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22 de Junio de 2001

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AL MICROSCOPIO

De brokers con prozac y otros seres felices

Por Jorge Alcalde

A veces, el problema de la ciencia es que le cuesta cada vez más ser original. Lo apuntó John Horgan en 1999 con su controvertido libro El fin de la ciencia y casi lo lapidan en la plaza pública de los medios de comunicación por ello. Su tesis era que los grandes logros del saber humano ya han sido conseguidos y que a la investigación de vanguardia sólo le queda la tarea de ajuste fino, de pulido de las teorías ya establecidas. Para Horgan ya no puede haber más newtons, darwins ni einsteins, porque ellos dieron en el clavo antes que nadie. Ni podrán volverse a plantear teorías tan revolucionarias y trascendentes como la física cuántica o la descripción de la estructura de doble hélice del ADN.
Horgan escribió esto un par de años antes de que se secuenciara completamente el genoma humano, de que se pesara la masa de los neutrinos o de que se establecieran las bases de las terapias con células madre, tres hitos que vienen a desmentirle. Pero no dejaba de tener cierta razón en algo: es difícil encontrar investigaciones verdaderamente originales entre la mar océana de tesis dedicadas a las consabidas genética, física de partículas y astronomía. ¿O no?

Un vistazo algo más paciente a las publicaciones científicas arroja algunas sorpresas agradables. Ahí está por ejemplo, el doctor Randolph M. Nesse, psiquiatra de la Universidad de Michigan empeñado en desperezarnos con una suculenta teoría sobre el comportamiento de los mercados. Según él, la realidad volátil de los nuevos mercados de valores no se debe a la inestabilidad de las compañías tecnológicas, a las corrientes especulativas o a la falta de experiencia de la generación de babyboomers en cuestiones de crisis severas. La verdadera razón de que la bolsa parezca comportarse de manera especialmente ciclotímica es que el cerebro de los inversores está cambiando. Nesse se basa en los datos sobre prescripción de medicamentos psicoactivos en Estados Unidos (que han pasado de 131 millones de unidades en 1988 a 233 millones en 1999). El mercado de antidepresivos en ese país mueve cerca de 6.500 millones de dólares cada año. El psiquiatra de Michigan ha tratado de averiguar cuántos inversores, brokers y analistas de bolsa se encuentran entre los 20 millones de estadounidenses que afirman haber consumido drogas de este tipo de manera continuada. Teniendo en cuenta que los urbanitas, bien situados económicamente y estresados son los clientes más habituales de estimulantes y píldoras como el Prozac, Nesse considera que no sería demasiado exagerado decir que uno de cada cuatro individuos que pisan cada día el parqué de la bolsa de Nueva York llevan una caja de medicamentos reguladores del estado de ánimo en el bolsillo. ¿Qué efectos puede tener este consumo sobre la evolución de los mercados? ¿Serían las mismas las decisiones de compra y venta sin el apoyo del Prozac o de los compuestos de paroxetina? Nesse cree que, si puede demostrar que la cautela inversora es inhibida sistemáticamente por el acopio de fármacos euforizantes, habría dado con una clave para desentrañar los misterios de las burbujas financieras.

¿Original, verdad? Pues no se pierdan otro trabajo, en este caso del afamado psicólogo de Londres Geoffrey Miller, sobre la felicidad. Sus resultados indican que en el mundo desarrollado, casi todos los ciudadanos se declaran felices el 90 por 100 del tiempo y que la inmensa mayoría de los mortales tendemos a considerarnos más afortunados que la gente que nos rodea. Además, ha encontrado que las diferencias de sentimiento de felicidad entre los individuos tienen un sesgo hereditario (los hijos de los más felices son más felices) y que la cantidad de felicidad de una determinada persona es muy difícil de variar: los grandes acontecimientos positivos o negativos en la vida (que te toque la lotería o que se muera un ser querido, por ejemplo) sólo afectan al grado de felicidad durante un periodo de tiempo no superior a 1 año. Es decir, la sensación de ser feliz es muy estable.

Estos hallazgos en realidad son muy poco coherentes con la idea popular y mediática de la felicidad. Solemos creer que uno puede hace algo para ser más feliz, que puede ayudar a los demás a ser felices o que la felicidad se puede comprar. En realidad, el bienestar personal es algo tan arraigado en nuestro comportamiento que difícilmente nada puede elevarlo o devaluarlo. Por eso, Miller propone, por supuesto en broma, que los anuncios de coches, de perfumes o de viajes en la televisión lleven una leyenda que alerte: "estudios científicos recientes demuestran que este producto puede elevar su percepción subjetiva de la felicidad sólo durante un corto periodo de tiempo, pero no mejorará su confort a largo plazo".

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero este tipo de ciencia a mí me parece muy divertida y, sobre todo, nos sirve para demostrar que en estas cosas de la investigación hay algo más que genes, estaciones espaciales y átomos. Seguiremos rastreando.
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