![]() | Hoy, 24 de noviembre de 2009, en que, como diría Vallejo, proso estas líneas, se cumplen ciento cincuenta años de la aparición de El origen de las especies, un libro tan influyente como El Capital de Marx, La interpretación de los sueños de Freud o, en el plano hispánico, el Facundo de Sarmiento o La rebelión de las masas de Ortega.
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Vamos, como si lo hubiese escrito ayer, o la semana pasada, o en 1930. Como anota Naifleisch en su correo, aquéllosDurante los últimos seis meses, he tenido la oportunidad de apreciar en algo la manera de ser de los habitantes de estas provincias [del Plata].
Los gauchos u hombres de campo son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia.
La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará.
Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino... Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad. (Un viajero no tiene otra protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que principalmente impide que haya más robos).
Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa. Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza. El concepto de honor no se comprende; ni éste, ni sentimientos generosos, resabios de caballerosidad, lograron sobrevivir el largo pasaje del Atlántico.
Si hubiese leído estas opiniones hace un año, me hubiese acusado de intolerancia: ahora no lo hago. Todo el que tiene una buena oportunidad de juzgar piensa lo mismo.
En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio. Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: "Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso".
El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador.
(...) eran años en los que el país había sido arrojado a la inmundicia, comenzando por el derrocamiento de[l presidente] Rivadavia, acaso el primer Golpe de Estado mediático que se conoce, con el nuncio papal como caudillo en las sombras. El pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Y allí se forjó un patrón de conducta que nunca abandonó a los argentinos, debilitado entre 1880 y 1930 –época de prosperidad, de la Argentina mítica–, en ascenso y pelea luego, volvió a ser hegemónico desde el peronismo del 74, el milicaje que lo refuerza a partir del 76-83, impasse... y ya es absoluto en el menemismo del 89 y hasta hoy. No se equivocaba Darwin, tiene en la Argentina más fuerza lo que la aleja de la civilización que lo que la acerca y la hace suya, denodadamente impotente.