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1 de Diciembre de 2000

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DRAGONES Y MAZMORRAS

De sonetos y otros temas esotéricos

Por Julia Escobar

La editorial Xordica (Zaragoza) acaba de publicar un libro del escritor catalán Juan Perucho titulado El barón y las bestias del infierno que es, como todo lo que ha escrito este autor, una gozada. Perucho, como Néstor Lujan y los gallegos Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, con los que tiene afinidades archisabidas, mezcla fantasía y realidad a través de la erudición. También lo hizo Borges, pero sin menoscabo de los numerosísimos méritos literarios de este último, ellos le superan en esa materia.
La prueba es, como digo, este libro lleno de saberes inútiles, que son los más literarios y los más divertidos de todos los saberes posibles. Arropándose en numerosas autoridades y fuentes clásicas pero también recientes, Perucho nos cuenta por ejemplo como el barón de Maldá (da igual que sea real o inventado) tuvo a su servicio un homúnculo, nacido del huevo filosófico y llamado Zoror que, como le salió respondón, acabó siendo enviado a la luna. Casi un siglo después el barón era auxiliado en sus prácticas esotéricas por dos perros diabólicos. Otra historia muy sabrosa es la de la vida y obra del filólogo catalán y diputado por Cataluña en las Cortes Generales y Extraordinarias, Antonio de Capmany y Montpalau. En su lecho de muerte fue asistido por un franciscano que al ver que una vez recibido el viático venían unos amigos a visitarle, le espetó: no es ahora tiempo de distraerse, a lo que don Antonio, filólogo hasta la sepultura, replicó: son ustedes oradores y no hablan con propiedad: tiempo lo es siempre, así pues diga usted mejor: no es oportuno distraerse, ahora no vienen al caso estas cosas, son preciosos estos instantesy, diciendo esto, expiró. Sus restos no descansaron precisamente en paz porque conoció al menos tres entierros sin que ninguno de ello parezca ser el verdadero. Entre las bestias del infierno, además de los auxiliares del barón, no hay que olvidar a la misteriosa Letízia de Beaumont, dama francesa que encandiló a lo mejorcito de la sociedad catalana y que desapareció dejando por único rastro una muñeca diabólica.

Perucho, Cunqueiro y Castroviejo no han sido nunca escritores de masas, sino de culto y la decadencia del lenguaje y de la cultura los van relegando a regiones que rayan en lo esotérico. Aunque esotérico es ya cualquier cosa. Por ejemplo, un soneto. Me han contado que cierta presentadora de televisión y locutora de radio le pidió a un poeta que recitara un soneto ante el micrófono y como éste se negara insistió ella: Sí, por favor, aunque sea uno cortito. También una alta dama, benefactora de la cultura, le pidió insistentemente a un grupo de cuatro músicos que tocara un quinteto. Mala cosa es que te pase eso porque si corriges al torpe, pasarás por pedante y si no lo haces, puedes parecer tan ignorante como él.

El que no se corta un pelo a la hora de enmendar errores es el secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca, que en una entrevista de esas que el entrevistador pretende lapidarias, publicada en El Cultural, del diario El Mundo, da un baño de precisión lingüística a Nuria Azancot. Hay cosas muy interesantes en esta entrevista. Por ejemplo cuando Azancot le quiere pillar y le pregunta por "la ley del precio fijo”, de Cuenca contesta (y se puede ver la sonrisa): “El precio fijo sigue vigente. No sé si refiere usted al tema del descuento libre en los libros de texto…”. Olvidándose de que está hablando con un filólogo, y acerado por añadidura, la periodista vuelve a disparatar: “Lo del Real empieza a ser un sainete: ¿con estrambote?" y de Cuenca solícito le advierte: "Ojo, que no son los sainetes sino los sonetos, y sólo algunos, los que llevan estrambote”. ¿Ven como lo del soneto se ha convertido ya en algo realmente esotérico?
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