CRóNICAS COSMOPOLITAS
De proletario a funcionario
Por Carlos Semprún Maura
Los verdaderos aficionados a la novela policíaca saben que desde sus orígenes, y curiosamente, los policías no son casi nunca los protagonistas de dichas historias. Como siempre, hay excepciones como la del comisario Jules Maigret del belga Simenon o la del comandante Adam Dalgliesh, de la británica P.D. James ( curioso policía este ya que escribe poemas). Pero desde Gonan Doyle y su famoso Sherlock Holmes ( personalmente me parece discutible situar a Edgar Allan Poe entre los fundadores de esta tradición aunque algunos lo hagan) los policías, comisarios, inspectores-jefe, sargentos, etc, por lo general son o simpáticos, o imbéciles, o facinerosos cómplices de la mafia, de los narcotraficantes y, sobre todo, de dirigentes políticos corruptos. Los protagonistas son detectives privados, periodistas, algún abogado, (Perry Mason) o ya claramente del bando opuesto: gangsters, ladrones, criminales (como en los libros de W. Burnett, D. Westlake, Ch. Williams y varios otros autores de novela “negra” norteamericana.
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Hasta en las novelas de la famosa y “conservadora” Agatha Christie los protagonistas, o sea, los que descubren a los asesinos, ya que siempre hay crímenes, son el ridículo y genial detective privado belga Hercules Poirot o la diabólica y angelical miss Marple mientras que todos los policías de esta escritora serán honestos, pero no descubren nunca nada. Deprisa y corriendo se puede decir que lo que se ha venido calificando de “novela policíaca” tiene dos corrientes principales: las de enigma y las de acción. En ambos géneros dominan, sin discusión posible, los escritores anglosajones.
Los precursores de la actual novela “negra” norteamericana, D. Hammett y R. Chandler, para citar sólo a dos, supieron unir los dos géneros: enigma y acción, y sus protagonistas, Sam Spade y Philip Marlowe son detectives privados bastante alcohólicos, mujeriegos, sin demasiados escrúpulos ni respeto a la ley, pero que siempre triunfan al final.
Aunque lo parezca, no estoy escribiendo un prólogo a una historia de la novela policíaca sino señalando un hecho que me parece políticamente repelente: la aparición del policía de extrema izquierda como “héroe positivo”. Este es un dato reciente y muy simbólico, a mi modo de ver. Porque si en la tradición, aunque muy minoritariamente, aparecían policías justos y bondadosos o incluso, como en las novelas de Ed. Mc Bain, un héroe a la vez positivo y colectivo, o sea una comisaria y no un comisario en la que todos los inspectores no sólo son angelicales sino políticamente correctos, antirracistas, etc; lo cual constituye una mezcla de progresismo y conservadurismo repulsiva y para más inri, son novelas entretenidas, escritas con soltura.
El fenómeno al que me refiero es de otra índole y si no fuera totalmente ridículo sería asqueroso. La muy reciente aparición del policía comunista o de extrema izquierda como héroe positivo que lucha a la vez contra el hampa, el Gran Capital, sí, con mayúsculas, el poder político corrupto y en muchos casos, claramente identificado, el neoliberalismo, culpable de todos los crímenes e injusticias habidas y por haber, constituye una corriente en auge en Francia o en todo caso yo, viviendo en París, lo he notado aquí primero, pero no es un fenómeno exclusivamente francés.
Daré un solo ejemplo: en la célebre colección “Serie noire”, fundada por Marcel Duhamel que se dedicaba durante años lo mejor de la literatura “negra” anglosajona, sobre todo, norteamericana, ha habido estos últimos años un doble cambio de orientación: prioridad a los autores franceses, por aquello de su creciente chevinismo de nación venida a menos, y prioridad a los autores franceses progres como Didier Daeninckx y Jean-Claude Izze, perfectos ejemplos de la novela policíaca progre antiliberal.
Desde luego hay cosas más graves en el mundo, y en Francia, pero quería resaltar la simbólica desaparición en la literatura popular del proletario en beneficio del funcionario. El policía es el arquetipo del funcionario y además, su profesión permite hablar de pistolas, muertes y atracos, lo cual siempre resulta entretenido. Esta desaparición del proletario en beneficio del funcionario se refleja en las luchas sindicales y políticas europeas, y muy concretamente, en Francia, pero también, por ejemplo, en la campaña electoral de Ralph Nader en USA con su condena a todo lo que sea “privado” y su exaltación demagógica del “sector público”.
Lo curioso es que la literatura popular policíaca refleja lo mismo, la constatación implícita de que el proletariado constituye una especie en vías de desaparición, aniquilada por las nuevas tecnologías. El hecho de que el proletariado, o su desaparición, tenga algo que ver con la novela policíaca es, desde luego, cosa muy reciente aunque algunos vieron en cierta corriente de la novela “negra” norteamericana como una resurrección de la picaresca (sí, la nuestra) que, de forma festiva y brutal contenía algo de crítica social. Todo esto se ha venido abajo con la tétrica aparición del policía como “héroe positivo”. No cualquier policía, claro, el policía comunista, lo cual si me recuerdan episodios recientes de la historia contemporánea, produce escalofríos.
Bien sabido es que la noción de proletariado es esencialmente marxista. Carlos Marx definió muy precisamente no sólo su destino histórico y su papel mesiánico revolucionario sino también su organización interna. Lo definía como una jerarquía de tipo militar con su vanguardia compuesta de obreros industriales, mineros, metalúrgicos, etc, su masa de maniobra, campesinos pobres, artesanos, empleados, y su tétrica retaguardia calificada por él de lumpen-proletariado, la chusma, vaya. En cambio, los socialistas, tildados por los marxistas de utópicos (Bakunin, el príncipe Kropotkin) y los anarquistas en general, no aceptaban dicha jerarquía. Para ellos eran todos los explotados, los pobres, fueran obreros, campesinos o artesanos, los que tenían que “romper sus cadenas”. Pero la paulatina desaparición del proletariado en el mundo laboral y la ideología de la socialburocracia y su sustitución por el Estado/Dios y su burocracia, como palanca histórica, no de la transformación social sino de la lucha contra el neoliberalismo, ha parido el repelente engendro del policía comunista como héroe positivo.
Si en la literatura del universo totalitario el partido exigía una cuota de obreros industriales de vanguardia como héroes de novela, en la literatura de comunión marxista de los países occidentales ese dogmatismo se suavizaba; los protagonistas podían ser, desde luego, obreros, con una predilección por los mineros por influencia, tal vez, de la pésima novela de Zola”Germinal”, pero no únicamente campesinos sin tierra; humildes empleados, artesanos, intelectuales y estudiantes, podían ser los héroes de esa literatura progresista, por lo general soporífera, pero jamás un policía, incluso comunista. Este dato, por ínfimo que sea, confirma la decadencia de los valores de la izquierda pseudo revolucionaria.
Terminaré relatando un mini-escándalo: antes de morir, recientemente, Jean-Claude Izze, uno de esos autores de novelas policíacas progres con bastante éxito que había creado el personaje del policía comunista Fabio Montale, había vendido los derechos de adaptación de sus novelas para la televisión al productor Jean-Pierra Guerin. Éste ha propuesto al célebre Alain Delon el papel de Montale, que lo ha aceptado. Pero he aquí que la peña de hinchas fanáticos del autor difunto, empezando por su propio hijo Sebastien (la viuda es mucho más discreta), arremeten contra el proyecto de que un actor “de derechas” interprete el papel de un policía “de izquierdas”. Lo consideran sacrílego y exigen a voz en grito -y en la prensa- que se cambie el reparto. ¿En qué mundo vivimos?.