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LA IZQUIERDA Y LA LIBERTAD

Crónica de una infamia crónica

Las ideas no son inocentes. Ni las actitudes. Tienen raíces y, más importante aún, consecuencias. La primera batalla que debe ser librada, y ganada, tiene que ser entonces la batalla de las ideas (perdón por la terminología, tan manoseada por el castrismo).

Las ideas no son inocentes. Ni las actitudes. Tienen raíces y, más importante aún, consecuencias. La primera batalla que debe ser librada, y ganada, tiene que ser entonces la batalla de las ideas (perdón por la terminología, tan manoseada por el castrismo).
Fidel Castro, con su amigo Gabriel García Márquez.
No es casual que estos conceptos presidan el quehacer de los comunistas y de las izquierdas, en todo momento y circunstancias. Es sólo una contradicción aparente que aquellos que se han presentado como abanderados de una supuesta "concepción científico-materialista de la historia" sean los mismos que han entendido como nadie el papel de las ideas como condicionante de la historia. No por gusto los comunistas y su heteróclita parentela de izquierda se han dedicado durante décadas –por cierto, con notable éxito– a controlar los centros productores de ideas en el mundo. El "socialismo real" fracasó como proyecto de sociedad. El propósito de desbancar económica, científica y militarmente al capitalismo resultó finalmente en una bambolla colosal con un coste humano tan inmedible como silenciado. Pero el vicioso manejo de las mentes por sus retorcidas y tramposas ideas ha trascendido a su hundimiento como praxis.
 
La conocida tesis marxista de que la práctica es el criterio de la verdad se ha convertido en manos de intelectuales, académicos y políticos en su contrario. Para el pensamiento de izquierda, ya sea el más ortodoxo o el más descafeinado de la postmodernidad, la "práctica" es mentira en tanto contradiga a la “idea”. La prolija y abigarrada descendencia teórica de Marx, dueña de universidades, periódicos y editoriales, se ha inventado "deconstrucciones" y "relatividades" para sobrevivir. Así continúa ejerciendo su perversa influencia. La sociedad abierta, la libertad, los valores superiores que trabajosamente han ido formando parte de Occidente son sometidos constantemente al asedio de los múltiples virus mutantes del marxismo. Por eso los grandes desafíos que tenemos por delante, los peligros enormes a que nos enfrentamos, deben ser combatidos y derrotados, ante todo, en el campo de las ideas.
 
El dictador de Cuba, Fidel Castro.Lo anterior es válido también para el caso cubano. Y lo es en más de una dirección. El castrismo ha sido, desde aquellos tristes y engañosos albores de 1959, un referente –más o menos una variante– de las ideas y de la "praxis" marxista y de las izquierdas a escala planetaria. Y lo sigue siendo a pesar de su fracaso y de su horror. Lo es porque, nos guste o no, no ha sido derrotado en el campo de las ideas. Las ideas de esa heteróclita y abigarrada izquierda que siempre le encuentra justificaciones –también en el campo de la historia–, que siempre alcanza a ver "logros" y "progresos". Que siempre le encuentra aspectos "salvables". Que de un tiempo a esta parte se ve obligada a admitir "errores", pero que inalterablemente es proclive al disimulo y a la disculpa.
 
Los académicos, los intelectuales y los políticos descendientes del marxismo, incluidos los bastardos o putativos, son esclavos de su ancestro, y aún peleándose muestran coincidencias abrumadoras. Su insuperado pecado original les pierde. Y puede que nos pierda. Por eso debemos descubrirlos y combatirlos. Aquí nos jugamos nada menos que la libertad, y no nos valen declaradas –y probablemente ciertas– buenas intenciones; esas que, como se sabe, empedran el camino al infierno.
 
Si todas estas reflexiones son válidas para entender los complejos peligros y desafíos a que se enfrenta hoy Occidente, en el que esta heteróclita y abigarrada izquierda, conciente o no según qué casos, actúa como quintacolumnista con sus piadosos y melifluos mensajes pacifistas, "progresistas", multiculturalistas, altermundistas, y deconstructivos, relativistas y laxos en los terrenos de la historia, de la política, de la cultura y de la ética; son igualmente iluminadoras para comprender el tema cubano. Entre otras razones, porque el castrismo está insertado con mimbres dramáticos en el mismo centro del acontecer mundial en el último medio siglo, desempeñando un papel que desborda el propio peso económico, geográfico, demográfico, político y cultural que pudiera en pura lógica tener nuestra Isla.
 
El castrismo, pese a que muchos se resistan a entenderlo, ha sido y es un centro difusor de lo peor de nuestra época. El castrismo ha sido y es un peligro mayor para los valores de Occidente, acrecentado precisamente por su aparente debilidad e insignificancia, por el bien trabajado ardid ideológico del débil que se enfrenta con su supuesta superioridad moral al fuerte. La seductora aureola de David. La recurrente trampa de las utopías.
 
El siglo XX ha sido, entre muchas otras cosas, el siglo de los intelectuales (decir de izquierdas sería una redundancia). Y si precisáramos más, el siglo de la traición de los intelectuales a la libertad. Más de la mitad de ese siglo vivió bajo el espanto del nazismo (nacionalsocialismo), el fascismo y el comunismo, y de la escalofriante defensa de tales horrores por parte de grandes sectores de la llamada "intelectualidad". Brillantes filósofos, pensadores, escritores y artistas pusieron su talento al servicio de una u otra de estas ideologías. Pero sobre todo al servicio del totalitarismo comunista. Tanto, que aún hoy desconocen la significación del derrumbe del Muro de Berlín y se aferran, con obstinación impropia de quienes pretenden ser paladines del pensamiento y referentes morales de la sociedad, a los siniestros y esperpénticos despojos que subsisten sólo en Corea del Norte y Cuba –al menos en su más descarada ortodoxia.
 
No hay enmienda entre nuestros intelectuales. Su visión se halla definitivamente perturbada por una empecinada ceguera que les impide ver la barbarie de los remanentes del comunismo, así como sus espeluznantes émulos actuales del mundo islámico.
 
Luis Eduardo Aute, uno de los firmantes del manifiesto que se menciona en el texto.Para nuestros intelectuales el terrorismo islámico no es tal, sino resistencia; las salvajes prácticas musulmanas contra las mujeres son expresiones de la diversidad cultural; la locura norcoreana, que mientras hambrea a su pueblo fabrica armas atómicas, es heroica resistencia a la agresión imperialista. Y Cuba, ¡ah, Cuba!, la antigua Perla de las Antillas es, en la ametrópica visión de nuestros intelectuales, la perla de sus demolidas ilusiones.
 
Nada puede esperar la libertad de los intelectuales. Nada podemos esperar los cubanos que luchamos contra la tiranía. Los intelectuales, la izquierda en general, siempre estarán del lado de Castro, descarada o vergonzantemente. Ahora, en pleno siglo XXI, cuando el castrismo toma un segundo aire represivo, cuando en su decadencia se torna más fanático y peligroso, viene el Gobierno socialista de España a desbrozarle el camino para que la decadente Europa le tienda la mano y le proporcione avales políticos y recursos renovados a la tiranía. Y, al mismo tiempo, la fauna intelectual se nos aparece con un nuevo manifiesto en defensa de la tiranía, escrito alegremente entre tragos de güisqui y lonchas de jamón, bien lejos de la sordidez cotidiana de la Cuba castrista de sus amores. Firmas indelebles en el mural de la infamia que han venido construyendo desde hace un siglo. Antes fueron otros nombres cada vez más olvidables; hoy, los de siempre en los últimos años, los que gustosamente irían como voluntarios (siempre que no hubiera riesgos) a reconstruir el Muro de Berlín.
 
No puede haber confusión, titubeos o melindres diplomáticos en aras de supuestos consensos deseables, de proyectos inclusivos ideológicos que nos conducirían a la libertad. El pecado de ingenuidad es tal vez el peor de los pecados políticos. La izquierda y los intelectuales de ese gremio nunca van a estar definitivamente de nuestro lado.
 
En verdad la infamia es una enfermedad crónica de la izquierda.
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