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29 de Diciembre de 2000

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LECTURA DE NAVIDAD

Cuento de Jules Verne

Por Libertad Digital

Libertad Digital ofrece esta semana con motivo de la Navidad el cuento de Jules Verne "Frritt-Flacc", traducido por Miguel A. Navarrete. Forma parte de un volumen de cuentos de Jules Verne que se publicará próximamente en la Editorial Anaya.
Selección de Julia Escobar



FRRITT-FLACC


de


Jules Verne


* * *


© de la presente traducción: Miguel A. Navarrete




I


¡Frritt..! Es el viento que se desata.

¡Flacc..! Es la lluvia que cae a torrentes.

La ráfaga mugiente cimbrea los árboles de la costa volsina y va a romperse contra la falda de las montañas de Crimma. A lo largo del litoral, las olas del vasto mar de la Megalócride corroen las altas rocas.

¡Frritt..! ¡Flacc..!

Al fondo del puerto se esconde el pueblo de Luktrop. Unos centenares de casas de miradores verduscos que las defienden a duras penas contra los vientos del mar. Cuatro o cinco calles en cuesta, más barrancos que calles, enguijarradas, sucias de las escorias que arrojan los conos eruptivos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día, la presión interior se expande en forma de vapores sulfurosos. Durante la noche, constantemente, grandes vómitos de llamas. Como un faro, con un alcance de ciento cincuenta kertsas, el Vanglor señala el puerto de Luktrop a los buques de cabotaje, lúgrulas, gabarcas o faluces cuyas rodas hienden las aguas de la Megalócride.

Al otro lado del pueblo se amontonan algunas ruinas de la época crimeria. Más adelante, un barrio de aspecto árabe, una casbah, de paredes blancas, tejados redondeados y azoteas devoradas por el sol: una acumulación de piedras cúbicas, arrojadas al azar. Un auténtico montón de dados cuyos puntos se hubiesen borrado por la pátina del tiempo.

Entre otros, se observa el Seis-Cuatro, nombre dado a una extraña construcción que tiene seis aberturas en una cara y cuatro en la otra.

El pueblo está dominado por un campanario, el campanario cuadrado de Santa Filfilena, con sus campanas, suspendidas de los entrerrajes de los muros, que el huracán voltea a veces. Mala señal. En esos momentos, cunde el miedo entre los lugareños.

Así es Luktrop. Más allá, viviendas dispersas por el campo, entre el brezo y la retama, passim, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña.

¿Estamos en Francia? No lo sé. ¿En Europa? Lo ignoro.

Sea como sea, no busquéis Luktrop en los mapas, ni siquiera en el atlas de Stieler.



II


¡Froc..! La aldaba ha golpeado discretamente la estrecha puerta del Seis-Cuatro, en la esquina izquierda de la calle Messaglière. Es una de las casas más confortables, si esa palabra tiene algún valor en Luktrop; una de las más ricas, si ganar un año con otro unos miles de fretzers constituye la riqueza.

Al froc ha respondido uno de esos ladridos salvajes que encierra algo de aullido: lo que sería el ladrido de un lobo. Después, se abre una ventana encima de la puerta del Seis-Cuatro. «¡Al diablo con los importunos!» dice una voz de muy mal humor.

Una muchacha, tiritando bajo la lluvia, envuelta en una mala capa, pregunta si el doctor Trifulgás está en casa.

—¡Está o no está, según!
—Vengo por mi padre, que se está muriendo.
—¿Dónde se está muriendo?
—Por la parte de Val Karniú, a cuatro kertsas de aquí.
—¿Y se llama…?
—Vort Kartif.
—Vort Kartif… ¿el carraquinero?
—Sí, y si el doctor Trifulgás…
—¡El doctor Trifulgás no está!

Y la ventana se volvió a cerrar brutalmente, mientras que los Frritts del viento y los Flaccs de la lluvia se confundían en medio de un tableteo ensordecedor.



III


Un hombre duro, el doctor Trifulgás. Poco compasivo, no atendía a un enfermo si no cobraba en metálico y por adelantado. Su viejo Hurzof, cruce de bulldog y podenco, habría tenido mejor corazón que él. La casa del Seis-Cuatro, inhospitalaria para los pobres, sólo se abría para los ricos. Además, todo tenía su tarifa: tanto por una fiebre tifoidea, tanto por una congestión y tanto por una pericarditis y demás enfermedades que los médicos se inventan por docenas. Pero el carraquinero Vort Kartif era un pobre hombre, de una familia miserable. ¿Por qué se habría molestado el doctor Trifulgás en una noche como aquélla?

—¡Nada más que haberme hecho salir de la cama —murmuró volviendo a acostarse— ya valía diez fretzers!

Apenas habían pasado veinte minutos y la aldaba de hierro volvía a golpear la puerta del Seis-Cuatro.

Refunfuñando, el doctor salió de la cama y se asomó por la ventana:

—¿Quién va? —gritó.
—Soy la mujer de Vort Kartif.
—¿El carraquinero de Val Karniú?
—Sí, y si no viene usted, se morirá.
—Muy bien, ¡entonces será usted viuda!
—Aquí tiene veinte fretzers…
—¿Veinte fretzers por ir a Val Karniú, a cuatro kertsas de aquí?
—¡Se lo suplico!
—¡Al diablo!

Y la ventana se volvió a cerrar. ¡Veinte fretzers! ¡Menuda ganga! Arriesgarse a pillar un resfriado o unas agujetas por veinte fretzers, precisamente cuando a la mañana siguiente lo esperan a uno en Kiltrineo, en casa del rico Edzingov, el gotoso, a quien se le explota la gota a cincuenta fretzers por visita.

Con esta agradable perspectiva, el doctor Trifulgás volvió a dormirse más despiadado que antes.



IV


¡Frritt..! ¡Flacc..!, y después, ¡froc..!, ¡froc..!, ¡froc..!

Esta vez han acompañado a la ráfaga tres aldabonazos dados con una mano más decidida. El doctor dormía. Se despierta, ¡pero de qué humor! Al abrir la ventana, el huracán entra como un bote de metralla.

—Es por el carraquinero…
—¡Otra vez ese desgraciado!
—Soy su madre.
—¡Que su madre, su mujer y su hija revienten con él!
—Le ha dado un ataque.
—¡Pues que se defienda!
—Hemos conseguido un poco de dinero —continúa la abuela—: un anticipo por la casa, que hemos vendido al camondador Dontrup, de la calle Messaglière. ¡Si no viene usted, mi nieta se quedará sin padre, mi nuera sin marido y yo me quedaré sin hijo!

Era estremecedor y terrible oír la voz de aquella vieja, pensar que el viento le helaba la sangre en las venas y la lluvia la calaba hasta los huesos atravesando su cuerpo enjuto.

—¡Un ataque son doscientos fretzers! —respondió el despiadado Trifulgás.
—Sólo tenemos ciento veinte.
—¡Buenas noches!
Y la ventana se volvió a cerrar. Pero, pensándolo bien, ciento veinte fretzers por una hora y media de camino, más media hora de visita, siguen siendo sesenta fretzers por hora: un fretzer por minuto. Un beneficio escaso, pero nada despreciable.

En vez de regresar a la cama, el doctor se deslizó en su traje de valvellón, se hundió en sus grandes botas de agua, se enfundó su hopalanda de fustinela y, con el sueste en la cabeza y las manoplas en las manos, dejó la lámpara encendida, cerca de la Farmacopea, abierta por la página 197. Después, tras empujar la puerta del Seis-Cuatro, se detuvo en el umbral.

La vieja seguía allí, apoyada en su bastón, descarnada por sus ochenta años de miseria.

—¡Los ciento veinte fretzers!
—Aquí los tiene, ¡y que Dios le dé cien veces más!
—¡Dios! ¿Y quién ha visto de qué color es el dinero de Dios?

El doctor llamó a Hurzof con un silbido, le colgó un pequeño farol en el hocico y tomó el camino del mar.

La vieja seguía detrás.



V


¡Qué tiempo de Frritts y de Flaccs! Las campanas de Santa Filfilena voltean a causa de la borrasca. Mala señal. ¡Bah! El doctor Trifulgás no es supersticioso. No cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto por las ganancias que le procura. ¡Qué tiempo! Pero también, ¡qué camino! Guijarros y escoria: los guijarros, resbaladizos por los sargazos; las escorias, crepitando como el cagafierro. No hay más luz que el farol del perro Hurzof, vaga, vacilante. A veces, surgen llamaradas del Vanglor, en medio de las que parecen agitarse grandes siluetas grotescas. Nadie sabe con certeza qué hay en el fondo de esos cráteres insondables. Tal vez las almas del mundo subterráneo, que se volatilizan al salir.

El doctor y la vieja siguen el contorno de las ensenadas del litoral. El mar está blanco, de un blanco amoratado, un blanco de duelo, y centellea al desmoronarse contra la línea fosforescente de la resaca, que parece arrojar baldes de luciérnagas a la arena.

Los dos suben así hasta el desvío del camino, entre las dunas onduladas, donde la retama y el tojo retiñen como bayonetas que entrechocaran.

El perro se había acercado a su amo y parecía decirle:

—¡Ajá! ¡Ciento veinte fretzers para la caja fuerte! ¡Así es como se hace fortuna! ¡Más cepas para agrandar la viña! ¡Un plato más para la cena! ¡Más comida en la escudilla del fiel Hurzof! ¡Sanemos a los enfermos ricos y sangrémoslos… por su bolsa!

Al llegar allí, la vieja se detiene. Con la mano temblorosa señala en la oscuridad una luz rojiza. Es la casa de Vort Kartif, el carraquinero.

—¿Ésa es? —señala el doctor.
—Sí —responde la vieja.
—¡Jarrauaj! —ladra el perro Hurzof.

De repente, truena el Vanglor, estremecido hasta los contrafuertes de su base. Un haz de llamas fuliginosas asciende hasta el cénit, agujereando las nubes. El estampido ha derribado al doctor Trifulgás.

Jura como un cristiano, se levanta y mira.

La vieja ya no está a sus espaldas. ¿Habrá desaparecido en alguna grieta del suelo o se ha desvanecido a través del balanceo de las brumas?

El perro sigue ahí, erguido sobre sus patas traseras, con el hocico abierto y el farol apagado.

—¡Sigamos! —murmura el doctor Trifulgás.

El honrado doctor ha cobrado sus ciento veinte fretzers; ahora tiene que ganárselos.



VI


Sólo se ve un punto luminoso, a media kertsa. Es la lámpara del moribundo, del muerto tal vez. Sin duda, ésa es la casa del carraquinero. La anciana la ha señalado con el dedo. No hay error posible.

En medio del silbar de los Frritts, del crepitar de los Flaccs, en la barahúnda de la tormenta, el doctor Trifulgás camina apresurado.

A medida que avanza, la casa se distingue mejor, ya que está aislada en medio del páramo.

Es curioso observar cómo se parece a la del doctor, al Seis-Cuatro de Luktrop. La misma disposición de las ventanas en la fachada, la misma puertecita cimbrada.

El doctor Trifulgás avanza tan aprisa como lo permiten las ráfagas de viento. La puerta está entreabierta, sólo tiene que empujarla, la empuja, entra, y el viento la cierra a sus espaldas: brutalmente. El perro Hurzof, fuera, aúlla, callando a intervalos, como hacen los chantres entre los versículos de un salmo de las Cuarenta Horas.

¡Qué extraño! Se diría que el doctor Trifulgás ha regresado a su propia casa. Sin embargo, no se ha extraviado. No ha dado un rodeo. No hay duda de que está en Val Karniú y no en Luktrop. Y no obstante, el mismo pasillo bajo y abovedado, la misma escalera de caracol de madera, con una gruesa barandilla, gastada por el roce de las manos.

Sube. Llega al descansillo. Al pie de la puerta, se escapa una tenue luz, como en el Seis-Cuatro. ¿Será una alucinación? Envuelto en una luz vaga, reconoce su dormitorio, el canapé amarillo, a la derecha, el arca de madera de viejo peral, a la izquierda, la caja fuerte acorazada, donde pensaba colocar sus ciento veinte fretzers. Allí está su sillón de orejas de cuero, y también su mesa de patas retorcidas, y encima, junto a la lámpara agonizante, su Farmacopea, abierta por la página 197.

—Pero, ¿qué tengo? —murmura.

¿Qué tiene? Tiene miedo. Las pupilas se le han dilatado. Tiene el cuerpo como contraído, consumido. Un sudor helado le enfría la piel, por la que siente correr rápidas horripilaciones.

¡Date prisa! ¡Vamos! Sin aceite, la lámpara se apagará, y el moribundo también.

Sí, ahí está la cama, su cama de columnas, con dosel, igual de larga que de ancha, con las cortinas de grandes ramajes echadas. ¿Es posible que sea el camastro de un miserable carraquinero?

Con mano trémula, el doctor Trifulgás coge las cortinas. Las descorre, mira.

El moribundo, cuya cabeza asoma fuera de las mantas, está inmóvil, como si no le quedara más aliento. El doctor se inclina sobre él…

¡Ah! ¡Qué grito, al que responde, fuera, un siniestro ladrido del perro!

El moribundo no es el carraquinero Vort Kartif… ¡Es el doctor Trifulgás! Es a él a quien ha atacado la congestión, a él mismo. Una apoplejía cerebral con una brusca acumulación de serosidad en las cavidades del cerebro y la consiguiente parálisis del cuerpo en el lado opuesto al del lugar de la lesión.

¡Sí! Es por él por quien han mandado a buscarlo, por quien han pagado ciento veinte fretzers. Él, que, con el corazón de piedra, se negaba a atender al carraquinero pobre. ¡Él, quien va a morir!

El doctor Trifulgás parece enloquecer. Se siente perdido. Los accidentes aumentan a cada instante. No sólo se aniquilan todas las funciones de relación, sino que los latidos del corazón y la respiración van a cesar. Y, pese a todo, aún no ha perdido completamente la conciencia de sí mismo.

¿Qué hacer? ¿Disminuir la masa de la sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgás es hombre muerto, si vacila…

En aquella época aún se practicaban sangrías, y, como ahora, los médicos curaban de la apoplejía a todos los que no estaban destinados a morir de apoplejía.

El doctor Trifulgás coge su maletín, saca la lanceta, pincha la vena del brazo de su sosias: la sangre no llega al brazo. Le da enérgicas fricciones en el pecho: el movimiento del suyo se detiene. Le quema los pies con piedras calientes: los suyos se enfrían.

Su sosias se incorpora, se agita, lanza un estertor supremo…

Y el doctor Trifulgás, pese a todo lo que ha podido inspirarle la ciencia, se muere entre sus manos. ¡Frritt..! ¡Flacc..!



VII


Por la mañana, en la casa del Seis-Cuatro, sólo encontraron un cadáver, el del doctor Trifulgás. Lo metieron en el ataúd y lo llevaron con gran pompa al cementerio de Luktrop después de tantos a los que él había enviado como mandan los cánones.

Del viejo Hurzof, se cuenta que, desde ese día, recorre el páramo con el farol encendido, aullando como un perro extraviado.

No sé si será así, pero ocurren tantas cosas extrañas en ese rincón de Volsinia, precisamente alrededor de Luktrop.

Y os lo vuelvo a repetir, no busquéis ese pueblo en los mapas. Los mejores geógrafos no han podido ponerse de acuerdo todavía sobre su situación en latitud, y ni siquiera en longitud.
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