DRAGONES Y MAZMORRAS
De tal lengua tal astilla
Por Julia Escobar
¡Buena la ha armado el Rey diciendo que el castellano nunca fue una lengua de imposición! No voy a entrar a analizar la exactitud histórica de tal aserto, pues excede con mucho la intención de estos comentarios a vuela pluma, pero me gustaría saber si se puede entender por imposición el hecho de que por ejemplo los catalanes, pueblo de comerciantes, hayan preferido siempre utilizar el castellano, que es una lengua, también suya, de mucho más prestigio, difusión y por lo tanto bastante más ventajosa para sus suculentas transacciones comerciales que el catalán, relegado a veces voluntariamente, a lo largo de la historia, a la domesticidad y, escasamente, pero que muy escasamente, a la literatura. Precisamente, la imposición la han necesitado para que se utilice el catalán. ¡Y no hablemos de cuánta imposición ha hecho falta para que se utilice el vascuence! Bastante mayor de la que se reprocha al castellano.
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Pero como aquí todo el mundo vive de mitos y los mitos suelen tener efectos retroactivos, la idea de que durante el franquismo no se podía utilizar el catalán se ha extendido a toda la historia de esta lengua. No se podía utilizar como lengua institucional, pero yo he visto publicaciones perfectamente legales en catalán fechadas en los años cuarenta. Por supuesto, no eran comunicados oficiales (es cierto que hubo imposición) sino obras literarias pero ahí están, aunque quizás no hubiera mucho público que quisiera o pudiera leerlas.
Yo siento un respeto enorme por el catalán, lengua que pertenece al venerable tronco de las románicas (y que, a su vez, ha sido también lengua de imposición en otras regiones, no lo olvidemos, ¿o qué hizo Jaime I, el Conquistador, en Valencia?) pero supongo que habrá alguna razón (no impuesta por las armas ni por decretos) por la que el castellano, a través de la traducción, sigue siendo el vehículo principal de divulgación de las otras lenguas en todo el Mediterráneo, entre otras cosas de la literatura. Ya sé que decir esto no es políticamente correcto y puedo arrepentirme en el futuro pero correré el riesgo.
Y digo esto último porque, como apuntaba Ionesco en La cantante calva, la lingüística puede llevar a extremos de violencia impropios de una materia tan poco cruenta. Si no me creen, pregunten a Carlos Manzano, traductor de Céline y de Proust y de muchos otros autores de lengua francesa e inglesa, que lleva varios años enzarzado en una cruzada casi quijotesca contra los desafueros lingüísticos, mandando, sin éxito y con paciencia proporcional a la magnitud de la causa, cartas y más cartas a los directores de los periódicos más señalados sobre los horrores y los errores que se cometen en la prensa española contra la lengua castellana, sin duda alguna por impuesta, imperfectamente utilizada. Últimamente Manzano ha decidido ampliar el campo de batalla incluyendo en su objetivo (y buena falta hacía porque desde el magnífico libro de Julio César Santoyo titulado El delito de traducir nadie se había atrevido a hacer algo parecido) a los propios traductores. ¡Nunca lo hiciera! Con honrosas excepciones, el “colectivo” se le ha echado encima con una virulencia que demuestra los tristes extremos a los que ha llegado una profesión de la que se espera un mayor respeto por el instrumento con y para el que trabaja.
Como miembro de la lista a la se han enviado estas cartas, y por lo tanto como receptora de las mismas, me atrevo a reproducir un extracto en el que quedan claras algunas de las razones de la indignación corporativa:
“Pero entonces —escribe Carlos Manzano— ¿no somos los traductores literarios —junto con los escritores— los últimos custodios de la lengua española que empezaron a enseñarnos nuestras mamás —sobre todo las analfabetas o con escasos estudios, las maestras más excelsas— y cuyo conocimiento perfeccionamos leyendo a nuestros mejores escritores, el último reducto inexpugnable frente a la terrorífica “lucha de clases lingüística” iniciada tímidamente en la Transición y llevada después a su culminación y con la mayor desvergüenza por “El País” y los Gobiernos socialistas, que dejaron tantos aspectos de la sociedad española irreconocibles —por ejemplo, la educación secundaria: el mayor de sus numerosísimos delitos— con su supuesta “modernización”? Yo pensaba que sí.”
Yo también, Carlos, pero es evidente que no.

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