Cuando el 19 de junio me llamaron del hospital Doce de Octubre para decirme que al día siguiente debía ingresar, no podía yo suponer que al otro, es decir, el 21, me iban a meter ya en el quirófano. Por eso, llena de optimismo, además de los mínimos enseres personales que te permiten llevar a esos sitios (me refiero a los hospitales y a las cárceles) cargué con el ordenador portátil, con la malograda intención de cumplir con mis deberes para con este medio privilegiado.
Esto, contado así, induce a risa, pero sepan ustedes que en esa catedral del dolor, que es el citado hospital, había un lugar privilegiado desde el cual, de no haber pasado por el quirófano a la mañana siguiente, habría podido muy bien realizar mis honestos propósitos laborales. Me refiero a la Biblioteca, modélica y tal vez única en su género, magníficamente atendida por un bibliotecario de carrera, que prestaba y daba cobijo a un público lector mucho más numeroso de lo que, si nos atenemos a los informes sobre los hábitos de lectura, ni ustedes ni yo suponíamos.
Pues bien, esta biblioteca, que realiza tan loable labor prestando libros a todos los enfermos del hospital (y que yo tenía en mi misma planta 7ª, la de cirugía cardiaca), lleva mucho tiempo sin recibir subvención ni aporte bibliográfico alguno (es más divertido forrar la Puerta de Alcalá-mírala para mandar libros al tercer mundo que a un hospital de Villaverde Alto), según me confesó el amable e ilustrado responsable de la misma. Sencillamente, no hay presupuesto para tan insignificante misión.
No cabe duda de que las escasas migajas que le podrían caer están mucho mejor invertidas en mimar y cuidar (para luego matar, por supuesto) a los toros de lidia, para los que ha habido que recaudar a toda prisa la bonita suma de 2.000 millones de pesetas, llenando así de envidia comparativa no sólo a los ganaderos de otra índole –sin duda menos productiva- sino a los responsables de la política cultural de este país que, a este paso, van a ver reducidas a menos cero todas sus posibilidades de acción. La cultura que, según las promesas electorales del año pasado, iba a ser la más guapa del baile, corre ahora el peligro de quedarse, literalmente, para “torear en las afueras”.
Pero claro, los museos y las pequeñas bibliotecas como la del hospital Doce de Octubre de Madrid no son ni la mitad de sexys que las cornadas que les podrán caer en salva sea la parte a algunas de las miles de personas que acudirán en masa a todas las salvajadas toreras que cruzarán de costa a costa nuestra exquisita “piel de toro” a lo largo del mes de agosto.
En un luminoso artículo titulado “Cómo es de grande una nación”, doña Emilia Pardo Bazán analizaba la estrecha conexión que ha de existir entre todos los estamentos y fuerzas sociales para conseguir ese propósito: escritores, educadores, soldados, todos contribuyen a crear la imagen de la grandeza. ¡Cómo me acordé de ella cuando vi por televisión, que nuestras Fuerzas desfilaban el 14 de julio en París al ritmo de “toreador” de la ópera “Carmen” de Bizet, tirando por el suelo, de un capotazo, todo lo que personas como doña Emilia han intentado levantar! ¿Es que no podían haber tocado “Átame las zapatillas” o el himno de la Legión? Tanto Instituto Cervantes y tanta “imagen de España” para caer de nuevo, y estrepitosamente, en las garras del borroso holograma de Mérimée.