MEDICINA Y SALUD
¡Cuidado con los antibióticos!
Por Enrique Coperías
Literalmente, los españoles nos atiborramos a antibióticos: consumimos una media de una tonelada de estos fármacos bactericidas al día. Se trata de una cantidad que nos sitúa a la cabeza de los países comunitarios por partida doble. Efectivamente, la elevada ingesta de antibióticos hace que también
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seamos el país con niveles de resistencia microbiana más elevada. Recordemos que esta resistencia es la facultad que poseen las bacterias para burlar la acción de uno, varios o todos los antibióticos conocidos.
Cada día, expertos en enfermedades infecciosas de cualquier ciudad se enfrentan al diagnóstico de un superagente bacteriano que se suma a los ya conocidos, como Pseudomonas, Neumococo, Staphylococcus, Acinetobacter, Haemofilus, Corynebacterium... La situación es tan preocupante que la
comisión de Sanidad del Senado español ha presentando una moción ante el pleno donde se insta al Gobierno a "impulsar las medidas necesarias para mejorar las condiciones en que se usan y consumen los medicamentos antibióticos en España".
En mayor o menor grado, la resistencia microbiana es un problema de salud pública que afecta a los cinco continentes. De hecho, la Organización Mundial de la Salud, la OMS, ha realizado este año un llamamiento a todos los países para contener la resistencia microbiana, en un informe que invita a los gobiernos a acometer una estrategia mundial destinada a frenar el crecimiento de las resistencias.
Sin duda alguna, los antibióticos se enfrentan hoy a una de sus peores crisis. En la batalla que los científicos sostienen contra las enfermedades infecciosas y, por consiguiente, contra las bacterias, estos fármacos son, junto con las vacunas, el arma más contundente que puede emplearse en la contienda. Ahora bien, corre el riesgo de quedarse obsoleta. Las razones son variadas. Su empleo demasiado intenso, tanto en medicina como en agricultura
y ganadería (los antibióticos son utilizados de forma ilegal en el engorde artificial del ganado), unido a las prescripciones no idóneas y a la automedicación, han provocado que las bacterias salgan airosas y reforzadas.
Voces pesimistas auguran que la proliferación de superbacterías insensibles a todo el arsenal terapéutico estaría a punto de anular cincuenta años de progresos en la lucha contra las enfermedades infecciosas. ¿Es esto lo que sucederá realmente?
Veamos. En primer lugar hay que decir que la resistencia es un fenómeno biológico natural. La mayoría de los antibióticos son derivados de sustancias naturales producidas por los hongos y bacterias del suelo. Debido a que intrínsecamente su actividad es baja, los químicos las modifican hasta lograr antimicrobianos sintéticos altamente eficaces. Las versiones naturales no son tóxicas para los microorganismos que las producen, ya que
éstos cuentan con un arsenal completo para defenderse de su acción nociva. Un arsenal que, según los biólogos, puede exportarse por vía genética de una bacteria a otra, incluso entre ejemplares de especies distintas. Así pues, la resistencia de las bacterias es un aspecto particular de su evolución natural, seleccionada bajo la presión de los productos antimicrobianos, tanto si se trata de antibióticos como de antisépticos y desinfectantes.
Que esto podía ser así ya fue sospechado poco después de que Fleming hallara en 1928 la penicilina, el primer antibiótico. Éste, que fue extraído del hongo penicilium, inhibía el crecimiento de las bacterias, al hacer añicos su pared protectora. Indiscutiblemente, el descubrimiento de Fleming desencadenó una revolución sanitaria sin precedentes en los anales de la medicina. Así dio comienzo la historia de la antibioterapia, que en su corta andadura ha dado lugar a la aparición de un amplio espectro de antibióticos para aplacar las enfermedades infecciosas: penicilinas, cefalosporinas,
macrólidos, aminoglucósidos, quinolonas y péptidos.
En 1947, dos años después de la comercialización del primer antibiótico, la penicilina G, los laboratorios detectaron que unas cepas de estafilococos -un tipo de bacterias- producían unas sustancias que la degradaban. La carrera de la resistencia había dado el pistoletazo de salida. Hoy, el fenómeno es mundial e incluye todos los gérmenes patógenos para el ser humano y todas las clases de antibióticos. No sólo afecta a los países ricos, cuyos habitantes pueden acceder fácilmente a estos fármacos y abusar de su prescripción, sino que también a los más pobres, que acumulan factores agravantes: una vez que surgen, las superbacterias se multiplican y, a falta de tratamientos apropiados, se vuelven endémicas. Con una visión más real que sus predecesores, los microbiólogos son conscientes de que se
enfrentan a un problema de difícil solución. Para cada nueva forma de resistencia, la industria farmacéutica es incapaz de ofrecer un nuevo antibiótico. De hecho, desde hace un cuarto de siglo, los laboratorios no han logrado comercializar ninguna clase nueva de estos fármacos, o sea, ninguna capaz de atacar una nueva bacteria.
Es una realidad que asusta. Hoy por hoy, ni el medio centenar de
penicilinas, ni las 10 tetraciclinas, ni la docena de macrólidos,
cefalosporinas y otros antibióticos comercializados son suficientes para el control de las infecciones que, dicho sea de paso, constituyen la principal causa de morbilidad en nuestro país. Hay cepas de agentes patógenos capaces de resistir todo el espectro antibiótico. De ahí que voces autorizadas susurren la posibilidad real de volver a la era anterior a los antibióticos donde las infecciones como el sarampión, la neumonía y la tuberculosis
diezmaron la población, con una mortalidad muy superior a los fallecimientos que se produjeron en las dos guerras.
Incluso las ilusiones de los más esperanzados se tambalean como un castillo de naipes empujado por una corriente de aire, sobre todo a causa de dos hechos acontecidos durante esta última década. Por un lado, nuevas especies de bacterias se han hecho resistentes y, por otro, la multirresistencia, es decir, la inmunidad a más de un antibiótico, se ha extendido más allá de los hospitales. Efectivamente, durante mucho tiempo la resistencia bacteriana
fue un problema circunscrito al ámbito hospitalario. Era la responsable de las denominadas infecciones nosocomiales. No cabe duda de que los centros sanitarios son un ecosistema particularmente idóneo para la estancia de los microbios. La presión de selección hacia la resistencia resulta muy elevada: se emplean muchos antibióticos para prevenir y tratar las infecciones, y la diseminación de las resistencias se ve favorecida por la alta densidad de enfermedades infecciosas, los desplazamientos y los actos terapéuticos del personal sanitario. El hospital se convierte en un hotel de cinco estrellas incluso para agentes en principio poco patógenos, llamados oportunistas o comensales. Éstos aprovechan la debilidad de los pacientes y las heridas para llevar a cabo su particular invasión.
Pero como ya se ha comentado, el problema de la resistencia bacteriana va más allá de los muros del hospital. Los antibióticos se cuentan entre los más consumidos, al menos por los españoles. Se estima que más del 88 por 100 de la población utiliza un antibiótico al menos una vez al año. De este consumo, un informe hecho por la OMS señala que cerca del 80 por 100 podría
evitarse. En opinión de los expertos, dos son los factores que influyen en el consumo innecesario: la confusión popular que existe entre bacterias y virus, y la automedicación.
Los virus y las bacterias sólo tienen en común que son invisibles para nuestros ojos. Unos y otros actúan de formas distintas, provocan enfermedades diferentes y se combaten con fármacos distintos. La población en general no es consciente de que la gripe y el catarro, que son producidas por virus, no se deben combatir con antibióticos. Los virus se tratan con antivirales.
Ante los primeros síntomas de un resfriado, los pacientes suelen echar mano de un antibiótico, ya que consideran que estos medicamentos les permitirán encontrarse bien en pocos días. Se trata de un grave error. Los antibióticos ingeridos como antigripales no ejercen ninguna actividad, y la mejoría o el alivio que puede sentir la persona se explica en muchas ocasiones por la evolución natural de la gripe.
Generalmente, el tratamiento erróneo de una dolencia infecciosa es producto de la automedicación, una práctica muy extendida en España. Las autoridades sanitarias estiman que el 30 por 100 de los antibióticos se consumen sin acudir previamente al médico. Este hábito está ampliamente extendido en las personas de entre 30 y 40 años. "Se trata de usuarios que han recibido información puntual a través de los medios de comunicación sobre salud y se
sienten capacitados para tomar decisiones. No consideran que la información de la que disponen es sesgada y desconocen qué posología es la adecuada, su dosificación y la duración del tratamiento. Es por ello por lo que no son conscientes de los peligros que pueden ocasionar para la salud", explica el doctor José Prieto, profesor de Microbiología de la Universidad Complutense.
Los automedicados no son los únicos que allanan el campo para que las bacterias campen a sus anchas, como veremos más adelante, sino que algunos que acuden a consulta también contribuyen a agudizar el problema. Desde hace unos años, los médicos vienen denunciando la presión que ejerce el paciente
sobre ellos para lograr la prescripción de un medicamento determinado, sin motivo alguno. Una vez más, los españoles nos encontramos a la cabeza respecto a esta práctica. Según ha demostrado un estudio internacional, el 30 por 100 de las prescripciones del galeno se realizan por la insistencia del enfermo.
Estos malos hábitos van parejos a un tercero: el incumplimiento del
tratamiento. Numerosos estudios indican que los pacientes tienden a abandonar el tratamiento justo cuando desaparecen los síntomas de la infección. Ahora bien, la mejoría no es señal de que las bacterias hayan sido completamente eliminadas: es un hecho constatado que los microbios tardan más en desaparecer de nuestro cuerpo que los síntomas. Por eso es preciso que el tratamiento prescrito por el médico se siga a pies juntillas hasta el final. En el caso contrario, las bacterias que sobreviven se hacen
más resistentes, retrasan la rehabilitación del paciente y, lo que es más preocupante, hacen que brote la infección de forma más agresiva. En nuestro país, la tasa de incumplimiento de la terapia se sitúa en el 60 por 100. Se trata de una cifra muy elevada que podría obedecer a múltiples motivos: errores del paciente sobre indicaciones del médico, deficiencia en la comunicación entre ambos y, en otros casos, la propia complejidad de la terapia antimicrobiana, su duración prolongada y el elevado número de tomas al día.
Prueba de este incumplimiento y de la automedicación es la desmesurada cantidad de cajas de antibióticos a medio usar que almacenamos en nuestros hogares: el 42 por 100 de la población española afirma tener antibióticos guardados en el botiquín de casa. Se calcula que el coste de estos fármacos almacenados asciende a 5.000 millones de pesetas. Es por ello que las autoridades sanitarias deberían hacer un esfuerzo mayor por concienciar al ciudadano sobre los peligros que conlleva para su salud y la de los demás el uso irracional de los antibióticos. La falta de información se traduce en resistencia. En este caso, no son sólo los farmacéuticos quienes se frotan las manos. Ahí fuera están las bacterias esperando la menor oportunidad para darse un festín a nuestra costa.