inerte de un viejo fósil, es el mismo hombre que come, compra y realiza transacciones económicas. Es el mismo “homo economicus” que se organiza para ser un poco más feliz que ayer.

¡Ven cómo la ciencia es importante!
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